Derechos Humanos

3 junio, 2020

#NiUnaMenos: resistencias feministas, tejiendo redes desde el encierro

A cinco años del primer Ni Una Menos, seguimos gritando: “No estamos todas, faltan las presas”.

Florencia Alarcón y Belén Riccillo*

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24 de abril de 2020. Los medios transmiten las protestas en el penal de Devoto. “Los presos quieren salir”, “suelta masiva de violadores y asesinos”, “hombres violentos en el techo”. Todo eso escuchamos una y otra vez en un desborde de punitivismo social-mediático y fake news. Mientras tanto, en los penales de mujeres, las cámaras y micrófonos brillaban por su ausencia. ¿Por qué? La respuesta puede ser que no se subieron al techo de una cárcel en el medio de la ciudad en un intento desesperado por ser escuchadas. Es real. Pero también hay otra más real aún: de nosotras no se habla, mucho menos de quienes están privadas de su libertad muchas veces con sus niñes. 

Y no es que no hayan reclamado medidas para evitar el ingreso del Covid-19. Lo hicieron: lo hicieron con ruidazos, huelgas de hambre, videos. Pidieron alimentos, elementos de higiene, condiciones sanitarias aptas para ellas y sus hijes. También fueron las primeras en suspender las visitas, como fue el caso de las mujeres alojadas en la Unidad N°50 de Batán. Las mujeres en la cárcel se organizan, reclaman, accionan. 

Arresto domiciliario: lo único irreal sigue siendo la reja 

Allí donde las cámaras tampoco llegan, solo llega el abandono. La Ley 24.660 de Ejecución de la Pena Privativa de la Libertad establece que las mujeres con hijes menores de cinco años a su cargo tienen derecho a cumplir la pena bajo el régimen de arresto domiciliario. Mucho se habló de la prisión domiciliaria en estos meses, poco se habló de aquellas mujeres que, una vez fuera de la cárcel, son abandonadas en sus casas a su suerte, o a la suerte de una tobillera. 

Tal es la invisibilidad que ni siquiera es fácil acceder a datos exactos sobre la cantidad de mujeres que hoy están bajo arresto domiciliario ni sobre su ubicación o condiciones en las que se encuentran. Es a través de las organizaciones populares que se puede conocer sobre su realidad y, es a través de estas mismas organizaciones que las mujeres pueden acceder a redes de ayuda y contención.

La mayoría de las mujeres que cumplen la pena en sus domicilios, viven con más de un hije menor de 18 años y con la necesidad de alimentarles, vestirles, llevarles al colegio. Las familias monomaternales son las más comunes, y entonces quien no puede salir a la calle a trabajar o a hacer una compra, paradójicamente debe hacerse cargo económicamente del hogar. Quienes viven en CABA, se encuentran ubicadas mayormente en las villas del sur de la Ciudad, donde a los problemas estructurales producto del abandono del Gobierno, se suman los propios del encierro. 

Laura tiene seis hijes de entre dos y veinte años. Hace tres años que se encuentra con arresto domiciliario y espera su juicio en diciembre. Duerme en un colchón en el piso de su living al que le falta un vidrio. Sus necesidades, como expresa ella, son también las necesidades de muchas más mujeres que están en su situación: alimento, ropa para sus hijes, y hasta una cama. 

“Cuesta bastante, a veces se complica la necesidad, tus hijos quieren pan y tenés que decir que no tenés plata para comprar. Hay que llevarla, y sé que en mi condición hay un montón de madres, embarazadas. Hay que seguir adelante”. Hay que seguir adelante es la frase que repite una y otra vez. Sigue adelante porque sus vecines la ayudan a hacer las compras, porque las organizaciones sociales, como el MTE a través de la Rama de Liberadxs, la ayuda con ropa y alimentos para sus hijes. Porque recibe contención de Beti, su responsable del Patronato de Liberados. ¿Del Estado? Casi ni noticia, hace poco logró empezar a recibir la AUH que no alcanza para mucho. “Se subsiste”.

Laura no es la excepción, sino la regla. Entre agosto y noviembre del año pasado, organizaciones involucradas en la temática realizaron una serie de encuestas a mujeres con prisión domiciliaria, principalmente de CABA y la Provincia de Buenos Aires. La mayoría coincidió en necesidades urgentes: imposibilidad de acceso a un trabajo, dificultad para conseguir permisos para salir por cuestiones médicas o para llevar a sus hijes al colegio, falta de alimentos, hacinamiento y eso de los que en estos días tanto se habla, las tareas de cuidado. 

Las eternas postergadas 

En estos meses en los que quedó demostrado que sin nosotras, sin las enormes tareas de cuidado que las mujeres llevamos adelante todos los días en medio de una pandemia que golpea fuertemente a las barriadas y pone sobre la mesa la gran desigualdad que existe en la ciudad más rica del país, donde los movimientos populares exigimos no solo un agradecimiento sino un reconocimiento a esas tareas, nos preguntamos: ¿Qué pasa con las mujeres detenidas?, ¿por qué de eso no se habla?, ¿cuánto falta para que sus reclamos sean parte de nuestras agendas? Si el patriarcado nos oprime a todes, ¿cuánto más a quiénes pagan los platos rotos, muchas veces, de padres ausentes y maridos violentos?

Las mujeres privadas de su libertad cargan muchas veces con el estigma de “malas madres”, por un supuesto incumplimiento del deber, por parir encarceladas, por muchas veces volver a delinquir para poder tener un sueldo y así seguir manteniendo a sus familias. Sabemos que son las compañeras las que aun desde el encierro se ocupan de cuidar y acompañar a sus familias. Siguen siendo ellas las que cargan con las tareas y responsabilidades de cuidado sobre sus hijes. 

Hoy muchas compañeras que transitaron el encierro se organizan para tejer redes y aunque encerradas vuelven cierta la frase “no estamos solas, estamos juntas y acompañadas”, construyendo feminismos que nos contengan, nos abracen y griten con lucha y organización: “Ni muertas ni presas. Ni una menos en las cárceles también”.

*Integrantes de Atrapamuros – organización en cárceles.

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