Batalla de Ideas

26 febrero, 2020

Caracazo: el día que bajaron los cerros para quedarse

Considerada por Hugo Chávez como “la chispa que encendió el motor de la Revolución Bolivariana”, se cumple un nuevo aniversario de la insurrección popular que dio por tierra con el programa neoliberal en Venezuela pero que aún hoy buscan imponer sectores golpistas con el apoyo de EE.UU.

Nicolás Castelli

@giusnicolas

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A pocos días de asumir por segunda vez el cargo de presidente de Venezuela, a principios de febrero de 1989, Carlos Andrés Pérez anunció un paquetazo de medidas de ajuste en sintonía con lo que pedía el Fondo Monetario Internacional (FMI). El “gran viraje”, como se llamó entonces a esta decisión, encendió la mecha de la insurrección popular que a los pocos días hizo volar por los aires la gobernabilidad, transformó una correlación de fuerzas adversa para los sectores populares y desembocó en una salida revolucionaria que cambiaría para siempre la historia del país y del continente.

Las medidas consistían en el mismo recetario neoliberal de siempre: privatizaciones de recursos estratégicos, eliminación del control de cambios y liberalización financiera, recortes a la ayuda social, aumentos de las tarifas de los servicios públicos y de los productos de primera necesidad, entre otras. Un proyecto civilizatorio que actualmente, en un continente en disputa, todavía se busca imponer con golpes de Estado, lawfare, guerra híbrida, y la ayuda siempre dispuesta de la Casa Blanca. 

Pero en aquel entonces, un capitalismo triunfante agitaba precipitadamente las banderas del fin de la historia. Sin embargo, en las jornadas del 27 y 28 de febrero de 1989, el pueblo venezolano comenzó a hacer su historia a contramano de un clima mundial de derrota para los pueblos en el marco del fin de la experiencia de los socialismos reales y el neoliberalismo en ascenso.

El país del Caracazo: ajuste, FMI y represión

En el plano polìtico, Venezuela venía de cuatro décadas de democracia excluyente resultante del llamado Pacto del Punto Fijo. Este acuerdo fue firmado por los partidos Acción Democrática (AD) y el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI) en 1958 luego de la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez. Desde ese entonces, ambas fuerzas conformaron un bipartidismo que se repartió alternativamente el gobierno en la nación caribeña.

En lo económico no había crecimiento. La deuda externa, la inflación, la fuga de capitales y la devaluación del bolívar configuraban el escenario para la entrada del FMI pero también para un estallido social.

En menos de 48 horas y a 11 días del anuncio de Carlos Andrés Pérez, las protestas se extendieron por todo el país. La furia de un pueblo hambreado copó las calles y Caracas fue el epicentro que se llenó de barricadas con quienes bajaron de los cerros. La policía junto a los militares sofocaron la rebelión con una represión salvaje. Aunque las cifras oficiales hablaron de 400 muertos, las estimaciones dan un número varias veces mayor, de al menos tres mil víctimas fatales.

La furia de un pueblo hambreado copó las calles y Caracas fue el epicentro que se llenó de barricadas con quienes bajaron de los cerros. La policía junto a los militares sofocaron la rebelión con una represión salvaje.

Mientras el pueblo era masacrado, el joven oficial Hugo Chávez permanecía impotente y angustiado en una cama del Hospital Militar de Caracas recuperándose de una enfermedad. Pero los acontecimientos terminarían por acelerar su decisión de pasar a la acción, meditada durante años junto a otros comandantes. Tres años después, sería protagonista central de un frustrado alzamiento cívico militar que lo catapultará a la historia y al liderazgo del proceso abierto en ese febrero de 1989. Proceso que encontró su cauce en transformaciones revolucionarias que hicieron de Venezuela un faro revolucionario para los pueblos de la región.

Tres décadas después: una revolución asediada

La República Bolivariana de Venezuela hoy se encuentra asediada por una guerra económica y mediática sin cuartel librada por el imperialismo y sus aliados locales, con un presidente autoproclamado y financiado por EE.UU. a lo que se suman intentos permanentes de desestabilización que buscan destruir lo que Chávez y el pueblo construyeron después del Caracazo.

Desde 2014 el bloqueo económico, financiero y comercial que viene imponiendo Washington, y que se agudizó durante la gestión de Donald Trump, bloquean las transacciones con bonos del sector público, el pago de compromisos internacionales y de dividendos al Estado venezolano. Además imposibilita la venta de petróleo porque lo compradores son sancionados; prohíbe importar medicinas y materias primas para la producción; y vender alimentos al exterior, entre otros daños.

A su vez, son los sectores golpistas y de la oposición antichavista los que desde hace años fomentan y llevan violencia a las calles del país. A comienzos de 2014 y entre abril y julio del 2017, se llevaron a cabo una serie de manifestaciones violentas, llamadas guarimbas, incentivadas por la entonces coalición opositora Mesa de la Unidad (MUD). En su segunda etapa además de dejar 120 víctimas fatales, hubo 913 ataques directos a instituciones estatales como escuelas, instalaciones militares e infraestructuras de servicios básicos.

A nivel regional, desde el 2017 existe el Grupo Lima -una instancia multilateral que agrupa a gobiernos opositores al chavismo y del cual Argentina forma parte- con el objetivo de “recuperar la democracia” en el país caribeño con posturas alineadas directamente con la política estadounidense hacia Caracas. 

Recientemente, el canciller argentino Felipe Solá visitó Brasil y cuestionó la democracia que el pueblo venezolano logró construir después del Caracazo. No lo hizo desde cualquier lugar sino desde un país gobernado por un fascista que llegó al poder luego del golpe de Estado contra Dilma Rousseff y el encarcelamiento del candidato más popular, el ex presidente Lula Da Silva.

Treinta y un años después los tiempos son otros en Venezuela y el continente. Pero lo que no cambia es el programa de miseria y hambre que la oposición golpista pretende imponer anti democráticamente.

Treinta y un años después los tiempos son otros en Venezuela y el continente. Pero lo que no cambia es el programa de miseria y hambre que la oposición golpista pretende imponer anti democráticamente. Una agenda económica similar a la de Carlos Andrés Pérez y el FMI de 1989, como actualmente es la de Lenin Moreno en Ecuador, a la de Jovenal Moïse en Haití y el macrismo en Argentina. Las mismas recetas que vienen fracasando hace décadas y generando pobreza y muerte. 

Pero a pesar del ataque constante y el bloqueo, de la campaña mediática orquestada a nivel mundial en contra del proceso de transformación, del aislamiento y la falta de apoyo de gobiernos progresistas y moderados; el pueblo sigue construyendo poder comunal y resistiendo los embates. Con errores y aciertos pero con la convicción y la conciencia que ya no es posible retroceder de nuevo a 1989. 

No es fácil la vida en el país, pero cuando los pueblos despiertan y encuentran una salida rompiendo los límites de lo posible es muy difícil volver el tiempo atrás.

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