Batalla de Ideas

18 marzo, 2020

¿Privilegios de clase? El coronavirus y la realidad de la clase trabajadora hoy

La expansión del COVID-19 a nivel mundial y los intentos de los Estados por contener la pandemia expusieron, en forma cruda, los problemas estructurales del capitalismo contemporáneo, y los efectos devastadores que la desregulación neoliberal ha conllevado para amplios sectores de la población.

Victoria García

@vicggarcia

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Con la pandemia de coronavirus no solo se revelaron los problemas de los sistemas de salud, que colapsaron en varios países. Además, se pusieron sobre el tapete los elevados niveles de precariedad laboral que existen en segmentos cada vez más extensos de la clase trabajadora.

Un informe preliminar sobre el impacto que tendrá en el mundo laboral, elaborado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), afirma que: “Tras las prohibiciones de viaje, cierres de fronteras y medidas de cuarentena, muchos trabajadores no pueden trasladarse a sus lugares de trabajo o llevar adelante sus tareas, lo que tiene repercusiones en los ingresos, particularmente para los trabajadores informales y ocasionales”. Asimismo, el informe prevé que la agudización de los desequilibrios económicos y sociales provocada por la expansión del virus podría llevar a un aumento del desempleo mundial en casi 25 millones de personas.

La misma OIT ha mostrado en diversos estudios la tendencia a la expansión del trabajo informal a nivel mundial. En un informe de 2018, señalaba que el 61,2% del empleo en el mundo es informal, lo que implica que dos mil millones de personas trabajan sin jubilación, vacaciones pagas, ni licencias por enfermedad. 

En la Argentina, un dossier estadístico recientemente elaborado por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) muestra que la tasa de trabajadores que no realizan aportes jubilatorios llega al 35%. Del mismo modo, el informe técnico de la Encuesta Permanente de Hogares indica que, en el tercer trimestre de 2019, el trabajo asalariado no registrado se incrementó en un 0,3% respecto del mismo trimestre del año anterior.

La vulneración masiva de derechos que implican estas estadísticas queda al desnudo en una situación como la actual. El confinamiento generalizado que requeriría una estrategia pura y dura de contención de la pandemia choca con la realidad de una economía precaria, sostenida por amplios sectores que no pueden “darse el lujo” de dejar de trabajar, porque implica poner en riesgo la propia supervivencia.

Pero dejar de trabajar no puede ser un “lujo”. No lo es en una situación extraordinaria como la pandemia, y no lo es tampoco en situaciones más cotidianas como enfermarse, que se enferme un familiar, un nacimiento o un accidente laboral. Sostener que cuarentena implica “privilegios de clase”, como algunos afirmaron en estos días, implica negar la historia misma del movimiento obrero, que forjó en la práctica la unidad de los trabajadores para arrancarle derechos a los verdaderos privilegiados del sistema. 

También implica ir en contra del movimiento obrero en su actualidad. Este ya no puede pensarse únicamente bajo la forma de los sindicatos tradicionales, que nuclean a los trabajadores de la economía formal. En este sentido, la experiencia del Movimiento de Trabajadores Excluidos y de la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular –más recientemente, de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular–, muestra una vía posible de organización colectiva de estos trabajadores para demandar al Estado derechos laborales y sociales ampliamente vulnerados. 

Dejar de trabajar debe reivindicarse como un derecho ahora, en el contexto de la pandemia, y una vez que pase la emergencia sanitaria. Esto involucra a toda la clase trabajadora, incluidos los trabajadores registrados. 

De hecho, la aplicación de las medidas vinculadas al aislamiento social entre los trabajadores de la economía formal también supone dificultades e interrogantes. Las disposiciones recientes del gobierno, que dispensan de asistir al trabajo a padres y madres con hijos en edad escolar, y a personas mayores de 60 años, gestantes y con factores de riesgo, no se aplican de manera homogénea hasta el momento, pues quedan condicionadas por los criterios adoptados por las patronales, especialmente en el sector privado. 

Por otro lado, el recurso al trabajo domiciliario y remoto en la situación de excepción que conlleva la pandemia abre preguntas sobre su viabilidad y sus implicaciones como tendencia más general del mundo del trabajo. Trabajar desde la casa parece poseer, a primera vista, enormes ventajas, pero también tiene sus problemas. 

¿Cómo responder a las demandas laborales si, a la vez, se debe atender a las situaciones hogareñas, situaciones que mayormente ocupan a las trabajadoras mujeres? ¿Qué problemas acarrea desarrollar tareas laborales por fuera de un espacio no solo físico sino también social de trabajo? ¿En qué medida esto favorece la sobreexplotación y, en algunos casos, fomenta la autoexplotación? ¿Hasta qué punto, finalmente, la adopción generalizada de herramientas tecnológicas para el trabajo preanuncia una nueva versión del reemplazo del trabajador por la máquina, en el contexto del “capitalismo de plataformas” del siglo XXI?

Son algunos interrogantes que la pandemia abre, pero que trascienden su contexto. La paralización forzada del país y del mundo en este momento podría constituir, en este punto, una oportunidad para parar la pelota y repensar la “normalidad” del trabajo en el capitalismo contemporáneo. Para abordar ese debate, una premisa podría ser la que alguna vez consagró Cesare Pavese: que el trabajo, al menos en las formas en que lo conocemos, no dignifica: cansa.

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