Batalla de Ideas

31 mayo, 2020

La historia la escriben los que curan

La erradicación de la viruela en 1980 fue, tal vez, el mayor logro de la humanidad en la historia. Y si alguien bramó en el Obelisco contra esa estrategia sanitaria, ya nadie lo recuerda, como debería suceder siempre en estos casos.

Federico Dalponte

@fdalponte

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Cada tanto la historia desnuda sus días cruciales. Un golpe de Estado, una ley represiva, una matanza, una invasión, una pandemia. Son hechos que habilitan debates y fracturas; hechos que no permiten estar al mismo tiempo a favor y en contra: o te simpatiza el robo de bebés o no te simpatiza; o te parece aceptable una ley de segregación racial o no te parece.

En el plano global, algo parecido. Desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) tomó la decisión en 1959, pasaron más de veinte años hasta que la viruela se declaró formalmente erradicada. Fue el último gran logro de la humanidad, el equivalente hoy a eliminar el HIV o el cáncer de pulmón.

El mundo estuvo veinte años con campañas de vacunación intensiva y obligatoria hasta lograr erradicarla. Se pincharon muchos cuerpos para evitar que otros tantos se enfermaran y murieran. Muchos pinchazos, sutilmente dolorosos, para evitar vómitos, fiebre, llagas, ceguera y la muerte de un cuarto de los infectados.

Carecería de sentido –antes o ahora– una manifestación en el Obelisco en contra de una medida sanitaria de ese tipo, so pretexto de la incomodidad de los pinchazos. O una carta abierta con el pretexto de la libertad de circulación. O un editorial animoso, defendiendo la libertad empresarial.

Imaginar entonces, como ejercicio, un mundo con viruela y sin vacuna, similar al que existía hasta el siglo XIX. Como antes, y como ahora, los antivacunas y los anticuarentena son siempre pro-enfermedad. En ese marco, en su versión callejera o en su versión mediática, la estrategia pre-científica impulsada por un sector del macrismo explícito no amenaza la estrategia sanitaria del Ejecutivo, pero sí amenaza con fracturar el consenso social detrás de esa estrategia. Y eso es lo grave.

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La historia, con trampa, se cuenta siempre en perspectiva. Y lo obvio: cuando uno se mira el ombligo con demasiada atención pierde la noción de la historia. Si uno cree, como el radical Gerardo Morales, que la estatización del sistema de AFJP era una conspiración del kirchnerismo para quedarse con la plata de los jubilados, puede terminar votando en contra de la ley y arrepintiéndose una década más tarde.

Y cuando es tarde, no hay apelación. Al radical Morales le hubiese gustado inscribirse en esa historia, en esa recuperación estatal de las jubilaciones. Pero no. Prefirió, en cambio, mirarse el ombligo y quedar, en definitiva, del otro lado, en el lastre de la historia.

Hoy, sin ir más lejos, la postura individual ante la cuarentena colectiva es uno de esos casos típicos: los que militan a favor del coronavirus pasarán vergüenza mañana al explicar su obstinación. O casi. Tendrán, al menos, mayores dificultades que cualquier otro para explicar por qué promovieron la dispersión de un virus que mató a millones en el mundo.

Son, en definitiva, la expresión de un genio dañino, uno que imposibilita la mirada de la política con perspectiva histórica. Un carácter que sucumbe ante la fascinación por la cosa diaria, por la pequeña batalla doméstica. Por caso, crear una tendencia en las redes sociales, instalar debates efímeros, gritar por televisión, ofertar cacerolazos contra el comunismo.

Esas luchas insulsas son, si se quiere, la marginalidad de la marginalidad. No constituyen historia y, para peor, aportan nada para entenderla.

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Alberto Fernández tiene una imagen positiva superior a los 70 puntos y muy poca culpa. No inventó una receta mágica, no hizo un milagro en este entuerto. El reconocimiento en forma de encuestas le llegó por actuar como decía la OMS, y nada más. Esos 70 puntos no equivalen a la suma de los votantes oficialistas, sino más bien a sectores que se identifican con el accionar presidencial frente a la crisis, con independencia de su voto.

Pero, en ese marco, un sector opositor con nombres propios –Patricia Bullrich, Mario Negri, Alfredo Cornejo– creyó, y sigue creyendo, que eso es un problema. Sueñan con ver tropezar al presidente, con un brote de contagios y muertes, con un estallido social. Algo que esmerile su imagen. Algo que le dé de comer a ese electorado opositor.

Aunque, con todo, es improbable que suceda. O dicho de otra forma: todo puede suceder, pero la historia de un país acorralado por una tragedia natural es la historia de su pueblo, de sus instituciones, de sus gobernantes; nunca es la historia de los opositores. Nadie se pregunta qué hizo la oposición indonesia durante el tsunami de 2004, ni el rol de la oposición haitiana durante el terremoto de 2010. Si Juntos por el Cambio pretende llamar la atención en este contexto con premisas extravagantes, seguramente sólo pierda tiempo –e incluso votantes–.

Alberto Fernández pasará a la historia, como cualquier presidente, por algunas pocas cosas. Difícil que se lo recuerde por una supuesta “infectadura” o cosa por el estilo. Será, eventualmente, el gobierno que despenalizó el aborto, que renegoció la deuda externa y, con suerte, que sacó al país de la recesión. Y ya. Serán las historias dentro de la historia.

Nadie dirá que estos fueron años en que la democracia estuvo en peligro, “posiblemente como no lo estuvo desde 1983”, tal lo que sostienen Santiago Kovadloff, Luis Brandoni y Sandra Pitta. Nadie dirá que se suprimieron arbitrariamente las libertades individuales, ni que el autoritarismo tal cosa, ni que la represión estatal tal otra.

La historia será necesariamente diferente. Se contarán angustias, hambrunas, resistencias, resiliencias, pero sobre todo se contará la épica de la especie humana contra un virus. Como se cuentan aún los horrores de la peste negra en Europa o la tragedia de la fiebre amarilla en el Río de la Plata.

En ese cuadro, sobre los márgenes, entre esos bordes que juntan polvo, estarán quienes hayan vitoreado en favor de la enfermedad. Los hubo siempre y seguirán estando. El desafío, en tal caso, es asegurarse de que la marginalidad lo siga siendo y no se convierta nunca, por errores propios, en una tendencia mayoritaria.

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