Batalla de Ideas

21 febrero, 2020

A hombros de gigantes

La última dictadura argentina tuvo una misión muy clara: descabezar políticamente, precarizar económicamente y desintegrar socialmente a la clase trabajadora, núcleo del campo popular. Las discusiones paritarias, una vez más, abren el debate: ¿recuperar lo perdido o “poner el hombro”?

Fernando Toyos

@fertoyos

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Este mes quizás sea uno de los febreros políticamente más intensos de los últimos años: mientras el gobierno negocia la deuda externa, fortalecido por la declaración del equipo técnico del Fondo Monetario Internacional (FMI), la discusión salarial para este año se perfila y empiezan a saltar algunos chispazos. El más resonante de ellos, por tratarse de un sindicato con mucho peso que históricamente estuvo alineado con el kirchnerismo, es el de los docentes de la Provincia de Buenos Aires organizados en SUTEBA. 

Este gremio, conducido por Roberto Baradel, puso la queja ante el gobernador Axel Kicillof por la postergación de una cuota del aguinaldo de 2019. Esto abrió un debate al interior de las organizaciones gremiales que integran o apoyan al Frente de Todes: ¿qué rol debe jugar el sindicalismo en el marco de un Gobierno que tiene el enorme desafío de poner en marcha una economía devastada? ¿Es hora de recuperar el salario real erosionado tras cuatro años de macrismo -y estancado hace un par de años más- o, por el contrario, la gravedad de la situación obliga a dejar los reclamos de lado, so riesgo de caer en una posición “corporativista”?

1. La erosión del salario real como tendencia histórica

Para evaluar el papel de las negociaciones paritarias, primero debemos tener en claro que la pérdida de salario real -y, correlativamente, de la participación de les trabajadores en la distribución del ingreso- es un proceso que se remonta, al menos, a la última dictadura. 

Fuente: Graña (2007), recuperado de CIFRA-CTA

El gobierno de facto tenía una misión muy clara: quebrar la capacidad organizativa de la clase obrera para infligirle una profunda derrota en tanto sujeto histórico y político.

Corría la década de 1970 y el contexto político-económico que había hecho posible el Estado de Bienestar había sufrido transformaciones considerables. En 1973, los países exportadores de petróleo agrupados en la OPEP multiplicaron varias veces el precio del barril de crudo, insumo que era aún más esencial en el desarrollo capitalista de lo que es hoy día. Pero esto no era todo: América Latina vivía, desde la década de 1960, un proceso de radicalización política alumbrado por la Revolución Cubana, que amenazaba la ya inestable hegemonía del capital en la región. 

“No veo por qué tenemos esperar y permitir que un país se vuelva comunista debido a la irresponsabilidad de su propio pueblo”. Esta frase, pronunciada por Henry Kissinger -entonces Secretario de Estado de los EEUU- es una muestra clara de la  motivación detrás del siniestro Plan Cóndor, una estrategia continental, orquestada desde la Casa Blanca, que plagó de dictaduras asesinas a la región. 

Las dictaduras chilena y argentina, entre tantas tropelías, demolieron los ingresos obreros (ver gráfico) como parte de un plan tendiente a descabezar políticamente, precarizar económicamente y desintegrar socialmente a la clase trabajadora, núcleo del campo popular a ambos lados de la cordillera. Huelga decir que, lamentablemente, se trató de un plan sumamente exitoso.

Los años que mediaron entre la vuelta de la democracia, en 1983, y el ciclo de rebeliones populares de 2001-2002 vieron fluctuar los ingresos de les trabajadores que, sin embargo, nunca recuperaron los valores de 1974 (46,7% del ingreso). 

Si bien 2001-2002 implicó una reversión parcial de la derrota sufrida en 1976-1983, expresada en la recuperación del salario real de 2003-2007, el mejor momento del kirchnerismo -en este sentido- no superó al mejor ingreso obrero de los años ’90.

2. Reconstruir a la clase obrera como sujeto popular

La profundidad de estas reformas neoliberales demanda décadas de esfuerzos sostenidos para recuperar los derechos avasallados. Para esto, primero, hace falta orientar la brújula hacia el objetivo estratégico de reconstituir social, política y organizativamente a la clase trabajadora como sujeto. Una parte fundamental de esto consiste en revertir la tendencia histórica a la baja de los ingresos.

Con esto no estamos planteando un retorno al obrero, varón, cis, blanco, heterosexual, jefe de familia que podríamos -a grandes rasgos- identificar con el Estado de bienestar en su versión argentina. Tampoco la figura plebeya del cabecita negra es suficientemente inclusiva. 

La (re)construcción de un sujeto popular no puede ser otra cosa que una “vuelta al futuro”: recuperar los derechos perdidos, incorporando a los emergentes que, en los últimos años, tienden hacia la recomposición del sujete popular. La clase obrera del futuro es cartonera, trabaja en una cooperativa textil, se organiza para vender su producción a través de Pueblo a Pueblo, es mujer, negra, feminista, disidente, y un largo etcétera.

3. Algunas conclusiones para el cortísimo plazo

Volviendo sobre los últimos años, sabemos que el macrismo tuvo el proyecto de infligir una nueva derrota que diera marcha atrás con los avances conquistados a partir de 2001-2002, reactualizando, en cierto sentido, la misión de la última dictadura. Además del objetivo declarado de limar el salario real, esto se expresó en el aval discursivo del terrorismo de Estado, en una política de seguridad que pretendió restaurar la legitimidad de unas fuerzas represivas duramente cuestionadas, en el carácter patriarcal, xenófobo y racista de actos de gobierno y, nuevamente, el etcétera es largo. 

Si bien fuimos capaces de bloquear la concreción de este objetivo de máxima, lo cierto es que salimos de los cuatro años de macrismo aún más precarizades: la pérdida del salario real, estimada en un promedio cercano al 20%, roza el 40% para los gremios más perjudicados, como les trabajadores del Estado. Con este panorama, está claro que la recuperación -tan necesaria- de la economía no puede descargarse, como lo viene haciendo hace 40 años, sobre las espaldas de quienes movemos al mundo con nuestro trabajo. 

Es necesario cambiar esta lógica, en primer lugar, para preservar la unidad del bloque político, social y sindical en torno a la presidencia de Alberto Fernández -como argumentamos a principio de mes– evitando un escenario de ruptura entre sindicatos, movimientos sociales y gobierno como el que ocurrió a partir de 2011, sentando las bases para el triunfo de Macri. 

Poner de pie nuevamente al gigante obrero resultará fundamental en el mediano plazo, si tenemos la suerte de llegar -nuevamente- al punto en el que el “capitalismo con inclusión” vuelve a tocar sus límites. Allí estaremos  otra vez en una encrucijada entre retroceder o dar un salto. 

Los resultados de la primera opción, frescos en la memoria, deberían hacernos considerar más seriamente la posibilidad de cuestionar los límites del capital. Transitar ese camino exigirá de fuerza social organizada, aún más de la que existe hoy, que sea capaz de resistir los embates de una reacción tan furibunda como segura y ponerse al hombro un proyecto de país que, en sintonía con el ideario de la Patria Grande, nos conduzca hacia la segunda y definitiva independencia. 

La historia se transita a hombros de gigantes, hoy es el momento de asegurarnos que el nuestro no tenga pies de barro el día de mañana.

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