Batalla de Ideas

7 enero, 2020

El legado (no económico) de Macri

Lo que dejó el gobierno de Macri es sabido: tres años de recesión, sometimiento al FMI, más de 35% de pobres, 55% de inflación anual, 100% de ratio deuda-PBI, cierre de más de 20 mil empresas. Sin embargo, afirmar que este fracaso económico representa todo su legado sería caer en un reduccionismo.

Crédito: Rodrigo Néspolo / La Nación

Javier Slucki

@javslucki

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“Macri no logró ninguno de los objetivos que se propuso”, dijeron algunos cuando la transición ya era una realidad. Esta frase, por más que sea cierta, parece dejar de lado el que fue quizás su único logro real: la conformación de una coalición de derecha competitiva, capaz de disputar el poder.

El 40% que el expresidente obtuvo el 27 de octubre es, a esta altura, más un logro que un fracaso personal, sobre todo porque en política resulta más interesante leer la importancia de los acontecimientos no tanto por sí mismos como en relación a lo que se esperaba que fueran.

Macri puede aferrarse a su 40%, pero este resultado también lo trasciende. A este número debemos que no exista en Diputados una mayoría automática, hecho que se puso en práctica, por ejemplo, con la poda que Alberto Fernández debió hacerle a su flamante y fundacional Ley de Solidaridad.

Hubiera resultado difícil pensar en una perduración casi perfecta del bloque cambiemita si el entonces candidato-presidente se hubiera dedicado a ser solo lo segundo, como le reclamaba no sólo Fernández sino también buena parte de su propia tropa. El transfuguismo de tres diputados, y la natural perspicacia peronista, le hicieron perder la primera minoría. Pero esto, por ahora, parece poco en comparación con los 12 legisladores que huyeron del kirchnerismo tras la derrota de 2015.

Se trata de una estabilidad parlamentaria que parece ser uno de los pocos puntos a favor de tener una fuerza con poco arraigo territorial y, por lo tanto, con una mayor homogeneidad de intereses. Juntos por el Cambio no deja de ser, en definitiva, una coalición tripartita de partidos políticos. Muy diferente de los múltiples brazos (partidario, sindical, barrial, militante, bonaerense, del interior, de izquierda, de derecha) que dan volumen al peronismo. Después de todo, desde la oposición la misión antiperonista que Juntos por el Cambio asumió, tanto por voluntad propia como por mandato del 40%, tiene un sujeto más claro con el cual confrontar.

El legado macrista es, al menos hasta ahora, la unificación y aggiornamiento del disperso Grupo A. Aunque el futuro es impredecible, si algo le demostró la experiencia de 2003-2015 a la derecha antiperonista es que no puede permanecer fragmentada si quiere ser una alternativa real de poder. La entrada a una nueva era bipartidista parece ser, en ese sentido, tanto una opción posible como un camino necesario para el espectro político local.

Sin embargo, la idea de que esta división binaria de coaliciones traería consigo una nueva era de estabilidad y de fin de la grieta puede resultar un poco apresurada. A diferencia de los noventa, cuando el único eje de disputa era el institucional, la bipolaridad ahora se presenta también entre dos modelos económicos, lo que parece anticipar que la era de vaivenes financieros y productivos a los que está sometida la Argentina desde hace décadas está lejos de terminarse.

Macri fracasó en todo lo que se propuso, decíamos, porque irónicamente este casi único logro suyo parece haberse dado a su propio pesar. A esta altura, queda claro que su meta histórica personal era construir una alternativa política no peronista moderna, que pudiera ser una superación histórica del radicalismo y su supuesto atraso: sus formas políticas tradicionales, su arraigo histórico anclado en el siglo XX, su relativa contemplación de la dimensión social, su valoración de los derechos humanos. A más de uno de estos elementos el ex presidente tuvo que ceder para poder llegar al final de su mandato.

No parece haber otra explicación para entender por qué el PRO se dedicó no solo a no consolidar su alianza con la UCR estando en el Gobierno sino directamente a mantener al radicalismo lo más apartado posible del manejo del poder, malgastando su peso simbólico en buena parte de las provincias. Una política adrede que desperdició la complementariedad ideal entre extensión territorial, por un lado, y actualización estética y de métodos proselitistas por el otro.

De cualquier manera, el 40% muestra el único atributo que cualquier rival debiera reconocerle a Macri y que lo pone muy por encima del antikirchnerismo socialdemócrata: su voluntad de poder, aun sabiendo que su segundo mandato sería más difícil que el primero y que hasta el establishment le daba la espalda.

¿Es este legado poco para un presidente? Seguramente. Por supuesto que es mucho menos de lo que Macri esperaba en 2015, cuando venía a derrotar definitivamente al kirchnerismo y a dejar los “70 años de peronismo” atrás.

De todos modos, vale recordar que Raúl Alfonsín terminó su mandato en peores condiciones que las de 2019 y habiéndose tragado buena parte de sus logros pero, aún así, su figura siguió siendo decisiva para la política argentina durante al menos otros 12 años. Y es que (también aplica a Cristina) un ex presidente es tanto por su obra de gobierno como por los ideales que representa. Macri dejó los suyos muy en claro durante el apogeo de su gestión y durante su campaña para octubre, cuando ya no tenía nada que perder. Quienes ven en su figura nada más que un cadáver político podrían llevarse una sorpresa.

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