Nacionales

27 marzo, 2020

No te va a salvar el mercado

Los trabajadores y trabajadoras de la agricultura familiar aseguraron que seguirán garantizando el alimento en el marco de la situación de aislamiento social, preventivo y obligatorio. Para cumplir con esto, iniciativas como Pueblo a Pueblo cambiaron su modalidad para llevar los bolsones de verdura hasta las casas de cada consumidor.

Archivo: integrantes del MTE Rural preparando la entrega de Pueblo a Pueblo

Lucas Pinto y Florencia Trentini

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Ir a los grandes supermercados o aun a los almacenes del barrio se volvió toda una odisea. Colas con la distancia determinada para no propagar el virus, góndolas vacías y precios elevados es lo que vivimos cada vez que debemos realizar nuestra excursión para comer. El gobierno nacional estableció precios máximos en más de dos mil productos esenciales para evitar la especulación que suele acompañar las situaciones de crisis. El problema es que estas medidas no suelen incluir verduras y frutas debido a las variaciones que pueden sufrir por cuestiones estacionales. 

El resultado no tardó en llegar, y en los últimos 15 días las frutas y verduras registraron aumentos de entre el 30% y el 40%. Como ya sabemos el funcionamiento del mercado es simple: aumenta la demanda, aumentan los precios. Frente a la necesidad, la respuesta de los grandes formadores de precios es la especulación y la ganancia a costa de los consumidores y consumidoras. Y en el caso de la producción frutihortícola, también a costa de los productores y productoras.

Si la crisis producto del coronavirus está poniendo algo en claro es la diferencia entre el capitalismo y ese otro mundo posible, más solidario y colectivo. A nivel mundial vemos cómo aquellos países gobernados por modelos neoliberales prefieren poner en juego la salud de la población para no afectar a las empresas y a los grandes capitales. La derecha norteamericana llegó a sostener que los ancianos deberían sacrificarse por el bien de la economía.

En la actual crisis sanitaria generada por el virus Covid 19 una vez más vemos que la búsqueda por alternativas productivas y de abastecimiento durante momentos de crisis sociales, necesariamente recaen en las comunidades urbanas populares (desde donde sale parte significativa de la mano de obra esencial durante las crisis) y en los procesos productivos campesino-indígenas y sus reservas de biodiversidad y tecnologías (agroecología, cooperativismo, etc.). Siendo los productos campesino-indígenas y de la agricultura familiar, los únicos que no suben sus precios especulativamente durante el cambio en la demanda de alimentos frescos, generada por la cuarentena sanitaria.  

“Nosotras y nosotros seguiremos trabajando para abastecer a la población y poner a disposición todos los alimentos que producimos en el sector para que no haya faltantes en los hospitales, centros de jubilados y adultos mayores, así como en comedores escolares y populares”, sostuvieron los productores y productoras del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) Rural mediante un comunicado público. Esto no es simplemente solidaridad popular, sino que es la propuesta de un modelo alternativo que impulsa la soberanía alimentaria para evitar justamente que comer o no comer dependa de los que tienen el poder y el dinero. 

Soberanía alimentaria y justicia ambiental

El concepto de soberanía alimentaria (vinculado a la agroecología) nace en 1996 desde la Vía Campesina Internacional como contrapunto político-semántico a la idea de seguridad alimentaria (vinculada al modelo de agricultura convencional que defiende el uso de agroquímicos) planteada de forma hegemónica hasta aquel entonces por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Surge, además, en el contexto de las reformas estructurales neoliberales que ocasionaron la producción de un régimen alimentario de hambre a nivel mundial.  

La soberanía alimentaria se muestra desde entonces no sólo como un proyecto de resistencia a tal régimen de hambre y marginación, sino también como propuesta de alternativas concretas en múltiples escalas -desde lo doméstico, comunitario y local hasta lo regional y nacional-, representando una respuesta popular al actual cambio climático que vivimos y la necesidad de cambiar la agricultura industrializada hacia modelos más sustentables para el medio ambiente y las sociedades, democratizando, efectivamente, la producción y el acceso a los alimentos a partir de una Reforma Agraria Popular e Integral. 

El análisis de las prácticas campesinas agroecológicas demuestra el ejercicio constante de plantear salidas contrahegemónicas frente las crisis alimentarias, sanitarias y climáticas que nos afectan. En este sentido las distintas propuestas de las organizaciones abogan por una solución colectiva que construya soberanía alimentaria regional y políticas de complementariedad productiva, basadas en un redireccionamiento hacia los alimentos sanos (agroecología) en detrimento de los commodities y del contaminante modelo de los transgénicos y sus impactos en los ecosistemas y en la sociedad. 

