Batalla de Ideas

29 marzo, 2020

Latinoamérica y su pandemia eterna

Cuando nos despertemos, los problemas todavía estarán allí –diría, con perdón, Augusto Monterroso–. Con un 30% de pobreza y un 50% de informalidad, América Latina, la región más desigual del planeta, prioriza sus urgencias en el medio de un déficit estructural.

Federico Dalponte

@fdalponte

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Serán millones, varios millones. Cuando la pandemia acabe y el mar se aleje quedarán millones: millones por devolverles a los acreedores de futuros y otros millones acechados por la pobreza y el hambre.

Pero el sueño, igualmente, de momento lo soñamos todos: un cambio rotundo del régimen económico global, condonación de deudas a los países pobres, una emergencia poderosa de los Estados nacionales, y cosas por el estilo. Pero nada ni nadie asegura que el mundo será así al despertar.

Por el contrario: cuanto más realista es el análisis, más razones hay para pensar que no, que el mundo que aguarda a la vuelta de la esquina será muy parecido a éste, aunque más desigual, más pobre, más lúgubre.

Según calcula la Organización Internacional del Trabajo, la pandemia podría cobrarse 25 millones de empleos en todo el mundo. O mejor dicho: la respuesta de los Estados, sus economías, sus mercados ante el coronavirus será tan deficiente, tan ineficiente, o tan insuficiente, que 25 millones de personas quedarán sin empleo en los próximos meses.

El jueves pasado, por ejemplo, hubo cumbre europea y unos señores del sur, de Italia y España, propusieron afrontar juntos la salida a la crisis pandémica. Pero otros señores y señoras del norte, de Alemania y Países Bajos, se negaron, rotundos, y no hubo ni remoto acuerdo.

Los del sur argumentaban que el deterioro económico iba a arrastrarlos a todos a la miseria; los del norte sólo rogaban que la crisis, a diferencia del virus, no sea contagioso. Incluso el ministro neerlandés de economía, Wopke Hoekstra, llegó a decir, sin pudor, que cabría investigar por qué los países afectados no tienen dinero para afrontar la crisis sanitaria.

Fue la consumación de una sonsera universal: creer que los Estados están para optar, en nombre de sus habitantes, entre la muerte por pandemia o la muerte por miseria. Una suerte de condena a la desatención o al desempleo por limitaciones presupuestarias.

Brasil no puede parar, se queja su presidente Jair Bolsonaro. Y claro que no, ningún país puede. Pero esa sonsera está de moda, y tantos, tantísimos creen lógico optar entre morirse o empobrecerse. O peor aún: entre dejar morir o dejar emprobecerse a otros.

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En cada rincón del planeta, la crisis económica y la crisis sanitaria se acumulan, no se excluyen. Ya sea más tarde, como en Reino Unido, o más temprano, como en Argentina, los Estados entienden que deben afrontar las dos tragedias, los muertos y los desocupados, unos y otros, al mismo tiempo.

En Estados Unidos, por ejemplo, ya se cuentan por millones. Fueron 3,3 millones los que pidieron cobrar el seguro de desempleo en la primera semana desde el cierre masivo de servicios. Tres millones trescientas mil personas. En sólo una semana.

Con una comparación odiosa: en esa misma semana, 300 personas perdieron la vida a causa del coronavirus. Por cada muerto, podrá decirse, hay once mil personas que perdieron su empleo, esa otra cara de la pandemia.

En España, otro epicentro de la crisis sanitaria, las empresas se abalanzan para tramitar la suspensión de trabajadores. Suman, por ahora, 1,5 millones. Pero a ellos debe agregarse otro millón de personas despedidas desde el comienzo de la pandemia. En total, por cada muerto por coronavirus, más de 400 pierden su trabajo.

A ambos lados del océano, el doble desafío se afronta igual: más Estado, menos mercado. Lo cual no es nuevo. De hecho nada de lo que el mundo hizo estos días, estas semanas, suena novedoso –y no lo es–. Ni siquiera la reciente decisión de Donald Trump de obligar a las empresas a fabricar insumos médicos, echando mano a una ley de 1950.

La novedad, en tal caso, es el punto de partida. La última gran crisis, en 2008, tomó a muchos por sorpresa, aunque algunos estaban bien parados. Ese fue el caso de América Latina, que atravesada por entonces un proceso de crecimiento vigoroso.

Una década más tarde, sin embargo, los problemas estructurales persisten, pero lo que antes era expansión económica hoy es caída sostenida. “Esto se va a parecer mucho a una economía de guerra”, pronosticó, ante el avance del coronavirus, la directora ejecutiva de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL).

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La OIT calcula que el 53% de los habitantes de Latinoamérica trabaja en la informalidad. Son 140 millones de trabajadores desconectados del Estado. O mejor dicho: son 140 millones de trabajadores a los que el Estado no llegará cuando sea necesario. O sea, ahora.

En esta parte del mundo, el desafío no pasa por resguardar el ingreso de los trabajadores con un buen seguro de desempleo, tal la receta del mundo desarrollado. Acá no. Acá, en la región más desigual del planeta, el desafío es que el Estado protectorio primero llegue a todos.

En Europa y en Norteamérica la cobertura legal ante el desempleo protege al 80% de la población activa, mientras que en las economías periféricas llega a menos de la mitad. Y para peor: entre los desocupados latinoamericanos, sólo uno de cada veinte cobra un seguro de desempleo. Al resto sólo le queda el abismo.

En ese marco se debate, con loas y pompas, el rol de los Estados, simulando que hay opciones. Estados Unidos invertirá miles de millones de dólares para sostener la actividad económica. Europa, con matices, hará algo similar. El absurdo es creer que América Latina tiene por delante un desafío equivalente, cuando lo cierto, modestia mediante, es que la región tiene un aprieto mayormente estructural.

Economía primarizada, dependencia externa, marginalidad, precariedad laboral, desigualdad extrema. Sobre esa tragedia emergen los más de 10 mil muertos por coronavirus. Si el mundo desarrollado piensa en cantidades de dólares y euros, tal vez este trance haga que Latinoamérica piense en calidades, y se debata, con mayor suerte, qué tipo de Estados necesita para que los problemas, al despertar, no sigan estando allí.

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