Cultura

18 mayo, 2020

Ficción y feminismo: una lectura crítica de Jellyfish, de Carlos Godoy

¿Cómo leer la voz de una mujer que aborta en la ficción, cuando esta ha sido creada por un escritor varón? Jellyfish, de Carlos Godoy (2019), plantea este interrogante. Desde una perspectiva feminista es posible intervenir en la polémica sobre la novela trascendiendo toda reducción esencialista.

Victoria García*

@vicggarcia

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Jellyfish. Diario de un aborto narra el proceso personal de una joven de diecinueve años, Yakie, que se encuentra frente a un embarazo no deseado y decide interrumpirlo. Cuando la novela se publicó, en marzo de 2019, suscitó cierta polémica en el activismo feminista, debido a que se trataba de un escritor varón que intervenía con su libro en el debate sobre la legalización del aborto y que, más aun, apelaba al “como si” de la ficción para hacerlo en primera persona, tomando la voz de una mujer.

El feminismo nos ha llevado a interrogar críticamente los esencialismos ligados al sexo como categoría biológica. Nos ha enseñado, además, a desnaturalizar los roles de género y a entenderlos como construcciones sociales, inscritas en situaciones históricas concretas. 

Por su parte, la ficción nos invita a ser comprendida bajo reglas propias, a entrar en un juego que implica “suspender voluntariamente la incredulidad” –según la célebre fórmula de Samuel Coleridge– y evaluar el mundo ficcional con parámetros no necesariamente subsumidos a los del mundo real. En buena medida, es de esta consistencia propia de la ficción, esquiva a los mandatos de la realidad, que ella extrae su capacidad de introducir puntos de vista disruptivos sobre el mundo y, en definitiva, su potencial contestatario.

En un artículo clásico sobre el lenguaje literario, “El arte como artificio”, el crítico ruso Víktor Shklovski concibió la noción de extrañamiento para describir el modo en que la literatura y el arte operan en relación con la experiencia ordinaria, introduciendo una ruptura en las automatizaciones que la sostienen. Como ejemplo, citaba un relato de Tolstoi donde el autor creaba la primera persona de un caballo y lo ponía a ver con distancia ciertos aspectos de las relaciones humanas y sociales, como el concepto de propiedad. 

Un ejemplo más cercano es el de Borges, quien en “Deutsches Réquiem” construyó la primera persona de un jerarca nazi, con efectos estéticos a la vez perturbadores e interesantes. Hacer hablar a este personaje no convertía a Borges en un simpatizante del nazismo –en los años previos, de hecho, había desarrollado un activismo intelectual antifascista junto al grupo Sur–. En este relato, pero más en general en la ficción, narrador y autor no resultan asimilables, como se sostiene hace décadas desde la teoría literaria.

A partir de estos presupuestos, no habría motivos a priori para cuestionar que un escritor varón cree la voz ficticia de una mujer que aborta, aun cuando en la realidad, como varón cis, no podría atravesar esa situación en carne propia. 

Si se polemiza con Jellyfish apuntando únicamente al sexo biológico y a la identidad de género del autor, por un lado se corre el riesgo de convalidar una perspectiva esquemática de las relaciones entre literatura, sociedad y política, y, por otro, se tiende peligrosamente a absolutizar la categoría de “varón” y a contrariar, de esa manera, el carácter construido de las identidades de género que nosotras mismas nos hemos ocupado de reivindicar. 

No son esos los únicos presupuestos a partir de los cuales Jellyfish puede ser leído críticamente, desde una perspectiva feminista.

La de Godoy es una novela coyuntural, con un fuerte anclaje en la actualidad de su escritura. La nota del autor que abre el libro indica que “fue escrito mientras sucedían los eventos históricos y sociales que se narran”, en el contexto del debate sobre la legalización de la IVE que irrumpió en la escena pública a comienzos de 2018. 

El relato toma la forma de un diario en el que Yakie, una estudiante de Puan que se autodefine como “cheta-neurótica-aspiracional”, registra su cotidianeidad atravesada por la decisión de abortar, aun cuando deberá hacerlo en la ilegalidad. 

En las vicisitudes de su vida personal sobresale su relación con Tomi ‒“Un estudiante crónico de Comunicación Social que me lleva trece años y que, aparentemente, me embarazó”‒ y con su madre, una dramaturga “progre” que participa de las movilizaciones del 8M y del 24 de marzo, e insiste para que su hija también participe, importunando el desdén político de la protagonista.

En Cómo se escribe un diario íntimo, Alan Pauls señala que la premisa básica de los autores de este género de textos suele ser la máxima “Conócete a ti mismo”. En esa línea, el autor del diario suele ser también su primer destinatario, y su primer lector. 

Pero el Diario de un aborto no responde a esta lógica. Yakie se ve como escritora y prevé que su texto devendrá obra tarde o temprano (“¿Y si yo me convierto en una escritora consagrada cuya obra gira en torno a este jellyfish que tengo ahora adentro y que en unos días no va a estar más?”). Más aun, incorpora numerosas interpelaciones a les lectores y, más precisamente, a una “joven lectora abortista” que constituye su destinataria privilegiada.

El diario, entonces, más que constituir un instrumento de autorreflexión, sirve como registro inmediato del presente de la protagonista, escrito y pasible de ser publicado en la actualidad más directa de la vida de Yakie, y de los acontecimientos sociales y políticos suscitados en torno de la legalización del aborto. 

La inmediatez de la escritura de Yakie tiene un paralelismo en la situación del propio Godoy, quien cuenta que escribió el libro muy rápido, en “Dos meses de tipeo compulsivo”.