La soberanía alimentaria muestra como el acceso a los alimentos (rubro esencial y excepcional en cualquier contexto de guerras y/o pandemias) es uno de los centros principales de disputa política y humanitaria para los movimientos sociales del campo popular contemporáneo.  Asumiendo el reto intelectual y político que significa intentar construir frentes de lucha que reflejen las contradicciones e injusticias que nos afectan a los distintos sujetos sociales urbanos y rurales. 

Organizar formas de construcción de territorios ambientalmente sustentables en el tiempo y socialmente inclusivas, es uno de los grandes retos que nos deja la discusión sobre los efectos sociales de la actual pandemia, así como hablar de justicia ambiental y soberanía alimentaria pasa a ser un tema obligatorio para organizaciones del campo popular y para la dirigencia política. Dada la especulación alimentaria generada por el supermercadismo oligopólico y las condiciones de hacinamiento en los barrios populares, que hacen de la ya difícil disciplina colectiva de la cuarentena algo totalmente sobrehumano para los sectores populares.  Hay que vislumbrar, por ende, una concepción de ciudadanía amplia (para campesinos, pobres urbanos y naturaleza), como plantea el Movimiento de Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST) de Brasil: “Reposicionar la ciudadanía más allá de la urbanidad y la introducción de la gestión ambiental en una noción colectiva (urbana-rural) de ciudadanía”.

Por lo tanto, la idea de soberanía alimentaria no es pensada sólo como alternativa productiva al modelo del agronegocio transgénico, proponiendo un modelo agroecológico alternativo, sino que también problematiza y politiza el consumo de alimentos, siendo un potente generador de debates sobre la problemática y asimétrica relación entre el campo y la ciudad.

Pueblo a Pueblo a domicilio

Construir soberanía alimentaria, entonces, es decidir cada vez que compramos nuestros alimentos. Los circuitos alternativos de comercialización -además de garantizar la venta directa entre productores y consumidores sin intermediarios que especulan con el aumento de precios, enriqueciéndose a costa de ambas puntas de la cadena- buscan politizar el consumo mostrando que se puede decidir pagar más por algo que no se conoce su origen, proceso de producción y hasta su contenido, o pagar un precio justo por alimentos sanos que aportan directamente al trabajo digno de productores y productoras. 

En un contexto libre de pandemias y sin aislamiento social obligatorio, los consumidores y consumidoras aportan a la construcción de una gestión alternativa, sustentable y socialmente inclusiva con algo tan simple como comprar un bolsón de verdura. En el escenario actual esa elección garantiza, además, la llegada de los alimentos a la misma puerta de tu casa, sin colas, sin desabastecimiento y sin precios elevados por una especulación a costa de la necesidad. Justamente porque otra forma de consumo implica también otra forma de vincularse y de preocuparse por otros y otras. 

Por esto, distintas iniciativas de consumo alternativo buscaron garantizar la forma de hacer llegar el alimento a cada mesa, porque del productor al consumidor no es solo una frase, sino una práctica política que disputa el modelo hegemónico, excluyente, despersonalizado y especulativo del mercado. En el caso de Pueblo a Pueblo, junto a los productores y productoras del MTE Rural (UTEP), se decidió realizar entregas a domicilio, lo que implicó todo un cambio sumamente complejo en su logística y abastecimiento, evitando elevar los precios lo menos posible.

“Creemos que es importante la colaboración entre todes para garantizar el trabajo de los productores y productoras y la llegada de los alimentos a los consumidores y consumidoras. Así que vos quédate en tu casa que Pueblo a Pueblo te acerca las verduras, y entre todes nos cuidamos”, sostiene la difusión de las nuevas entregas en CABA, Zona Norte, Zona Sur, Rosario, La Plata y Azul. 

Las respuestas de cómo llegar a sociedades soberanas en la producción y consumo de alimentos, que además no depreden los ecosistemas con tal fin, implementando así la soberanía alimentaria con justicia ambiental, no dependen solamente de una discusión teórica que se pueda manifestar en artículos periodísticos, libros, etc., sino, principalmente, de asumir colectivamente (como sociedad) la difícil tarea de pensar e implementar herramientas alternativas de accionar humano en los ecosistemas, cuestionando en la praxis al capitalismo (y sus imperios alimentarios). 

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