Economía

25 mayo, 2020

El espejo verde: sobre la relación entre el dólar y la percepción de la economía

En el marco de la pandemia mundial por el coronavirus, el precio de la divisa norteamericana en el mercado informal se disparó muy por encima de la cotización oficial. Explotado diligentemente por los medios hegemónicos, la nueva repetición de este fenómeno ya habitual en nuestra economía nos invita a una reflexión acerca del lugar del dólar en la sociedad Argentina.

Fernando Toyos

@fertoyos

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Ariel Wilkis y Mariana Luzzi, sociólogues e investigadores del CONICET, entienden al dólar como una “moneda popular”, una herramienta de interpretación de la realidad económica que, proceso histórico mediante, se ha vuelto accesible a grandes capas de la población.

En las páginas de El dólar. Historia de una moneda argentina (1930-2019) les investigadores analizan el largo derrotero de la divisa verde, que comienza con el primer control de cambios implementado en septiembre de 1931. Esta medida, tomada en el contexto de la crisis económica conocida como la “Gran Depresión”, buscó reducir el impacto de las medidas proteccionistas implementadas por Inglaterra (abandono del patrón oro, devaluación), país que, por esos años, era el principal comprador de nuestras exportaciones.

Con la industrialización por sustitución de importaciones (ISI), la economía argentina desarrollaría la insuficiencia crónica de dólares, conocida como “restricción externa”: esta dinámica, que se manifiesta como una crisis cíclica de la balanza de pagos, tiene su raíz en una estructura productiva desequilibrada -como lo sintetizó el economista Marcelo Diamand– en la que el tipo de cambio (es decir, el precio del dólar) responde a la productividad del sector agrario.

Siguiendo a Diamand, esto genera un desfasaje: el desarrollo industrial precisa de una gran cantidad de dólares para importar maquinaria e insumos, pero, gracias a la productividad extraordinaria de la llanura pampeana, este “insumo” tiene un precio que la industria no puede afrontar. Sobre esta base se han ensayado numerosas políticas de transferencia de renta, entre las cuales la nacionalización del comercio exterior mostró una potencialidad muy interesante.

Como registraron Luzzi y Wilkis, estas tensiones se manifestaron durante el peronismo como una diatriba entre la oposición -que denunciaba sistemáticamente una “escasez de divisas”– y el gobierno, que tildaba a estas voces de “saboteadores”, protagonistas de una campaña contra la independencia económica.

En el marco de esta disputa que reflejaba la colisión de intereses entre la burguesía agraria y la alianza entre burguesía industrial y movimiento obrero, se desarrollaron campañas en las páginas del diario opositor La Prensa, y se desarrolló un mercado informal en el que se transaba el billete verde. Cualquier similitud con la Argentina reciente no es ninguna coincidencia.

Sin embargo, en este período el dólar todavía no será una “moneda popular”: los vaivenes de la divisa solo interesaran a las élites de esta época. Recién durante el gobierno desarrollista de Arturo Frondizi la cotización del dólar comenzará a ser seguida más de cerca por el gran público: fue durante su presidencia que se produjo la primera gran devaluación de la moneda nacional respecto del dólar.

Durante la década de 1960, el dólar aparecería con una frecuencia cada vez mayor en las portadas de periódicos y en discursos políticos. Las crisis económicas del Rodrigazo (1975) y la hiperinflación (1989) terminarían de instalar a la moneda yanqui como una variable más en el esquema de cálculos de cualquier economía cotidiana.

“Yo me quiero ir todos los años de viaje a Punta del Este” es la frase que retrató las protestas de sectores medios y altos la anteúltima vez que se implementó, en nuestra histórica, una política de control de cambios. Como señala el intelectual marxista Adrián Piva, desde principios de los años 90 –convertibilidad mediante– se desarrolló una “norma de consumo internacionalizada” al interior de los sectores medios: el viaje al exterior, la ropa importada, la computadora y luego el celular, constituyen marcadores de una determinada pertenencia social, o “gustos enclasantes”, al decir del sociólogo francés Pierre Bourdieu.

Excediendo por mucho el carácter de “divisa turística”, el mal llamado “cepo cambiario” implicó un obstáculo objetivo a una serie de consumos que se encuentran arraigados a la identidad sociocultural de la clase media, obstáculo que puede explicar parcialmente el alejamiento de estos sectores medios respecto del gobierno de Cristina Fernández.

A modo de hipótesis, se plantea que –desde el kirchnerismo a esta parte– el “problema del dólar” tiene un capítulo particular en estas “normas de consumo” de sectores medios, arista que quizás no gravite fuertemente en términos macroeconómicos, pero influye sobre el apoyo que una buena parte de la sociedad puede prestar o retirar a un determinado gobierno.

¿Qué hacer entonces con la cuestión del dólar? En principio, se puede caracterizar la situación previa a la pandemia con cierta serenidad: la reinstalación del “cepo” por parte del macrismo le hizo un favor al gobierno del Frente de Todes, ahorrándole un costo político que hubiera resultado difícil de evitar.

Por otra parte, la instalación del Impuesto País (que grava con un 30% la compra de dólares) no generó grandes resistencias, más allá de un cierto rumor en sordina. Qué tan profundas son las razones del incremento actual, si se trata del efecto de una pequeña burbuja especulativa o si es expresión sintomática de una crisis económica de mayores proporciones, es demasiado pronto para saberlo.

Sobre el papel del dólar en el marco de la “norma de consumo” de los sectores medios, es claro que ningún privilegio de este tipo debe imponerse por encima de las necesidades más acuciantes de nuestro pueblo. En un escenario de emergencia sanitaria, en el que se impone la necesidad de capturar recursos de aquellos sectores más concentrados, sería una locura defender cualquier tipo de consumo no esencial.

Atilio Boron señala la necesidad de un largo trabajo pedagógico y político hacia los sectores medios, que tienda a desarmar la lógica meritocrática que gravita fuertemente en la mirada sobre el mundo que estos segmentos construyen. Si bien el problema del dólar excede por mucho a las “normas de consumo” de los sectores medios, este es uno de los puntos sensibles en los que la “lechuga” puede convertirse en un riesgo electoral. Comenzar a resolverlo –diseñado, por ejemplo, instrumentos que permitan proteger de la inflación a los ahorros en pesos– no debería ser, por otra parte, demasiado costoso.

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