En este registro inmediato del presente de la protagonista, prácticamente instantáneo, las redes sociales tienen un lugar central: “Todo para Instagram, nada para Facebook: un par de selfie stories, algunas pics de las pibas marchando, otras de los carteles pegados en las paredes, de algunos grafitis”, comenta al regresar de la marcha del 8M.

El relato contiene múltiples referencias al macrismo y a los procesos de movilización desplegados en el contexto del debate parlamentario. Pero la protagonista se muestra escéptica frente a ellos. Solo por momentos, la demanda colectiva la interpela y se reconoce conectada con una experiencia que no es meramente individual: “Esta es la primera vez que voy a una marcha en la que, si bien no soy una víctima, soy finalmente una mujer que va a abortar de un modo clandestino y está pidiendo aborto legal, seguro y gratuito”. 

Las referencias explícitas al contexto político en que se escribió el Diario forman parte de un recurso verosimilizante, que subraya el carácter realista de la novela y hasta busca desdibujar los límites entre el terreno de la ficción y el del mundo real. De hecho, el autor señala en la nota introductoria que basó su libro en “el testimonio diario de una mujer de 19 años que se realizó un aborto ilegal”. 

Por lo mismo, llama la atención el equívoco juego de superposiciones entre realidad y ficción que parece introducir el autor cuando se trata de la identidad del personaje de Yakie y de su familia: el texto brinda señales que permitirían asociarlas con personas reales vinculadas al ámbito de la cultura ‒las referencias a la relación entre la dramaturga Lola Arias y la madre de la protagonista son significativas en esta línea‒. 

La realidad en su versión más básica: la de la actualidad que aparece en los diarios –no íntimos sino mediáticos–, es la que se instaura como objeto del relato en Jellyfish. Una realidad mirada desde la escasa distancia que ofrece la inmediatez, desde la poca profundidad que se alcanza cuando, como decía Ricardo Piglia, no hay demora que dé lugar al desciframiento de lo que no salta a la vista. 

Se llega, así, a la mirada del aborto que propone el libro de Godoy. La novela saca el tema del clóset al colocarlo en el centro de la intimidad pública de la protagonista; lo destraumatiza y lo exime de sus cargas morales (“no me siento culpable por abortar. O sea, abortaría mil veces”). Pero lo hace de una manera tal que el gesto disruptivo de la provocación tiende a reducirse a eso: a gesto, a pura pose. El nihilismo drástico de la protagonista, su negación de cualquier principio religioso, moral o político, se confunde con banalidad, con entronización de lo insustancial. 

Asimismo, la relativización de ciertos tópicos de la defensa feminista del derecho al aborto y la condena de lo políticamente correcto se realizan en espejo con el blanco de la polémica, de modo tal que las provocaciones de Yakie no dejan de incurrir, a su turno, en afirmaciones de lo consabido, en sus propios latiguillos. Como cuando tajantemente sostiene: “La única clase a la que le importa [el aborto] es la clase media progre, que lo usa como bandera contra el Estado, contra la hegemonía de la derecha que ganó el sentido común”.

En espejo: porque la narradora y la “joven lectora abortista” a la que aquella se dirige encarnan, según el autor se lo propuso, un estereotipo, el de la “clase media progre urbana” que protagoniza las luchas por el aborto legal en la Argentina. Pero los libros disruptivos en serio, los que cambian la vida de las personas, no apuntan a consolidar estereotipos, sino más bien a desestabilizarlos. A producir extrañamiento sobre ellos, como diría Víktor Shklovski.

Godoy negó, en alguna entrevista, que estuviera haciendo “mansplaining” con su novela, pero al mismo tiempo ha planteado que quiso que su libro funcionara como un manual de procedimiento de aborto con Misoprostol. Ambas declaraciones de intenciones suenan contradictorias, especialmente considerando que, como la misma protagonista lo reconoce en su diario, para el momento en que el libro se escribió ya existían numerosas guías y materiales de organizaciones feministas que funcionan en ese sentido. 

También en este punto Jellyfish se limita al mero registro del presente inmediato: es desmemoriado en relación con la experiencia colectiva del movimiento feminista que precede la publicación del libro. No puede, en este sentido, reclamar originalidad y valor literario propios como manual para la realización de abortos. 

Pero tampoco consigue aprovechar, en el buen sentido del término, las libertades de la ficción para explorar de manera compleja la problemática de las mujeres y personas gestantes que abortan de manera clandestina. No lo consigue porque cae en el recurso fácil, acoplado a la coyuntura, de la provocación como fetiche.

Finalmente, si en abstracto el mundo real y el ficcional, el autor y el narrador, plantean lógicas relativamente autónomas de funcionamiento, en este caso el mismo libro y las declaraciones programáticas que el autor hizo públicas en el momento de su aparición proporcionan argumentos para interrogar el texto no solo desde el punto  de vista de la voz ficcional que construye, sino también desde la posición que aquel asume al escribirlo. Así, si hay una pretensión realista en Jellyfish, si se presenta como reelaboración ficcional de uno o varios testimonios de mujeres que abortaron, ¿por qué no cabría discutir las operaciones que realiza el autor cuando retoma esos testimonios y, más exactamente, qué se juega en términos de relaciones de géneros, como vínculos de poder, en el uso por parte de un escritor varón de esas voces femeninas? 

En definitiva: Jellyfish no es criticable per se porque se trata de un diario de un aborto escrito por un varón. Es criticable porque, plegada al ritmo de la coyuntura, la novela no introduce ninguna novedad estética o política relevante en la representación de la figura de la mujer que aborta en la ilegalidad en la Argentina. Y porque, en el acto de tomar la palabra aun sin tener nada suficientemente interesante para decir, reproduce un habitus característico de la masculinidad hegemónica: es en ese sentido que es varón el autor de Jellyfish.

*Doctora en Letras (UBA)

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