Batalla de Ideas

14 mayo, 2020

Sobre la herida del deseo

Los dilemas irresolubles del amor y el deseo, la fidelidad y sus trampas y acerca de que no hay goce sin vértigo.

Jorge N. Reitter*

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Me parece que todo el mundo está herido en su sexo.
No se me ocurre nadie que no lo esté”

André Aciman, Variaciones Enigma

Un paciente me cuenta que hace mucho tiempo no tiene sexo con su mujer, y si intenta tenerlo fracasa o el sexo es aburrido. Ese miembro que tanto da que hablar y que, si bien se constituyó en símbolo del poder, sólo responde al deseo, no se deja sobornar con intentos y no acude a la cita.

Por razones que no puedo resumir, porque muchas ya no están en mi memoria, le digo que creo que si hubiese alguna posibilidad de que el erotismo resurja entre ellos (porque sí, alguna vez ardió la llama) sería en el borde de la separación. Él no quiere separarse, porque si bien lo erótico no arranca hace mucho, quiere a su mujer y se llevan muy bien. Tienen dentro de todo una buena convivencia, aún en esta cuarentena 2020.

Además está el proyecto de un hijo, salvo que para tener un hijo como ellos quieren habría que coger. Le aclaro, aunque no hacía falta, que lo que digo no es ni podría ser un consejo o una estrategia. Así no funcionaría.
No recuerdo cómo, inmediatamente asocia que anoche le dijo a su mujer, en un contexto de cena y alcohol, que a él le gustaban otras mujeres. Que le gustaba ella (efectivamente, él la ve muy linda), pero que también le gustaban otras. “Ella se re calentó”, dijo mi paciente. “¿En qué sentido?”, le pregunto. Sólo se enojó. Ella no soporta la más mínima amenaza a la fidelidad, a lo que ella llama la lealtad.

Mi experiencia como psicoanalista y mi experiencia de vida me indican que cuando una pareja se cierra en sí misma, cuando se quiere dar todas las seguridades, cuando pretende darle consistencia a la ficción de la fidelidad absoluta (y con absoluta quiero decir no sólo una fidelidad en los actos, sino también en la imaginación), el deseo se escabulle. La flor del deseo sólo crece en terrenos escarpados.

Creo que mi paciente quiso, instintivamente, como él dijo, proponerle a su mujer jugar al juego del deseo, pero ella en su afán de lealtad sólo se enoja, y no se calienta en el otro sentido de la palabra. “Pero ella tiene ganas”, dice mi paciente, “si yo la cojo le gusta”. “Pero una cosa es tener ganas y otra muy distinta es jugar el juego del deseo”, le respondo. Al cerrarse a la terceridad, a la verdad de que nunca el deseo se conforma con un solo objeto, al cerrarse al riesgo de la herida que implica jugar ese juego, se queda con la seguridad, pero sin el deseo. Es el dilema entre deseo y amor: cada uno se las arreglará como pueda en cada momento de su vida.

Entonces, le dije, no es cierto lo que afirmé hace un rato. No es el borde de la separación la única posibilidad de que resurja el deseo, también está el juego de la terceridad. Pero más tarde, cuando la sesión ya había terminado, pensé que ese juego de la terceridad ya es estar al borde de la separación, ya es recordar que nunca hay seguridad en el erotismo, que la posibilidad de la herida siempre está presente. El erotismo habita en ese borde entre el encuentro y la separación.

Esto a su vez me recordó por qué nunca acepté la forma en que mi maestro y quien fuera mi psicoanalista, Norberto Rabinovich, y en parte también Freud, teorizan el erotismo: sólo como una tendencia a la unidad. No, el erotismo, a mi modo de ver, es una tendencia a la unión pero también una tendencia al desgarro, a la herida, a la traición, y en ese vértigo está su goce más propio.

* Psicoanalista, fugitivo del lacanismo

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