Batalla de Ideas

26 marzo, 2020

Pandemia, ecofascismo y alternativas para la humanidad

De la mano de la crisis sanitaria mundial que desató el coronavirus (COVID-19) se han comenzado a producir y reproducir algunos discursos y relatos que, enmarcados en la preocupación por el medio ambiente, colocan como enemigo principal de la naturaleza al ser humano.

Fernando González

@FerNarso

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La pandemia de coronavirus ha habilitado la emergencia de ciertos discursos que, bajo la supuesta defensa de la naturaleza y el medio ambiente, esconden otros intereses. Este discurso se expresó en algunos medios de comunicación masiva. Por ejemplo, la BBC de Londres, tituló “los inesperados beneficios de la epidemia de COVID-19 para el medioambiente”.  El diario español El País, hizo lo propio con una nota llama “la crisis del coronavirus hará descender las emisiones de CO2”. Mientras tanto, el argentino La Nación celebró unas “¿Vacaciones para el planeta?”.  

Todas estas noticias ponían en primer lugar una dicotomía entre ser humano y naturaleza. El propio Pedro Aznar, en su recital a través de la red social Facebook, sostuvo: “Vieron lo que está pasando en estos días en el mundo, que se está limpiando el aire, se está limpiando el agua, la tierra. Sin nuestra influencia el mundo se empieza a acomodar”.

Este énfasis en que “el ser humano” es el principal enemigo de la naturaleza no es nuevo en ciertos discursos del ecologismo. Tienen su origen más cercano en los enfoques neomalthusianos de la década del 60 y 70. Uno de los científicos que sostuvo esas teorías, es reivindicado en la nota de La Nación: James Lovelock, autor de la “Hipótesis Gaia” (teoría que sostiene que la tierra es un sistema autorregulado). En una entrevista que le realizaron en el año 2007, este científico afirmó que “Malthus tenía razón”. “De habernos mantenido en mil millones, la cifra que él daba hace 200 años, tal vez no tendríamos que enfrentarnos ahora a la muerte a gran escala”, apuntó. Según este científico, sobran 6.500 millones de personas en la tierra, para que ésta se autorregule.

Cabe destacar que estas ideas nunca se presentan de forma transparente, pero forman parte de cierto imaginario ecologista hace décadas. Fue en 1972 cuando un grupo de científicos formuló el informe Los Límites del Crecimiento. Dicha investigación fue realizada a pedido de un grupo de empresarios, políticos y científicos conocido como “Club de Roma”. En ese escrito, se sostenía -fiel a un razonamiento malthusiano-  que de no detenerse el crecimiento exponencial de la población y del capital en sus límites “naturales”, nos enfrentaríamos al colapso, a los límites físico-naturales del planeta.  

El problema aparece cuando se quiere establecer cuáles son dichos “límites naturales”, principalmente con la población humana que a diferencia de otras especies no tiene predadores naturales. En cambio, lo que sí tenemos son crisis sociales y/o económicas, guerras, desastres naturales, hambre, epidemias y/o pandemias. Y es justamente con estos elementos de contexto, cuando suelen aparecer las propuestas de lo que denominamos “ecofascismo”. 

En la actual coyuntura los sectores de derecha en todo el mundo alternan entre dos posiciones frente a la crisis ambiental (que a su vez es climática, energética, alimentaria y sanitaria): 1. la negación (como bien hacen los fascistas de antaño resucitados, como Jair Bolsonaro); 2. la aceptación de un posible colapso y el descargo de su impacto en los más pobres (los sectores desprotegidos de los países centrales y los países del sur global). 

El primer sector no requiere de mucho análisis, puesto que se plantea abiertamente opuesto a cualquier ambientalismo. El segundo sector, en cambio, despliega un arsenal importante de teorías (pseudo)científicas, discursos y símbolos en esta batalla. 

Es así por ejemplo que uno de los más importantes documentalistas ingleses sobre la naturaleza (David Attenborough, de la BBC), ha manifestado que “los seres humanos son una plaga sobre la tierra”. Particularmente esta plaga se sitúa África, pese a que en ese continente se consume muchos menos recursos que en Europa. 

En los movimientos de la denominada “ecología profunda” también se hacen presentes estos planteos. El co-fundador de la ONG Earth First, David Foreman, sostuvo que sus tres objetivos principales serían “reducir la población mundial a unos 100 millones de habitantes, destruir el tejido industrial y procurar que la vida salvaje, con todas sus especies, se recobre en todo el mundo”. 

