Batalla de Ideas

23 marzo, 2020

¿Qué (no) hacer? Recordar los 70 en tiempos de crisis y pandemia

Este 24 de marzo será sin dudas especial. Lo recordaremos, eventualmente, como aquel 24 en que el ritual callejero y popular que cumplimos año a año, para exigir memoria, verdad y justicia, se interrumpió junto a muchas otras rutinas.

Victoria García

@vicggarcia

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La pandemia se expande al compás de un mundo endeble, cuyos desequilibrios económicos, políticos y sociales ya eran evidentes antes del COVID-19.

En ese contexto cuesta asumir que pasaremos este 24 de marzo confinados en nuestras casas, sustraídos del espacio público que es el de la política por antonomasia. Cuesta pensar que así lo haremos contrariando una tradición de lucha de calles que la militancia de los 60 y 70 hizo irrumpir en toda su potencia, y que la dictadura se propuso terminar y exterminar. Cuesta, en fin, pensar que este 24 de marzo sería en cierto punto el sueño cumplido de la despolitización de la vida que vino a imponer el proyecto neoliberal, aun cuando sea un factor aparentemente extraordinario como la pandemia el que nos obligue hoy a quedarnos en casa.

¿Podíamos hacer otra cosa? ¿Había que obstinarse en preservar el rito de la marcha anual aun cuando algunas actrices centrales del movimiento de derechos humanos, las Abuelas y las Madres, son población de riesgo en la situación de pandemia? Y, más importante aún: ¿había que sostener la movilización solo porque la hacemos todos los años, como si la esfera de la política y del activismo gozasen de una inmunidad mágica no solo ante el virus, sino ante la preocupación que la pandemia acarrea para amplios sectores de la sociedad?

Es paradójico que, en la relativa inacción que supone no movilizar, los diversos actores políticos que organizan la(s) marcha(s) alcanzaron, sin necesariamente buscarlo, un consenso impensable en coyunturas “normales”. La pandemia nos sacude a todos. Si no hay uniformidad en su impacto entre la población, es menos por diferencias políticas que por desigualdades sociales, de género y de clase. 

No marchar en este 24 resulta inevitable, y a la vez incómodo. Quienes apostamos a la política y la militancia como herramientas de transformación radical de la sociedad solemos orientarnos por la pregunta que consagró célebremente Lenin: ¿Qué hacer? No siempre esta pregunta tiene respuestas sencillas. Pero más difícil aún nos resulta concebir la inacción: la posibilidad de que no hacer algo también resulte políticamente significativo y hasta importante a veces. 

La negación del hacer, sin embargo, sí puede tener sentido político. El ejemplo más claro de ello es el paro, instrumento clásico de protesta de la clase trabajadora, y ahora también del movimiento feminista. Parar implica no solo poner en jaque las ganancias que los capitalistas extraen a costa de la propia fuerza de trabajo, sino también impugnar, aun efímeramente, la relación alienada con el mundo que conlleva ser clase explotada. 

Por eso decíamos, en el último 8M, que parar era un derecho y no un privilegio, aunque hoy ese derecho sea vulnerado para gran parte de las trabajadoras. Por eso dijimos, también, que no ir a trabajar en tiempos de pandemia debe entenderse como un derecho. Por eso, quienes tenemos un empleo con derechos laborales mínimos garantizados y estamos en condiciones de cumplir el aislamiento social preventivo obligatorio, debemos reivindicar con alegría que en estos días quizás tengamos más tiempo para esas actividades que el trabajo nos impide hacer o nos restringe fuertemente: jugar, ver películas, leer, escribir, incluso tener largas charlas con amigues, aunque sea solo en forma virtual. 

Aunque no parezca, todo esto tiene mucho que ver con los modos en que recordamos la experiencia histórica de los años 70. Porque, en aquellos años, la revolución social aparecía como inevitable. Dar la vida por ella implicaba no solo exponerse a una represión paraestatal y estatal que se tornó cada vez más cruda, sino además colocar cada minuto de la vida al servicio de un proceso político cuya realización aparecía como inexorable, incluso inminente.

En un ensayo muy bello sobre las concepciones del tiempo y del espacio en la militancia revolucionaria argentina de los años 70, el sociólogo Roberto Pittaluga analiza lo que significó en ese momento la llamada “traición” de Roberto Quieto, dirigente de la organización Montoneros. Para Pittaluga, el hecho de que Quieto incumpliese las directivas de la organización para pasar un tiempo con su familia –circunstancia en la que fue secuestrado por las Fuerzas Armadas– da cuenta de las dificultades que implicaba para él y para otros militantes compatibilizar su actividad política con su vida cotidiana, compartida con familiares y amigues. Quiso, entonces, quedarse Quieto, en un contexto en que el tiempo de su vida parecía absorbido por completo por el de la organización, o, planteado de otra forma, en un momento en que esta le demandaba constantemente hacer.

Hoy, en la Argentina y en el mundo, el escenario es otro. Lo que dictadura inició en los 70 en nuestro país se consagró a nivel internacional en los 80. La idea de que No hay alternativa al capitalismo –como lo formuló entonces Margaret Thatcher– llegó para quedarse, y el revés que eso implicó para los sectores populares y para las izquierdas sigue sintiéndose hasta hoy. El socialismo, que constituía un objetivo palpable hasta entonces, se nos aparece ahora como un horizonte a reconstruir. 

Parece una verdad de perogrullo decir que los tiempos han cambiado sustantivamente desde los 70 hasta la actualidad, pero esto no quiere decir solo lo evidente, que estamos en otra época. También significa que el tiempo mismo, incluso para la política, pasa diferente

En el contexto del tiempo acelerado y alienado del capitalismo contemporáneo, en que la misma idea de futuro está en crisis, quizás la quietud forzosa de este 24 de marzo y sus prolongaciones en el marco de una emergencia sanitaria de duración aún incierta, sean una buena ocasión para parar la pelota e imaginar modalidades de intervención política ajenas al (que)hacer al que estamos habituados. 

Las consecuencias de la pandemia a nivel mundial todavía son impredecibles. Por el momento, ha quedado al desnudo la fragilidad del sistema económico y la enorme vulnerabilidad de grandes mayorías que carecen de las condiciones mínimas para sobrevivir no solo a la enfermedad, sino a la agudización de la crisis que su expansión acarrea.

Parecería, sin embargo, que tampoco el capitalismo neoliberal saldrá del todo ileso de esta situación. Sería apresurado emitir conclusiones. Lo que sí sabemos es que la disputa por el sentido de la crisis está abierta. Y que, en parte, dependerá de nosotros –de lo que hagamos, no hagamos e imaginemos– que esa disputa nos deje al menos un poco mejor parados en esta aventura de (re)construir horizontes de futuro, para cuya consecución resulta tan inspiradora la experiencia de los 70.

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