Cultura

4 febrero, 2020

La historia del carnaval de Buenos Aires

Surgido en el siglo XVII, nació como una mezcla de una celebración medieval española y el candombe de los esclavos negros del Río de la Plata. Del ámbito privado al público, fue prohibido y restituido para renacer cada febrero como fiesta popular.

Corso en la Avenida Costanera, año 1933. Crédito: Archivo General de la Nación

Los primeros carnavales del Río de La Plata datan del 1600 y se llevaban a cabo en espacios cerrados, de manera exclusivamente privada. Allí señores y esclavos festejaban de manera conjunta mezclando las costumbres de la metrópoli con las celebraciones de los negros traídos de África. 

Fue recién a partir de 1771 que, si bien seguía sin salir a la calle, los locales de festejo abrían sus puertas para quien quisiera participar.

Su orígen se remonta a una celebración medieval española netamente religiosa. Es que carnaval deriva de la palabra italiana ‘carnevale’ que a su vez se remonta al término latino ‘carnem levare’. O, en español, ““quitar la carne”. Este alimento era eliminado de la dieta -tal como mandan los dogmas cristianos- durante el período de ayuno de la cuaresma, que se inicia, justamente, al finalizar esta festividad y dura hasta la Semana Santa.

Tras la independencia en 1816 la tradición fue mutando y ocupando el espacio público. Fue entonces que las clases altas porteñas comenzaron a renegar de esta celebración en la que ricos y pobres, patrones y trabajadores, señoras y sirvientas, se mezclaban -al menos por unos días- sin pudor a la vista de todo el mundo. 

Corso Baizán de 1891. Crédito: Archivo General de la Nación

En uno de los números de la revista La Moda de 1838, un joven Juan Bautista Alberdi ponía su pluma al servicio del carnaval y criticaba a sus detractores. “Bien que hay gentes para todo. Quieren las máscaras y las costumbres espaciosas de los italianos, y eso es lo que no han de ver en nuestro país”, escribía. 

“No señor: el carnaval debe jugarse a cara descubierta: andamos claros; nada de confusión ni de barullo: al blanco como blanco, al negro como negro: ¿en qué país estamos?”, se preguntaba. 

Finalmente aconsejaba “a las personas racionales y de buen gusto que corran, salten, griten, mojen, silben, chillen, cencerreen a su gusto a todo el mundo, ya que por fortuna lo permiten la opinión y las costumbres, que son las leyes de las leyes”.

Murga y barrio

De todas formas, la expresión moderna del carnaval no llegaría hasta entrado el siglo XX. Antes las celebraciones estaban acotadas a determinados puntos de la ciudad y las distintas colectividades no se mezclaban entre sí.

Pero durante los primeros años del 1900 estas se empezaron a cruzar dando nacimiento a las primeras murgas que reemplazaron a las antiguas comparsas.

A la percusión y los disfraces se les sumó el canto, centralmente enfocado en reflejar la situación política y social. Así, como señaló David Radosta en este portal “los afro descendientes en San Telmo y Monserrat, los italianos de La Boca, los judíos de Palermo y los árabes de Once ahora celebraban juntos dentro de un nuevo paradigma de hibridación cultural”. 

El sello barrial llegó hacia la década de 1940 reemplazando al de la colectividad. A partir de entonces se empezó a escuchar el nombre de murgas como “Los viciosos de Almagro”, “Los Mocosos de Liniers”, “Alucinados de Parque Patricios”, “Calaveras de Constitución” o “Fantoches de Villa Urquiza”.

Feriado, prohibición y después

Paradójicamente el carnaval se estableció como feriado nacional durante una dictadura. Fue en 1956, bajo el gobierno de facto de Pedro Eugenio Aramburu después de la autoproclamada “Revolución Libertadora” que había derrocado un año antes a Juan Domingo Perón. 

Pero debido al carácter contestatario y popular de la festividad fue otro gobierno antidemocrático el que lo prohibió calificando a las murgas de “subversivas”. En 1976 la Junta Militar encabezada por Jorge Rafael Videla retiró la fecha del calendario oficial. 

Si bien hasta 1981 se realizaron corsos de manera clandestina, debieron suspenderse por la persecución de las autoridades. Durante dos años ninguna murga se presentó en la capital del país y fue recién con la vuelta de la democracia que el carnaval, de manera extra oficial, volvió a las calles.

La re-institucionalización fue lenta. En 1997 la Legislatura porteña declaró la festividad como Patrimonio Cultural del distrito y se comprometió a garantizar las condiciones para su realización. En 2004 decretó que vuelva a ser feriado, aunque solo acotado al ámbito de la CABA y recién en 2011 esto se extendió a nivel nacional.

Actualmente existen más de 130 murgas registradas que pueden actuar en los corsos oficiales de la ciudad. Pero también hay un circuito alternativo “independiente y autogestivo” que se organiza en todo el país dentro del Movimiento Nacional de Murgas (MNM) y realiza sus actuaciones por fuera de las estructuras gubernamentales.

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