Géneros

3 junio, 2020

#NiUnaMenos: mercados o cuidados

5 años de lucha, construcciones y conquistas desde el primer Ni Una Menos. El movimiento que ganó la calle y que con organización extendió como pólvora al feminismo a todos los rincones de nuestra vida, incluso el Estado y que hoy es clave para leer la actual crisis de reproducción y producción, donde más que nunca se despliega en todas sus contradicciones el conflicto capital-vida.

Sol V. Gui

@Solve_Gui

COMPARTIR AHORA

Partimos de una premisa: la crisis sin precedentes que atraviesa la humanidad es expresión cruda del conflicto capital-vida. Un conflicto que los feminismos plantean como clave para leer nuestro presente, para pensar el despliegue y articulación de las luchas sociales en el mundo neoliberal.

En el debate público resuena un conflicto mercado-Estado. Un mercado que avanza sobre nuestros territorios con su dominación colonial, extractivista y expoliativa, promoviendo la competencia y la acumulación a costa de la vida y que se ha mostrado incompetente para garantizar las condiciones mínimas de existencia. Y un Estado (míticamente masculino) que aparece como garante de los cuidados comunes y la soberanía de la población (femenina y desprotegida) frente a los intereses del capital. Ambos elementos se estarían enfrentando en una suerte de combate terminal.

Habiendo desenmascarado la pandemia el carácter asesino del mercado, la defensa del Estado se presentaría como única vía de salvataje de los intereses populares. La estructura estatal ha llegado a ser leída como dispositivo materno (ordenado a partir de los cuidados y no de la producción). Mientras más amplia sea la injerencia del Estado y su capacidad de dar respuesta a las demandas, más retrocederían los intereses mercantiles. Y viceversa.

Las respuestas que los Estados vienen ensayando están condicionadas por las consecuencias de la avanzada del capital. El campo popular latinoamericano padece, tras cuatro décadas de neoliberalismo, el peso del ordenamiento de las estructuras estatales en función de las necesidades del capital, como planteó Álvara García Linera en su última conferencia en la Universidad de Buenos Aires (UBA). En esas condiciones construimos resistencia: apenas el año pasado asistíamos a una oleada de movilizaciones en todo el continente. La pelea por la supervivencia de proyectos atentos a las necesidades populares no puede darse en otro terreno que el del conflicto social, o más bien la lucha de clases.

La reacción patriarcal

La pandemia recrudece las contradicciones del capitalismo: visibiliza deficiencias del despliegue estatal, asfixia la economía de millones, pone en tensión a los gobiernos que administran los Estados en la disputa por quiénes pagarán el caos. Nuestras existencias se precarizan día a día y el espacio del trabajo se disuelve en lo doméstico; en nuestros hogares golpea la economía financiarizada con las deudas particulares; y así. En el medio, son las tareas de cuidado, el espacio del hogar, los servicios esenciales y la organización comunitaria los elementos que no han podido ser detenidos en un mundo donde hasta el tiempo parecería haberlo hecho. Ahí las compañeras chilenas traen una gran verdad: no todo se ha detenido, esto no es un paréntesis sino parte de lo que sigue. La lucha política no se detuvo, al contrario. Todo parecería haberse acelerado.

Para Argentina, en eso entra la radicalización de la cúpula empresaria que organiza cacerolazos y reclama protección estatal, pero también los elementos de derecha extrema, la reacción filonazi, autoritaria y pro mercantilización a la que estamos asistiendo. No lo resaltamos porque sorprenda su filtración en nuestros círculos de las redes sociales, sino porque el liberalismo tiende puentes con expresiones de los autoritarismos y conservadurismos autóctonos que ahora salen a la calle y construyen materialidad en agentes de carne y hueso minoritarios, pero de alto impacto.

Ese salto a la acción de la derecha no es más que otro paso de la reacción, habilitado en parte por nuestra reclusión no sólo a la casa sino también a la pantalla. El consenso inicial está roto. Más allá de la pandemia, no es un dato nuevo que la escalada internacional que conquistaron nuestros feminismos tienen como contraparte un emerger de los elementos más retardatarios de nuestra sociedad, empezando por el antiabortismo. Hay que leer esta reacción como confirmación del anclaje material de nuestras disputas, pero también despegarnos de cualquier intento de subestimarla. Es una enseñanza que llega de países vecinos como Brasil, subyugado por un gobierno filonazi y evangélico, y de los EE.UU. de Trump, donde la opresión racista escaló hasta que el país estalló por la furia popular que despertó el asesinato de George Floyd.

