Batalla de Ideas

24 marzo, 2020

Coronavirus o la herida del turista contemporáneo

Qué nos dejará esta pandemia es la pregunta que, de una u otra manera, nos hacemos todos. Sabemos que estamos viviendo momentos históricos. Cómo sobrevivimos a este insidioso virus y a esta cuarentena, si es que lo logramos, es algo que sin duda relataremos a las nuevas generaciones.

Nicolás Trivi

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Un formidable reacomodamiento geopolítico; una limpieza generacional que alivie los sistemas previsionales en clave de una guerra del cerdo nunca declarada; el puntapié para el tan ansiado decrecimiento que promueven algunas corrientes ecologistas; o un salto hacia un nuevo tipo de control estatal biopolítico. Una mezcla de todo esto o algo que todavía no logramos imaginar representa lo que hoy estamos atravesando.  

Lo cierto es que vemos que de una u otra manera el mundo se detiene, entra en una pausa forzada, un paréntesis. Mientras tanto, como para no aburrirse, se derrumba el precio del petróleo y los principales centros financieros del mundo tiemblan. 

El COVID-19 actúa como un gran llamado de atención que obliga a parar la pelota y repensar muchas cosas (sobre todo ahora que estamos con mucho tiempo al pedo en casa). Una de ellas es el turismo, un sector que está sufriendo como pocos esta crisis, y que representa una de las heridas narcisistas de la época.

Tourist go home

Una posible explicación para la gran repercusión mediática y política que ha tenido esta pandemia es que afecta de lleno en una clase media globalizada y cosmopolita que tiene en el turismo internacional uno de sus pasatiempos favoritos. A ellos, a nosotros, que aún tenemos un sueldo en blanco grisáceo y podemos quedarnos en casa, está dirigida la enorme mayoría de los mensajes y medidas sobre la cuestión. 

Todos vimos estos días las imágenes de los canales de Venecia “limpios” por la ausencia de turistas. Pues bien, lo cierto con esta crisis sanitaria Europa le ha puesto una pausa a un problema, el del overtourism (en criollo, “masificación turística”), que aquejaba a buena parte de sus principales destinos y capitales históricas. A tal punto esto era un drama, que en ciudades como Barcelona se había generado un movimiento de reacción de sus habitantes (maliciosamente bautizado como “turismofobia”), que ven cómo sus barrios y principales lugares públicos son invadidos por hordas de visitantes que se llevan puesto el ritmo de vida local. 

No se trata de un problema menor a nivel urbano, ya que la masificación tiene consecuencias muy jodidas como la formación de burbujas inmobiliarias que llevan los alquileres a niveles exorbitantes, y en los casos más extremos al liso y llano despoblamiento de barrios históricos.

Hay una serie de factores que ayudan a explicar este escenario:

  • El turismo es un sector que ha venido creciendo sostenidamente a pesar de todas las crisis económicas y políticas habida y por haber (11S, crisis del 2008, gripe porcina, aviar, la que quieras). Hay que ver si se recupera de ésta.
  • La consolidación de un urbanismo neoliberal, que ha desregulado y privatizado la planificación urbana, permitiendo que se desplieguen nuevas formas de valorización del capital, desligadas de procesos industriales.
  • Una complejidad e integración crecientes de la red de transportes a nivel mundial, con un protagonismo indiscutido del transporte aéreo y la modalidad low cost, que abrió a las aerolíneas a nuevos consumidores y a una red de aeropuertos de mayor cobertura territorial.
  • La emergencia de nuevas clases medias que acceden por primera vez de forma sostenida al turismo internacional, provenientes de potencias emergentes como China, Rusia y Brasil. Estamos hablando de millones de nuevos consumidores. Ahí entramos varios.
  • En el caso europeo, su propio proceso de integración, hoy en crisis con el Brexit, pero que ha sentado las bases para una mayor circulación de consumidores en el espacio turístico continental. Esto se expresa, por ejemplo, en los pueblos del sur de España llenos de jubilados alemanes y en la movilidad estudiantil que impulsaron el Plan Bologna y el programa Erasmus.
  • La incidencia creciente del capitalismo de plataformas, mecanismos para la generación de ganancias en base a nuevas formas de precarización laboral, y la obtención de rentas extraordinarias en el tejido urbano. Acá tenemos a AirBnB y otras apps como nuevos pesos pesados del mercado inmobiliario.

Bueno, todo esto se puede ir al tacho si esta crisis, que afecta especialmente a la movilidad de una clase media globalizada, se profundiza. ¿Alguien quiere pensar en los instagramers que aman viajar y nos refriegan sus caras bronceadas en cualquier momento del año?

Monte Hermoso mon amour

Los coletazos de esta crisis de movilidad también se sienten aquí. Aun siendo un mercado muy pequeño, los argentinos también disfrutamos de este veranito y le dimos al TriVago sin asco estos años. Niéguenmelo. 

Para una porción nada desdeñable de la clase media se volvió una costumbre estar a la pesca de ofertas de vuelos para hacer un viaje internacional o regional con una frecuencia inusitada hace una o dos generaciones. Así fue como la foto tradicional, la familia sonriente paradita al lado del Lobo Marino en Mar del Plata, fue reemplazada por esas fotos cancheras de espaldas en Machu Picchu, el Corcovado o Angkor Wat, verdaderos centros de peregrinación posmodernos.

Es por eso, y no por otro motivo, que el dólar turista se convierte en un motivo de debate público. El turismo emisivo es una verdadera sangría de divisas para la economía nacional que hay que atajar, por más que se haya logrado posicionar al país como un destino internacional relevante. 

Pero ahí tenemos la reacción ante lo que sentimos como un ataque a una de nuestras metas aspiracionales disfrazada de sacrosanta libertad de movimiento. Una sentimiento que ahora que estamos de cuarentena obligatoria nos empuja a desobedecer ejerciendo la sana tradición argentina de la escapadita. Así, quemando esos pasajes ya comprados y luego exigiendo que nos vengan a buscar, refugiados en un yate o en un dos ambientes con vista al mar, esperamos que pase el Coronavirus, como tanta otra tristeza a la que te acostumbrás.

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