El Mundo

27 marzo, 2020

Haití: el coronavirus en uno de los países más pobres del planeta

El sistema de salud del Estado caribeño es prácticamente inexistente. Una muestra cabal de esa debilidad es la epidemia de cólera que “importó” la ocupación militar mal llamada misión de paz de Naciones Unidas que, en 2010, dejó un saldo de ocho mil muertes.

Gabriela Giacomelli*

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Cuando me preparé para incorporarme a la Brigada Internacionalista de Solidaridad con Haití “Jean Jacques Dessalines”, profundicé un poco en la historia de la isla, me actualicé sobre los principales indicadores económicos y sociales y estudié el idioma que habla el pueblo en su cotidiano, que no es el francés sino el creol, la lengua de la revolución. 

Al vivir en Haití los indicadores se volvieron personas. Dejan de ser número y se transforman en nombres, en historias de vida. Eso fue una de las experiencias más dolorosas que alguna vez atravesé. El Che decía que un militante debía endurecerse sin perder la ternura. Principio difícil de sostener cuando nos exponemos a una realidad de contradicciones tan agudas y vivimos el drama humano en su máxima expresión. 

Una vez realizamos una actividad con un grupo de mujeres en el medio rural. Queríamos hacer un diagnóstico de las principales problemáticas para articular una propuesta de trabajo. Cuando se produjo un clima de mayor confianza, las mujeres se detuvieron largamente en el siguiente planteo: sufrían infecciones vaginales por la falta de agua limpia. Para conseguirla debían caminar entre ida y vuelta durante 6 horas. Por eso el agua solo alcanzaba para algunas cosas, menos de lo mínimo para asegurar la supervivencia y lo último que hacían era higienizarse. Esta historia fue lo primero que me vino a la cabeza cuando me pidieron una nota sobre el coronavirus en Haití. Pensé ¿Qué puede ocurrir en un país donde no es posible garantizar algo que parece tan obvio y hasta casi espontáneo en el conjunto de actividades de cuidado y autocuidado que realizamos cotidianamente?

El 19 de marzo fue el anuncio oficial de los 2 primeros casos de coronavirus en Haití. Al día de hoy se estiman 7. El presidente Jovenel Moïse declaró estado de emergencia en una conferencia donde dictaminó medidas como el cierre de aeropuertos y las fronteras con República Dominicana y un estado de sitio ¿Es esto una respuesta real frente a la pandemia? 

En Haití, el sistema de salud es prácticamente inexistente. La ayuda de les médiques cubanes es importantísima para sostener funciones elementales de los pocos hospitales y salas que hay. Una muestra cabal de la debilidad del sistema, es la epidemia de cólera que “importó” la MINUSTAH (la ocupación militar mal llamada misión de paz) cuando en 2010, soldados contagiados de cólera defecaron en uno de los principales ríos de Haití. Hubo más de 8000 víctimas fatales. Además, en función de su sistema productivo casi nulo, Haití importa un 70% de los medicamentos que se consumen.

La principal herramienta para afrontar el coronavirus es frenar el contagio mediante aislamiento social. ¿Es posible concretar esto en Haití? En haití hay más de 11 millones de personas en un territorio comparable al tamaño de Tucumán, con más del 70% de la superficie montañosa. Es decir, la población, en el campo o en la ciudad, vive en condiciones de extremo hacinamiento. La mayoría de las personas apenas sobrevive vendiendo en el mercado lo que produce en su pequeñísima porción de tierra,otras cuantas siquiera tienen ese pedacito… Las calles haitianas son un continuo de personas vendiendo comida y todo tipo de productos. Es raro poder caminar por algo así como una vereda, pues está atestado de personas, autos, motos, basura. Confinarse al aislamiento, para esta población sería algo así como dejarse morir. Porque allí no existe un Estado que, aunque sea por maquillarse, dé una migaja. Tampoco es posible pensar cómo se garantizarían los cuidados preventivos referidos a la higiene, en el marco de una contaminación tan generalizada. 

La piedra angular de la guerra contra el coronavirus es la política pública. Y el sistema político haitiano es frágil en extremo. El actual presidente fue electo en un sufragio donde participó el 12% de la población y encima fue denunciado por fraude. Si en Haití no hay dictadura, hay ocupación militar extranjera, si no hay ocupación, hay gobierno títere y fraudulento. En Haití no hay un estado capitalista opresor. Hay una opresión capitalista (imperialista, colonial, patriarcal, racista) que se asegura con pedazos de un Estado que nunca llegó a ser tal, no por error, sino por operatividad. Haití, desde el triunfo de su revolución en 1804, fue víctima de ataques aleccionadores, saqueos y superexplotación. Para la reproducción de este sistema, las clases dominantes se subordinan al imperialismo que al mismo tiempo ofrece la “ayuda” para enmendar los problemas que el mismo fogonea. 

Si el contexto de crisis internacional radicalizada en el marco de la pandemia nos marca los límites estructurales del estado capitalista en su capacidad de responder a las necesidades populares y garantizar los derechos humanos, en el caso de Haití puede suceder una nueva catástrofe que nos haga constatar, una vez más, la contradicción entre este sistema y la vida humana. ¿Cuántas veces “el eslabón más débil” tiene que mostrarnos esto? ¿Cuándo seremos capaces de construir vínculos a internacionales que tengan como eje la solidaridad entre los pueblos? Solidaridad es, incluso, una palabra insuficiente. Con el pueblo haitiano, lo que tenemos como humanidad, es una verdadera deuda. 

*Brigadista internacional en Haití (2018 – 2019) y profesora de Filosofía (UNC)

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