Cultura

2 junio, 2020

#NiUnaMenos: ¿Por qué grita esa mujer? (II), las resistencias

La literatura argentina está construida sobre cuerpos feminizados y violentados. Este 3 de junio celebramos nuevas genealogías literarias nacionales desde textuales contemporáneas, emergentes desde las resistencias acalladas.

Ilustración: Lola González

Juana Ramella y Victoria Bortnik

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El 3 de junio de 2015 dijimos basta y decidimos unirnos en ese grito. Irrumpiendo en las calles, las mujeres, lesbianas, travestis y trans nos encontramos y nos mostramos como sujeto político. En un contexto de gran efervescencia social, vemos cómo se celebra en las marchas el paso del duelo a la organización.

En la literatura argentina, edificada sobre un cementerio de mujeres y disidencias, se abren paso hoy nuevos modos de resistencia. Nos apropiamos, en el espacio textual, de un territorio para las palabras de una resistencia acallada

Ahora que estamos juntas

Al calabozo no volvemos nunca más. Algunes autores se han dedicado a la revisión y reformulación de los tópicos tradicionales de nuestra literatura nacional para actualizarlos y ponerlos en diálogo con la coyuntura política y social. Gabriela Cabezón Cámara reescribe nuestro poema fundacional “El gaucho Martín Fierro” en Las aventuras de la China Iron.

Esta novela es la narración de la acallada china que figura última entre la pertenencias del gaucho en el poema de Hernández y que, cuando lo mandan a la frontera, desaparece. Fierro intuye: “¡Dios sabe cuánto sufrió!/ me dicen que se voló/ con no sé qué gavilán/”. Ahora, la China toma la palabra y dice “yo” para relatarnos su historia: no se había ido con ningún gavilán, sino con una gavilana, Liz. Juntas emprenden un viaje en carreta por el desierto que, tras algunas peripecias, les permite llegar a un espacio utópico al que no alcanzan el patriarcado ni el colonialismo. (Re)fundan una (nueva)patria.

Furia travesti. “Si alguien quisiera hacer una lectura de nuestra patria (…) esta patria que se ha llevado vidas de jóvenes en sus guerras, esta patria que ha enterrado gente en campos de concentración, si alguien quisiera hacer un registro exacto de esa mierda, entonces debería ver el cuerpo de La Tía Encarna” escribe Camila Sosa Villada en Las malas.

La autora muestra las imágenes de la violencia, del horror y del odio sobre los cuerpos travestis, pero Las malas es indudablemente una novela sobre el amor y la resistencia. Presenta a un grupo de travestis que “parecen parte de un mismo organismo, células de un mismo animal”. La casona rosa, “del rosa más travesti del mundo” es la trinchera desde la cual la manada funda una forma-otra de familia, un clan de flores heterogéneas que teje vínculos de cuidado bajo la protección de la traviarca, la Tía Encarna.

Somos la muerte de la moral, somos guerrilla de la subversión sexual. En el poema “Hojarascas”, Susy Shock encarna la voz de esta manada y se enuncia desde un “nosotras” para manifestarse contra la cultura heterocispatriarcal y decir que “no queremos ser más esta humanidad”. Retoma las palabras de Marlene Wayar para gritar: “¡Tenemos un cementerio entero en la cabeza!”. Acusa, desde el plural, que para esta humanidad binaria, el deseo es un planeta lejano que apenas resplandece. La poeta trans-sudaca renuncia y busca romper con “la Santa Pertenencia” para acechar y destruir la cisheteronorma desde lo colectivo, transformándose en “las lobas solas de todas sus siestas, hasta en sus más roñosas pesadillas”.

Ni una menos nos puede faltar, porque vivas nos queremos. A esta genealogía de las resistencias se suma Cometierra de Dolores Reyes, novela breve en la que la protagonista desarrolla su clarividencia luego de que el padre asesine a su madre al frente suyo. La falla sistemática de la policía en la búsqueda de mujeres y niñes, hace que los poderes de Cometierra se vuelvan conocidos en el pueblo: se acumulan los frascos y botellitas con la tierra de les que faltan en su jardín. Ella ingiere la tierra de les desaparecides, el veneno necesario para ver. Se traga. El dolor de las visiones impacta en el cuerpo, es visceral. Esta bruja no está sola. Las Mae la reciben al aquelarre y la reconocen como una par.

Ahora que si nos ven

Somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar. “Las cosas que perdimos en el fuego”, de Mariana Enríquez, juega con los límites de la realidad para narrar una violencia que agota las posibilidades de lo narrable. El relato expone, en toda su crudeza, una serie de cuerpos femeninos quemados.

Estas mujeres cuentan sus historias pero no son escuchadas. La sociedad descree de estos cuerpos desfigurados por el fuego y el ácido y elige, en cambio, creer el relato de los hombres “fue un accidente”, “se quemó sola”. Sus cuerpos se inscriben en una genealogía: “Siempre nos quemaron”. El relato recupera la historia de las mujeres cazadas por la iglesia y quemadas por brujas en la Edad Media. Pero en el cuento de Mariana Enríquez se invierten los roles, ellas toman el control de su propio destino: “Ahora nos quemamos nosotras”.

Ante tanta injusticia, dolor e incredulidad las “mujeres ardientes” se organizan en la clandestinidad. Crean hogueras en las que se queman como ritual de iniciación, se queman “por contagio”. Las cicatrices sobre sus cuerpos, que antes eran huellas en la superficie que permitían reponer la violencia sufrida, se transforman en símbolo de resistencia, la inscripción en la piel de un grito de “Basta” que quieren cargar en el espacio de lo público. Se hacen carne del padecimiento de las otras y sus cuerpos configuran “una belleza nueva”, son “monstruas”, “una verdadera flor de fuego”.

Lucha y organización

En este recorrido fragmentario presentamos obras contemporáneas que se inscriben en una nueva genealogía literaria nacional que está trazando diversos caminos de deconstrucción y resistencias al patriarcado en diálogo irreverente con la tradición.

El poema de Thénon que da título a esta nota ha sido reformulado incansablemente en los últimos años. Ante la pregunta “¿Por qué grita esa mujer?”, hoy miles de voces responden nombrando las violencias en un acto de visibilización de las opresiones y de reafirmación de una escucha atenta. Ya no estamos soles, estamos juntes y no nos callamos más. Esa mujer y las feministas gritamos, al unísono: basta.

Así, nos apropiamos de esta trama cultural y hallamos –también creamos–, con nuestra lectura desviada, los nudos de resistencia. También transformamos en las calles aquel inmortal poema de Almafuerte para que nombre nuestro dolor y se vuelva un conjuro de nuestra lucha trémula de pavor, piénsate brava y arremete feroz. Ya malherida ¡lucha, lucha!

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