El Mundo

29 marzo, 2020

Brasil: pandemia, desgobierno y un presidente negacionista

Cada vez más aislado políticamente, perdiendo apoyos y minimizando el coronavirus, Jair Bolsonaro solo cuida la salud del poder económico y evangélico en miras a su reelección en 2022. Mientras tanto, la curva de casos y muertos crece día a día en el país.

Crédito: Joédson Alves

Nicolás Castelli

@giusnicolas

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Brasil es el país del continente latinoamericano donde más rápidamente está avanzando la pandemia de Covid-19 y el que menos medidas está tomando para evitar su propagación. Con 4.065 casos confirmados y 118 muertes contabilizadas hasta este domingo, el presidente Jair Bolsonaro sigue minimizando la crisis, agitando la campaña “Brasil no puede parar”, atacando a la prensa, al parlamento, a los gobernadores y negándose a tomar medidas sanitarias de contención. 

Por el contrario, pretende que las escuelas y los comercios minoristas no cierren, que empresas y bancos no pierdan y que la vida no se detenga ante “un simple resfriado”.

En paralelo los pedidos de juicio político en su contra por el manejo irresponsable de la pandemia se acumulan en el Congreso y se escuchan cacerolazos en las principales ciudades reclamando medidas contundentes frente a la enfermedad. Asimismo, su vicepresidente lo contradice públicamente, los gobernadores lo ignoran y la cúpula de las Fuerzas Armadas muestra un descontento cada vez mayor que generó que empiecen a circular rumores de conspiración castrense contra el jefe de Estado. 

El comandante del Ejército, el general Edson Leal Pujol, a diferencia del presidente, declaró que la lucha contra la pandemia “quizá sea la misión más importante” de esta generación.

Ante la ausencia de una política de Estado centralizada y coordinada para combatir el virus, en muchos casos la gente se autoaisló en sus casas. La falta de respuesta del gobierno llevó a situaciones casi surrealistas donde algunos líderes de bandas narcotraficantes radicados en las favelas de Río de Janeiro han tomado la iniciativa de dictar sus propias normas de confinamiento y han decretado un toque de queda diario a partir de las 20 horas.

En tanto que 26 de los 27 gobernadores advirtieron que seguirán fieles a las recomendaciones de la Organización Mundial de Salud (OMS). Cada vez más aislado políticamente, Bolsonaro persiste en privilegiar la salud de la economía brasileña por sobre la de la sociedad que gobierna, a pesar de que hoy el mundo observa con horror las tremendas consecuencias mortales que esa decisión tuvo en Italia. O mismo en EE.UU. donde Donald Trump también enarboló en un principio la bandera negacionista de la pandemia, culpó a China por el virus y hoy es el país con más infectados del planeta.

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Según sondeos, el 80% de los brasileños apoyan un aislamiento más drástico. Pero, además de ignorar esta cifra y hablar de “gripecita” e “histeria colectiva”, Bolsonaro ha tomado decisiones que también ayudan a dilapidar día a día su capital político y agravar más la crisis. 

La semana pasada publicó una medida permitiendo la suspensión por cuatro meses de los sueldos de los trabajadores y trabajadoras la cual tuvo que revocar horas después por el profundo rechazo que causó en la sociedad. Por otra parte, incluyó dentro de la lista de “los servicios públicos y actividades esenciales” exceptuados de aislamiento a iglesias, templos religiosos y casas de venta de lotería.

A su vez, contra lo recomendado por la comunidad científica internacional, afirmó que implementará el aislamiento vertical solo restringido a los grupos de riesgo y que va en consonancia con quienes pretenden proteger al capital sin importar los costos humanos. Una medida que ya desechó el primer ministro británico, Boris Johnson, hoy infectado de coronavirus, ante un posible colapso del sistema de salud.

Ante esta decisión presidencial, los gobernadores decidieron ignorar a Bolsonaro y comenzaron a aplicar cuarentenas totales en sus Estados para cuidar sus gobiernos y desmarcarse del Ejecutivo nacional. João Dória, gobernador de São Paulo, uno de los distritos donde se registran los datos más severos, fue de los primeros en imponer la cuarentena. Bolsonaro lo llamó “lunático”.

Como así también el Congreso decidió hacer caso omiso del Ejecutivo y empezó a debatir un “presupuesto de guerra” que puede alcanzar los 500 millones de reales (100 millones de dóalres). Además de aprobar una propuesta de ingreso mínimo para los trabajadores informales que triplica la propuesta hecha desde el gobierno.

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Lula, principal figura de la oposición, pidió el miércoles pasado que renuncie o se destituya a Bolsonaro por su gestión frente a la pandemia. No obstante, son varias las voces que argumentan motivos para no avanzar en un impeachment en este contexto, entre ellas la del liberal derechista Rodrigo Maia, presidente de la Cámara de Diputados, quien tiene el poder legal de hacer un pedido de juicio político en el Parlamento. 

Por una parte se considera que un proceso de estas características en este momento no haría más que victimizar a Bolsonaro, sumar otra crisis y darle excusas para incendiar a sus bases con el discurso “nosotros contra ellos”. 

Pero por otro lado, dada la gravedad del contexto, algunos sectores políticos consideran que es necesario tener aislado a Bolsonaro y encarar la situación desde la mayor unidad nacional posible. Más todavía ante la falta de medidas para contener al virus y ante una salud pública desfinanciada y desmantelada que en 2019 sufrió un recorte de casi 250 millones de dólares.

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