Barajar y dar de nuevo con la interseccionalidad

En este marco, plantear que la única alternativa al yugo del mercado es una mayor injerencia estatal, si bien coherente en la actual etapa, reduce las salidas a procesos metabólicos del sistema capitalista y patriarcal, obviando lo imperioso de una transformación radical. Un presente inédito nos demanda valorizar nuestras prácticas cotidianas, ver en la confluencia de múltiples luchas y experiencias con nuestros feminismos la incubación de una potencia contrahegemónica planetaria. La cuarentena, como huelga general por la vida, plantea la necesidad de barajar y dar de nuevo con el mazo que venimos construyendo hace décadas, y sobre todo desde que pateamos la puerta de lo público para decir que no queremos ni una vida menos, ni una muerta más, que lo personal es político.

El consumo desenfrenado, la producción mercantil y otros tantos momentos que antes nos parecían cotidianos se han vuelto prescindibles. Las tareas históricamente asignadas al ámbito de lo privado y “degradadas” a un status femenino no pudieron entrar en cuarentena y han cobrado visibilidad como sostén real de la reproducción de la vida, se lo reconozca o no. ¿No son entonces los ámbitos de organización que de esas tareas se derivan los que incuban esa potencia radicalizadora que tanto añoramos, una que ponga realmente contra las cuerdas al proyecto patriarcal del capital, la gobernabilidad que ejerce sobre nuestros cuerpos?

Fue y está siendo la organización popular la que defiende la vida contra las crisis capitalistas, con o sin pandemia, en las villas y asentamientos del país. Las compañeras paran la olla y se organizan para prevenir los efectos de enfermedades desgarradoras en la desidia. Los movimientos ambientalistas luchan contra la depredación extractivista de nuestras tierras. Los feminismos logramos irrumpir en el Estado tras un lustro de movilizaciones, interviniendo la agenda política (no sólo por nuestras voluntades sino por decenas de espacios construidos a nivel federal) por una perspectiva de género de cara a la emergencia, visibilizando que no todas las cuarentenas son iguales y que la necesidad de operar contra la violencia se acrecienta día a día. Y así podemos seguir. Los feminismos, junto a la economía popular y la clase obrera organizada de forma democrática; junto a los movimientos antiextractivistas, indígenas, campesinos, racializados, venimos planteando una alternativa a este sistema de miseria y asco en nuestro encuentro interseccional.

Mercados o cuidados

Partiendo desde abajo, nos planteamos la pregunta de si es sólo desde ese Estado, el que hoy nos proponen como salvaguarda de nuestros intereses, que efectivamente se puede ejecutar la construcción de una vida digna, con techo, tierra y trabajo para todes, preservando nuestra soberanía sobre nuestros cuerpos y territorios. El momento represivo del aparato estatal es ineludible. ¿No fueron militarizados nuestros barrios, no se dejó pasar el asesinato de Luis Espinoza, los ataques las familias QOM en Chaco, la crisis de las cárceles del país? ¿No entra la muerte y la enfermedad a los cuerpos de les trabajadorxs precarizades? Desde ese Estado se atisbó a plantear un impuesto a la riqueza y ya van dos meses y ese impuesto no se concreta. Una Emergencia Nacional contra las Violencias, una Renta Básica Universal, un Plan Nacional de Urbanización, una Empresa Pública de Alimentos, una reforma agraria, entre muchas otras necesarias, son medidas ancladas en una ética del cuidado. ¿Podemos esperar desde el Estado un desarrollo a fondo de las mismas?

Creemos que la disputa es entre un Estado ordenado por los intereses del Mercado o un sistema construido colectivamente a partir de los cuidados. Nada bueno puede salir de las disputas que se desarrollan en el mundo sin nosotres. La última movilización masiva antes del decreto de cuarentena ocupamos la Plaza del Congreso y aledaños, con la resistencia popular construida durante el macrismo. Ahí gritamos que “la deuda es con nosotres: vivas, libres y desendeudades nos queremos”.

Un balance a 5 años del primer Ni Una Menos se da pocos meses después del 5to Paro Feminista Internacional. La agenda que nos planteamos no demanda condiciones mínimas, sino transformaciones estructurales, que arranquen las opresiones y la explotación de raíz, para construir algo nuevo. Nosotres movemos el mundo y hoy, cuando la reacción se radicaliza, es necesario también radicalizar las demandas construidas a partir de nuestras necesidades, sueños y encuentros por abajo. En un mundo convulsionado por la crisis, pero también por la lucha y la disputa popular, no se trata ya de sobrellevar la pandemia, sino de pensar qué hacer para que no seamos nosotres quienes paguen la crisis económica, social y política que se está incubando.

Si llegaste hasta acá es porque te interesa la información rigurosa, porque valorás tener otra mirada más allá del bombardeo cotidiano de la gran mayoría de los medios. NOTAS Periodismo Popular cuenta con vos para renovarlo cada día. Defendé la otra mirada.

Aportá a Notas

¿Querés uno de nuestros libros?

Podés conseguirlo a precio promocional haciendo click en la imagen. ¡Escribinos y te contactamos para hacértelo llegar!

Conseguilos