Batalla de Ideas

20 marzo, 2020

Argentina contra el coronavirus: una épica a medida del albertismo

El jueves se hizo público el anuncio que ya venía circulando de rumor en rumor: el Gobierno Nacional decretó la cuarentena obligatoria en todo el territorio argentino. Con un total de 128 casos confirmados y tres fallecidos, el gobierno asumió una batalla en la que se jugará toda su legitimidad.

Fernando Toyos

@fertoyos

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Más allá de la dimensión sanitaria, que le corresponde a las y los especialistas de esa área, ¿cómo afecta la crisis del covid-19 al gobierno del Frente de Todes? ¿Es -como dijo Jorge Asís- un fenómeno “casi providencial” para un gobierno que “no arrancaba”?

Si una cosa resulta clara respecto de Alberto Fernández es su perfil moderado, conciliador. El tono “desengrietado” de la campaña electoral -que convocaba a poner a “Argentina de pie”- se mantuvo como la tónica dominante durante los primeros 100 días y se actualizó en un discurso “de gestión” ante la Asamblea Legislativa, allá lejos y hace tiempo, a principios de mes. 

Y entonces llegó el coronavirus. 

Las medidas implementadas, desde la suspensión de actividades hasta la cuarentena, destacaron por su talante riguroso, inflexible, en agudo contraste con la laxitud con la que España e Italia abordaron la pandemia. El propio presidente subrayó reiteradas veces que el Gobierno sería implacable con quienes no cumplan con estas medidas, amparadas -repuso rápidamente- por las facultades que la Constitución le otorga. 

Así lo ha demostrado en relación al caso de Miguel Ángel Paz, el rugbier y preparador físico de Vicente López. Paz se encuentra bajo arresto domiciliario por negarse a cumplir la cuarentena y por haber agredido al guardia de su edificio, quien solamente lo instó a respetar el aislamiento que debía cumplir, por haber retornado de un país de riesgo.

La cuarentena concitó el apoyo de todo el arco político -desde el PRO/Cambiemos hasta el Frente de Izquierda-, simbolizado en la conferencia de prensa que el presidente brindó junto al jefe de Gobierno de la Capital, Horacio Rodríguez Larreta, y el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof. Se trata de una foto de alto impacto político, en un país (sanamente) acostumbrado a la política como confrontación. 

Otro tanto puede decirse de la tapa unificada que los principales diarios imprimieron en sus portadas. Absolutamente imposibles sin el factor de la crisis, son fotos que nadie hubiera imaginado hace, tan solo, unas semanas atrás.

Con la declaración de la cuarentena no solo se está tomando la medida que todas las autoridades médicas consideran correcta e imprescindible, también se juega la capacidad estatal de conducir a la sociedad civil en una época de crisis. Esto puede tener consecuencias tan trascendentes como las del propio Covid-19. 

En términos del intelectual y dirigente comunista Antonio Gramsci, el gobierno nacional está demandando “el consenso de las grandes masas” en función de una “gran empresa política”. Lograda la unidad política a nivel superestructural, los días de cuarentena pondrán a prueba la capacidad del presidente de proyectar hacia la sociedad civil la misma imagen de liderazgo lograda en las cúpulas. Se trata de una condición indispensable -necesaria, aunque no suficiente- para triunfar en la gran empresa que supone contener la pandemia con el menor costo de sufrimiento y muerte que sea posible. 

Con casi un cuarto de millón de contagiados y diez mil fallecidos a nivel mundial, los riesgos de un escenario crítico en Argentina no escapan a nadie.

La lucha contra el coronavirus puede convertirse en la gran épica de un gobierno que -por su propia disposición dialoguista- es reacio a construir grandes confrontaciones. Teniendo enfrente al fantasma de la pandemia, resulta difícil resistir el alineamiento en torno a la figura presidencial, lo que favorece la unidad política a la vez que le permite mostrar un liderazgo activo, confrontando con un oponente que no genera grietas, más bien todo lo contrario. 

Sin embargo, el partido no se define en la superestructura sino en la “base” de una sociedad civil que viene dando muestras de su reticencia a cumplir una medida sacrificada pero absolutamente indispensable. Los casos de Brasil y EE.UU. son un espejo pavoroso en el que mirar las consecuencias potenciales de una cuarentena “a medias”. El caso de Italia es el más dramático: en solo un día se reportaron 627 fallecimientos. Más allá de la conveniencia política, se trata de una verdadera batalla que solo los Estados nacionales, en sociedades tan individualizadas como las nuestras, tienen alguna chance de librar.

En una entrevista con Luis Novaresio, el escritor, periodista y analista político, Jorge Asís, calificó como “casi providencial” -en términos políticos- a la irrupción de la crisis sanitaria en la agenda pública. Más allá de que en términos generales se puede coincidir, la providencia puede mutar rápidamente en una desgracia de proporciones bíblicas si el gobierno no logra conjurar la crisis epidemiológica. 

Alberto Fernández puede emerger como el actor que fue capaz de vencer al coronavirus y, por ende, sería tanto más capaz de resolver los problemas económicos de la Argentina. También puede perder, y se trata de una apuesta altísima. Como decía Gramsci, el fracaso en una “gran empresa política” como esta puede abrir las puertas a una crisis orgánica de consecuencias imprevisibles y bastante poco providenciales. La expansión de la pandemia, por supuesto, también. 

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