Cuando no conviene (o no es posible social y políticamente) ajustar en la variable demográfica, estos sectores buscan ajustar la asignación de recursos. Así, argumentan que no es conveniente darle a los pobres energía barata, pues la derrochan. Tampoco agua, alimentos o cualquier recurso escaso por el que no puedan pagar. Estas políticas son para estos sectores, nuevos estímulos para que los pobres refuercen sus altas tasas de natalidad. Estas políticas son las que indirectamente reforzamos cada vez que repetimos la inocente idea de que “el ser humano es responsable” de la crisis ambiental, porque “el ser humano” es mayoritariamente pobre y habita principalmente los países del sur global. 

Repetir ese sentido común tan primitivo y transparente le da más fuerza a las propuestas del ecofascismo.

La humanidad es la solución, no el problema

Pero no todos los ecologismos tienen estas posturas. Hay quienes rechazan estos posicionamientos, como bien manifestaron los y las “Jóvenes por el Clima” de Argentina. Sin embargo, es cierto (y algo trillado) que ésta crisis puede ser una oportunidad. 

En el año 2008, también en plena crisis económica y financiera, el economista catalán Joan Martínez Alier (precursor del llamado “ecologismo de los pobres”) sostuvo que esa situación daba una oportunidad “para que la economía de los países ricos adopte una trayectoria distinta (…) en vez de soñar con recuperar el crecimiento económico habitual, entren en una transición socio-ecológica hacia menores niveles de uso de materiales y energía”. 

Toda crisis es también una oportunidad, para poner de relieve los mecanismos de funcionamiento de nuestra sociedad capitalista, que son los que generan la crisis ambiental. Esta crisis coloca a la humanidad como víctima y no como victimario. Entre los peligros que ella acarrea están las sucesivas apariciones de estas pandemias, que se expanden con la misma velocidad que el tráfico de mercancías en todo el mundo. Desde principios de éste siglo que podemos ver como circulan de manera masiva diferentes virus (gripe aviar, porcina, SARS, MERS, y ahora el COVID-19). 

Como sostiene Marina Aizen en Revista Anfibia, tanto el COVID-19 como las otras cepas, no son sino “producto de la aniquilación de ecosistemas, en su mayoría tropicales, arrasados para plantar monocultivos a escala industrial”. Son las actividades económicas propiamente capitalistas las que ponen fuera de control los virus que ya existen en la naturaleza. También sostiene la autora que esta pandemia es fruto “de la manipulación y tráfico de la vida silvestre”.

La situación incluso podría agravarse de no detener urgentemente el calentamiento global, ya que como aseveran diferentes científicos, corre peligro de derretirse el permafrost ártico (suelo permanentemente congelado que se extiende por todo el norte de Rusia, Alaska, el norte de Canadá y el Océano Glaciar Ártico). Y según estas investigaciones, este suelo no solo retiene gases de efecto invernadero (que de salir a la superficie provocarían más calentamiento global), sino que también retiene diferentes virus y bacterias (entre ellas ántrax, gripe española y otros).

En este escenario, la mayoría de la humanidad será perjudicada por causa de las actividades generadas por un conjunto de empresas que se niegan adoptar patrones de producción limpios y con menor utilización de combustibles fósiles, a detener el avance sobre los ecosistemas y la desforestación; a impedir el acaparamiento de tierras y los monocultivos. Por supuesto, pedirle a las empresas que hagan eso, es pedirles que pierdan frente a sus competidoras. Rogar que la actividad económica capitalista se supedite a límites naturales, es pedir que deje de existir como tal. Tal vez eso precisamos.

Solo la humanidad  puede afrontar el desafío de modificar sus relaciones sociales, para reparar esa fractura metabólica con la naturaleza. Para ello no existen recetas, pero sí al menos algunas pautas. 

Esta nueva humanidad tiene que abandonar la pretensión de crecimiento ilimitado, algo que no es típico de todas las sociedades humanas, sino específicamente de la capitalista. Debe abandonar también la lógica de la competencia que lleva a una batalla permanente por bajar y externalizar costos, degradando así la vida humana y su entorno natural.  Un nuevo proyecto humanista es el que nos puede salvar del colapso. Echarle la culpa a un abstracto ser humano es ir en sentido opuesto.

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