Batalla de Ideas

24 marzo, 2020

Dar testimonio en momentos difíciles: el asesinato de Rodolfo Walsh y la Carta a la Junta Militar

En enero de 1977, recientemente instalado en San Vicente, se propuso “volver a ser Rodolfo Walsh”, con dos proyectos. Uno era un cuento, titulado “Juan se iba por el río”, la última ficción que escribió. El otro era, precisamente, la Carta de un escritor a la Junta Militar, una denuncia requería no la narración de casos particulares, sino la puesta en evidencia del alcance masivo de un dispositivo de exterminio.

Victoria García

@vicggarcia

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Se cumplen cuarenta y tres años de la muerte de Rodolfo Walsh a manos de un grupo de tareas de la ESMA y de la Carta de un escritor a la Junta Militar, que distribuyó el 25 de marzo de 1977, luego de haberla escrito durante su permanencia en la casa que poco tiempo atrás había comprado para vivir junto a Lilia Ferreyra, en el municipio bonaerense de San Vicente.

El texto, en sus ediciones actuales, se suele titular Carta abierta…. Este título indica su relación con toda una tradición literaria y política, vinculada a la intervención de los hombres y mujeres de letras en asuntos públicos. El origen mítico de esta tradición es, sin dudas, el J’accuse, de Émile Zolá. 

La Carta, sin embargo, no tenía ese título en un principio: no podía ser “abierta”, porque el aparato represivo de la dictadura estaba en pleno funcionamiento y Walsh vivía por entonces en la clandestinidad, igual que la organización en la que militaba, Montoneros. 

En enero de 1976, se había mudado junto a Ferreyra a San Vicente. Poco tiempo antes, su hija Victoria se había suicidado ante oficiales del ejército que, en un operativo represivo descomunal, cercaban la casa de la calle Corro, donde ella vivía junto a otros militantes.

La muerte de Vicki fue para Walsh un golpe muy duro. Después de eso, la dirigencia de Montoneros le ofreció viabilizar su salida del país, pero él lo rechazó y, en cambio, decidió replegarse fuera de la Capital Federal en un recodo que le permitiese no solo ocultarse de las fuerzas represivas, sino además volver a escribir.

A partir de su incorporación a Montoneros en 1973, Walsh se había dedicado intensamente a la escritura política, a través de su participación en el diario Noticias, la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA) y en la Cadena Informativa –otro proyecto clandestino de contrainformación que funcionó en dictadura–, y de la elaboración de documentos críticos que elevó a la dirección de la organización, desde noviembre de 1976.

En estas condiciones, le costaba mucho hacerse tiempo para escribir en un sentido diferente: el que ponía en juego su lugar singular de escritor más que el de militante e intelectual orgánico. El diario que llevó durante esos años, editado en 1995 por Daniel Link, da cuenta de las dificultades que conllevó para él compatibilizar el tiempo del trabajo, el de la política y el de la escritura literaria. 

La muerte de Vicki fue para Walsh un golpe muy duro. Después de eso, la dirigencia de Montoneros le ofreció viabilizar su salida del país, pero él lo rechazó y, en cambio, decidió replegarse fuera de la Capital Federal en un recodo que le permitiese no solo ocultarse de las fuerzas represivas, sino además volver a escribir.

En enero de 1977, ya instalado en San Vicente, se propuso “volver a ser Rodolfo Walsh”, con dos proyectos. Uno era un cuento, titulado “Juan se iba por el río”, la última ficción que escribió y la primera en la que pudo trabajar después de varios años  -su último cuento publicado, “Un oscuro día de justicia”, había sido escrito en 1967-. El otro era, precisamente, la Carta de un escritor a la Junta Militar

Lilia Ferreyra cuenta que, para elaborar el texto, tomó como modelo un clásico de la retórica latina: las Catilinarias de Cicerón. En su Carta, despliega una denuncia integral de la dictadura cívico-militar que se había iniciado un año atrás, a través de una enumeración rigurosa de los crímenes registrados hasta entonces y de un cuestionamiento rotundo a la política económica que llevaba adelante el gobierno de facto.

Si bien en la producción literaria y periodística de Walsh había sido una constante la cuestión de la violencia hacia los sectores populares y el papel del Estado en su (re)producción, en la Carta el escritor deja atrás el esquema narrativo que había inaugurado con Operación masacre, y construye una pieza magistral de discurso argumentativo. 

La violencia de Estado, por entonces, ya no tomaba la forma de unos hechos de represión estatal cuyo significado común se evidenciaba en su reproducción en distintos momentos de la historia: la “Semana Trágica”, la “Patagonia Trágica”, los fusilamientos del 56, la masacre de Trelew, la masacre de Ezeiza… 

Más bien, se trataba ahora de todo un dispositivo de exterminio cuya denuncia requería no la narración de casos particulares, sino la puesta en evidencia de su alcance masivo: por eso una herramienta de argumentación fundamental en la Carta son las cifras. “Quince mil desaparecidos, diez mil presos, cuatro mil muertos, decenas de miles de desterrados son la cifra desnuda de ese terror”, afirma al comienzo del texto. Como señala María Moreno, en los cálculos de Walsh están siempre el denunciar y el hacer justicia. 

Walsh discutió la Carta con compañeros de Montoneros, quienes le objetaron el enfoque del texto, señalándole que este debía estar centrado únicamente en los crímenes cometidos por la dictadura, y no en su política económica. Sin embargo, finalmente el escritor logró imponer su perspectiva. 

El 25 de marzo de 1977, viajó en tren a Buenos Aires, envió por correo varios ejemplares de la Carta –destinados a los principales diarios de Buenos Aires y a algunas corresponsalías– y se dirigió a una cita con compañeros de la organización. Allí, en San Juan y Entre Ríos, fue emboscado y asesinado por el grupo de tareas 3.3.2 de la ESMA, del cual formaba parte Alfredo Astiz.

Su cuerpo fue visto en ese centro clandestino de detención, al igual que una serie de escritos que fueron saqueados de su casa en San Vicente, y que hasta hoy se encuentran desaparecidos –incluido el cuento “Juan se iba por el río”–.

Walsh discutió la Carta con compañeros de Montoneros, quienes le objetaron el enfoque del texto, señalándole que este debía estar centrado únicamente en los crímenes cometidos por la dictadura, y no en su política económica. Sin embargo, finalmente el escritor logró imponer su perspectiva. 

El hecho de que la muerte de Walsh ocurriese justo después de la distribución de la Carta llevó a muchos a pensar que el asesinato había sucedido en represalia por aquel texto: “La carta que mató a Rodolfo Walsh”, se titulaba su primera reproducción pública, aparecida en El Nacional de Caracas a fines de abril de 1977. Como lo señaló Martín Kohan, ese relato de la muerte de Walsh alimentaba una ilusión sobre la eficacia política de la literatura, así como el mito del “escritor mártir”, que se habría inmolado al difundir su denuncia en la ciudad en un contexto de represión desatada. 

Aunque ninguna de esas consideraciones sobre la muerte de Walsh sea del todo verdadera, sí es cierto que la Carta fue una de las expresiones más acabadas del compromiso que asumió en su escritura y en su participación política, y que fue ese compromiso el que, al fin y al cabo, lo volvió un blanco de la represión dictatorial, direccionada sobre todo a la militancia y a los sectores politizados de la sociedad.

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