Batalla de Ideas

8 enero, 2020

Sobre algunas incógnitas de “Operación Masacre”

En su investigación acerca de los fusilamientos de junio de 1956 en los basurales de José León Suárez, texto que ya constituye un clásico de la literatura nacional y el periodismo, Rodolfo Walsh dejó algunas incógnitas: personas cuya identidad o existencia no confirma, apariciones “fantasmales” en la escena del crimen. 62 años después intentaremos descifrar una de ellas.

Luciano Isaía Rojas al frente del regimiento, con el bastón mayor

Ignacio Journé*

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Operación Masacre es ciertamente un libro intrigante, que conjuga la pluma de un apasionado por los policiales y la de un hombre que busca incesantemente la verdad. Publicado en 1957, en este trabajo Rodolfo Walsh elabora cada dato, recupera los nombres, los ambientes, conforma los personajes, evoca los estados de ánimo en su propio filo, también los gestos y aquel frío de junio del ´56. Logra así reconstruir la trama, y echa imprescindible luz sobre parte de los crímenes cometidos. Sin embargo, en su investigación hay algunas incógnitas particulares que permanecen sin develar. 

¿Quiénes están en la casa de Florida?

En la fría noche del 9 de junio de 1956, numerosos grupos en todo el país están aguardado la señal para unirse al levantamiento civil y militar denominado Movimiento de Recuperación Nacional, comandado por los generales Juan José Valle y Raúl Tanco. Se transmitirá por la radio la proclama del movimiento que indicará el inicio de las acciones. Los objetivos son claros: “Restablecer la soberanía y la justicia social y devolver al pueblo el pleno goce de su libertad y sus derechos” y “Restablecer el Estado de derecho mediante la vigencia plena de la Constitución Nacional y el imperio de la justicia en un ambiente de real libertad y pura democracia”. 

Desde el 16 de septiembre de 1955 los trabajadores y el pueblo peronista sufrían con indignación la represión y la violencia de la “Revolución Libertadora”, comandada por el sector liberal del Ejército y por la Marina, que había derrocado al gobierno constitucional del Juan Domingo Perón. 

Uno de los grupos del Movimiento de Recuperación Nacional está en una casa ubicada en Hipólito Yrigoyen 4519, de la localidad de Florida, en la Provincia de Buenos Aires. Están pegados a la radio, escuchando la pelea del argentino Lausse y el chileno Loayza; la mayoría es parte de la rebelión y espera la proclama, mientras unos pocos sólo aguardan un knock out para festejar.

La pelea termina con la victoria del argentino. Revolucionarios o no, todos festejan. Y de repente, tal como relata Walsh en Operación Masacre, alrededor de las 23 el teniente coronel Desiderio Fernández Suárez, jefe de la Policía bonaerense, arremete con fuerzas policiales en la casa al grito de “¡¿Dónde está Tanco?!”, y detiene a todos los presentes. Nadie imagina lo que vendrá. 

Este grupo, que según las posteriores declaraciones de Fernández Suárez era de 14 personas, será trasladado a la Unidad Regional de San Martín, y más tarde, en horas de la fría madrugada, en un camión, llevado hasta el basural de José León Suárez, donde por orden de las criminales autoridades militares “libertadoras” fueron torpemente acribillados. Cinco de ellos, Francisco Garibotti, Carlos Lizaso, Nicolás Carranza, Vicente Rodríguez y Daniel Brion morirán, mientras que otros siete, Julio Troxler, Reinaldo Benavidez, Juan Carlos Livraga, Horacio Di Chiano, Rogelio Díaz, Norberto Gavino y Miguel Ángel Giunta lograrán escapar o sobrevivirán. La dictadura violenta y revanchista sofocará con igual cobardía e impunidad el levantamiento en distintos puntos del país, fusilando a militares y civiles sublevados en La Plata, Lanús, San Martín, Buenos Aires y Campo de Mayo. Los asesinados sumarán 32.

Incógnitas 

La primera incógnita aparece sencillamente si observamos la cantidad de personas detenidas en esa casa, en la noche del 9 de junio, en tanto no coincide con la cantidad de los que son llevados a la muerte en el basural. Detuvieron a 14 hombres -según afirmó Fernández Suarez el 11 de junio de 1956 en conferencia de prensa y el 18 de diciembre de ese mismo año, en declaración frente a la Junta Consultiva Nacional-. Esa misma cantidad indica Juan Carlos Torres, dueño de la casa, quien logra escapar en el momento que llegan las fuerzas policiales. Sin embargo, los identificados, entre asesinados y sobrevivientes, suman 12. 

¿Acaso contaron mal al momento de detenerlos? ¿O entre la detención y el traslado al fusilamiento hubo dos personas que lograron liberarse? ¿O hay más personas en el camión que va a la muerte, que sobreviven y no los conocemos?

La cantidad de trasladados en el camión hacia el basural tampoco está clara. Habría dos hombres que no conocemos. 

“Ya están todos arriba. Y otra vez surge el enigma: ¿cuántos eran? Diez, calculó Livraga. Diez, repetirá don Horacio di Chiano. Pero no los han contado. Once, dirá Gavino. Once, estimarán también Benavídez y Troxler. Pero es evidente que son más de diez y más de once, porque además de ellos cinco, están Carranza, Garibotti, Díaz, Lizaso, Giunta, Brión y Rodríguez. Doce por lo menos. Doce, calculará Giunta, y lo confirmará Rodríguez Moreno, quien, sin embargo, menciona a alguien ‘con apellido extranjero, parecido a Carnevali, que luego se asiló en una embajada’. Doce o trece, declara Cuello. Pero Juan Carlos Torres, basándose en testimonios indirectos, hablará de catorce. Y el jefe de Policía de la provincia, meses más tarde, también hablará de catorce detenidos en Florida. Si existieron esos dos hombres adicionales, uno de ellos debió ser el anónimo suboficial que menciona Torres” (Operación Masacre, página 88).

Finalmente, en el apartado “Las incógnitas” Walsh se pregunta por quiénes están en la casa de calle Yrigoyen antes de la detención y, se reitera el misterio por esos dos hombres: “¿Hay alguien más, aparte de los ya mencionados? Será difícil encontrar a un testigo que recuerde a todos; los que podrían hacerlo están ausentes o muertos. Sólo podemos guiarnos por indicios. Torres, por ejemplo, afirmará que había dos hombres más. Del primero supo que era suboficial del ejército. Del segundo, ni siquiera eso. Otros testimonios indirectos vuelven a mencionar al suboficial. Y precisa: sargento. Las descripciones son confusas, divergentes. Parece que llegó a último momento…nadie sabe quién lo trajo…Casi nadie lo conocía…Alguien, sin embargo, volverá a verlo, o creerá verlo, horas más tarde, en el momento en que recibe un tiro y se desploma. ¿Y el otro? Ni siquiera sabemos si existió. Ni cómo se llamaba, ni quién era. Ni si está vivo o muerto.” (Operación Masacre, página 55).

Cómo se ve, la cuestión de estos dos hombres en la casa de Florida, que serían suboficiales, no es menor para Walsh, y hace referencia a ello en varias partes del texto. Habla de un “fantasma”, en referencia a un sargento que habrían visto dos testigos fundamentales, Julio Troxler y Reinaldo Benavidez, pero que no confirman los otros testigos.

Las versiones contradictorias de los distintos testigos llevan a Walsh a concluir: “Con respecto a estos dos hombres, nuestra búsqueda ha concluido en un callejón sin salida”.

Sin embargo aquí podremos confirmar quién es, al menos, uno de ellos.

Un sargento llamado Luciano Isaía Rojas

Luciano Isaía Rojas es sargento músico, bastonero principal del Regimiento N° 2 de Palermo. Oriundo de Gualeguaychú, tiene 33 años, es peronista y junto con sus compañeros de armas, el sargento Luis Pugnetti y el suboficial Isauro Costa, están comprometidos con el levantamiento comandado por Valle y Tanco. 

Los Rojas eran de la zona de Perdices y luego se radicaron en Gualeguaychú. Luciano era uno de los cuatro hijos del matrimonio de Lorenzo Fulgencio Rojas y Zulema Elizondo; sus hermanos se llamaban Juana, José y Jesús. Luciano Isaía hizo la primaria en Gualeguaychú y de muy joven decidió ser militar.

El 9 de junio de 1956, está de franco. Así lo atestigua su familia y su esposa María Teresa Leiva. En su “Epílogo” de Operación Masacre, quizás intuyendo alguna vinculación de Rojas con la casa de Florida, Walsh pregunta por dónde estaba Luciano el día del levantamiento. “Tiempo después hablé con la viuda de uno de ellos, el sargento músico Luciano Isaías Rojas. Me confió que la noche del levantamiento su marido había dormido con ella en su casa”, escribió. Su esposa, en un tiempo de represión no se extendió en aclaraciones. Más de seis décadas después su familia aclara todo el panorama.

Ciertamente ese día Luciano Rojas no participa del intento de sublevación en el Regimiento. Pero, como todos los peronistas complotados, ese 9 de junio de 1956 está a la espera de la lectura de la proclama. ¿Dónde está? ¿Qué hace?

El sargento Rojas vive con su esposa y sus tres hijos, de 11 y 2 años, y de 60 días el más chico, en una casa alquilada, en la calle Francisco Beiró 388, a una cuadra de la estación Juan B. Justo del Ferrocarril Mitre, en el barrio de Florida, partido de Vicente López, y a pocas cuadras de la casa de Hipólito Yrigoyen 4519, de donde fueron sacados los fusilados de José León Suárez. 

¿Será Rojas uno de eso dos hombres que menciona Walsh, que están en la casa y Torres no puede identificar? La familia lo confirma. “Mi padre salió esa noche y fue a la casa de la reunión en Florida. Mi madre siempre nos contó eso. Y que luego retornó”, nos dice Eduardo Rojas, hijo de Luciano. 

De las incógnitas de Walsh, una se puede resolver: Luciano Isaía Rojas es efectivamente uno de los suboficiales mencionados que, entre tantos allí, está en la casa de calle Yrigoyen, escuchando la pelea pero, sobre todo, esperando la lectura de la proclama. Sin noticias ni señal para el levantamiento dirigido por Valle y Tanco, se retira a su casa, antes de que llegue la policía. 

¿Habrá visto pasar los móviles de la policía? ¿le habrá llamado la atención ver el colectivo de la línea N° 19 secuestrado en Puente Saavedra por las fuerzas de seguridad, al que luego subirán a los (¿12 o 14?) detenidos en la casa? No lo sabremos. Sí sabemos que Luciano Isaía Rojas no morirá en los basurales esa madrugada del 10 de junio. Será asesinado por la misma dictadura y por la misma causa, al día siguiente, el 11 de junio, en la Penitenciaría de Las Heras.

¡Viva la Patria! ¡Viva Perón! ¡Viva el Regimiento dos!

Esa fría noche del 9 de junio de 1956 Luciano Rojas volvió a su casa. Así lo relata su familia, a la que entrevistamos en mayo de 2019 en Baradero, provincia de Buenos Aires, donde actualmente residen María Teresa Leiva, su esposa, y uno de sus hijos, Eduardo. 

Luciano Rojas no aparece como implicado para las autoridades. Es domingo, 10 de junio de 1956, la ley marcial fue dictada a las 0.32, pero ya es noticia que los complotados están siendo fusilados. Él está con su familia en su casa del barrio de Florida, pensando y pensando qué hacer. Está con su esposa y sus pequeños hijos. Sabe que, con el fracaso del levantamiento, están asesinando a compañeros. En él habita, hondamente, un sentido de lealtad y honor. “En esas horas mi padre se podría haber ido del país. Pero decide entregarse sabiendo que lo podían matar”, expresa su hijo Eduardo. 

“¿Qué será de los compañeros del Regimiento? ¿habrán detenido a los que participaban de las reuniones previas? ¿Los matarán? ¿Qué habrá pasado con los de la casa de Hipólito Yrigoyen?”. Aventuramos esas preguntas rondando en la cabeza de Rojas. Sin dudas, la idea de que sus compañeros mueran pensando que él se ha desentendido o los ha delatado lo consume, y entiende que esa atroz posibilidad no lo dejaría vivir.

Así es que horas más tarde, aun presumiendo los serios riesgos que implicaba su decisión, se presenta voluntariamente ante sus superiores en el Regimiento N° 2. Inmediatamente es trasladado a la Penitenciaría de Las Heras (donde actualmente hay un parque). El destino de Luciano Isaía Rojas y el de otros tantos, está en manos del teniente coronel Adalberto Clifton Gouldney, jefe del Regimiento N° 2, hombre de la “Revolución Libertadora”, y casualmente también de familia oriunda de Gualeguaychú, (es Gouldney Buschiazzo). Está decidido: junto a sus compañeros, los sargentos Isauro Costa y Luis Pugnetti, Rojas será fusilado. 

Se le permite un llamado. “Cerrá bien las ventanas y las puertas. Cuidame bien a los chicos. Y mandame un beso”, fueron las palabras de despedida a su esposa.

Ese 11 de junio de 1956 Luciano Rojas, junto a sus compañeros, están frente al pelotón de fusilamiento. Está oscuro, pero varios soldados lo reconocen y algunos se ponen a llorar. Ya está mirando de frente, con la cabeza en alto, con la paz de su dignidad. (Quien recupera este hecho también es nada menos que Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares lo dejó registrado en su diario personal, publicado en 2006).

“¡Viva la Patria! ¡Viva Perón! ¡Viva el Regimiento dos!”, gritó, para siempre. En la madrugada del 11 de junio de 1956, Luciano Isaía Rojas, sargento músico, gualeguaychense y peronista es asesinado por la dictadura. Sus restos hoy descansan en el cementerio de Chacarita. 

Su hijo Eduardo concluye con palabras que hacemos propias: “Para mí es un ejemplo. Respeto y admiro su decisión. Porque fue leal a él mismo. A la Patria, a Perón, al movimiento también, pero sobre todo fue leal a sí mismo”.

* Licenciado en Sociología (UBA) y docente universitario

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