Batalla de Ideas

28 junio, 2020

Binner, Vicentín y la falta de votos en Diputados

Desde 2003, los diputados y diputadas del Partido Socialista apoyaron la sanción de leyes clave del kirchnerismo, ganándose la crítica de la oposición más dura. Dos décadas más tarde, esa centroizquierda casi no existe y eso se nota en el Congreso.

Federico Dalponte

@fdalponte

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Algunos tiempos son decisivos en la política argentina. Definen futuros y arruinan tendencias. Entre tantos, un buen ejemplo es 2007: en junio de aquel año Mauricio Macri fue electo jefe de gobierno porteño, y poco después, en septiembre, Hermes Binner se consagró gobernador de Santa Fe.

El Partido Socialista (PS) cumplió el último domingo 124 años, aunque todo le costó bastante más que al PRO, que es apenas quinceañero. El partido de Mauricio Macri nació, con otro nombre, en 2005 y tardó apenas un par de inviernos en llegar a un gobierno distrital. Los socialistas, en cambio, tardaron 111.

Se dirá, con razón, que el Partido Socialista tuvo en nuestro país el privilegio de hacer historia. Fue en 1904, cuando Alfredo Palacios resultó electo diputado, el primero proveniente de una formación socialista en toda América. Lo cual no es poco. Aunque es nada en comparación con el crecimiento de sus pares.

Con apenas cinco años más de edad, otro partido político del siglo XIX, la Unión Cívica Radical, tardó apenas un mes en ganar una gobernación tras la sanción de la Ley Sáenz Peña. Similar a la suerte del Partido Justicialista.

En esa historia, el bipartidismo fue la regla en Argentina durante buena parte del siglo XX. Peronistas y radicales se dividieron afiliados, identidades y gobiernos. Hasta el año 2007, cuando por izquierda y por derecha se alzaron divergencias.

Hace 9 años

El PRO y el PS gestionaron sus distritos y alcanzaron, cuatro años más tarde, su reelección. Los socialistas le ganaron al PRO santafesino por menos de 4 puntos de diferencia; en ciudad de Buenos Aires, en cambio, el macrismo le sacó 20 puntos de ventaja al peronismo en la primera vuelta.

La diferencia era evidente: mientras que el partido de Mauricio Macri monopolizaba el discurso tradicional de la derecha antiperonista, los socialistas se disputaban electores con peronistas y radicales por igual. Algo que no cambiaría en la disputa nacional.

Aquel año, el peronismo, dentro del Frente para la Victoria, impulsaba la reelección presidencial de Cristina Kirchner, y el radicalismo, por su parte, ofrecía la postulación de Ricardo Alfonsín, un moderado en comparación con Ernesto Sanz o Mario Negri.

En ese contexto, Binner multiplicaba la oferta para un mismo electorado. Los intentos de compartir fórmula con Alfonsín habían naufragado luego de la decisión radical de llevar a Francisco de Narváez como candidato a gobernador bonaerense. Y desde entonces, socialistas y radicales compitieron entre sí.

Gerardo Morales, en aquel entonces, llegó a acusar al santafesino de ser “funcional” a la candidatura de Cristina Kirchner, pues dividía a la oposición “conformando un frente testimonial”. Lo testimonial, sin embargo, terminó siendo la candidatura de Alfonsín, tercero en el resultado final y más de 5 puntos por debajo de Hermes Binner.

En cualquier caso, las críticas al PS no eran nuevas, acusado de ser funcional al kirchnerismo desde su inicio. En 2003 los legisladores socialistas apoyaron la nulidad de las leyes de obediencia debida y punto final; en 2005, facilitaron la aprobación de la ley de financiamiento educativo; en 2006, la de educación sexual integral; en 2008, el fin de las AFJP; en 2009, la ley de servicios de comunicación audiovisual; en 2011, la ley de tierras; en 2012, la estatización de YPF. Por no mencionar leyes como la de identidad de género o matrimonio igualitario, apoyadas en pleno por el bloque socialista.

Hace 5 años

El PS perdió injerencia en el Congreso a partir de 2015. Fue el año en que se quebró una estrategia electoral que, con serpenteos, había mantenido desde antaño. En 2005, desde Sante Fe, la alianza con los radicales se llamó Frente Progresista y le valió a los socialistas la obtención de tres diputados nacionales. En 2007, ese acuerdismo se llamó Coalición Cívica. En 2009, Acuerdo Cívico y Social. En 2011, Frente Amplio Progresista. En 2013, Frente Progresista Cívico y Social.

En junio de aquel año se fundó además el Frente Amplio UNEN, último intento serio por superar al peronismo desde una opción de –llamémosle– centroizquierda y con deliberada exclusión del PRO. Allí había dirigentes como Pino Solanas, Victoria Donda, Hermes Binner, Ricardo Alfonsín y Margarita Stolbizer. Pero también con personajes como Alfonso Prat-Gay y Elisa Carrió.

A mediados de 2014, a poco más de un año de su fundación, Carrió ya pedía a gritos tender puentes con el PRO. Y a principios de 2015, ya los había tendido por su cuenta. Dos meses más tarde, para zanjar el debate, los radicales también se sumaban a esa opción y dinamitaban toda esperanza centroizquierdista.

Aquel año, en octubre, la candidata a presidenta Margarita Stolbizer -impulsada por el GEN, el Partido Socialista y Libres del Sur bajo el sello “Progresistas”– obtenía el 2,5% de los votos, unos 14 puntos menos que lo cosechado por el Frente Amplio Progresista en 2011. El escenario ya había cambiado, y la alternativa más competitiva emergía por derecha.

Hace unos días

La disputa por el caso Vicentín llevó a muchos a contar los votos uno por uno en la Cámara de Diputados. Y lo cierto es que no cierran. Los afirmativos no llegan al quórum y los negativos son algunos menos. Pero los que dirimen la contienda son impredecibles: los cuatro diputados de Juan Schiaretti, el monobloque del Movimiento Popular Neuquino, el librepensador Luis Contigiani.

Tal vez, claro, sería todo más fácil con la heterogeneidad parlamentaria que existía hasta 2015. La decena de socialistas fue fagocita por la polarización y perdió espacio, expresiones alternativas como Victoria Donda o Claudio Lozano se integraron al Frente de Todos y lo mismo sucedió por ejemplo con Luis Juez y su enrolamiento en Juntos por el Cambio.

El nuevo escenario deja entonces poco espacio para terceras vías. La oposición macrista no ofrece canales de negociación y los dialoguistas escasean. El contexto es poco apto para expropiaciones sencillamente porque faltan votos.

El PS, mientras tanto, se definió a favor de la intervención y expropiación de Vicentín “para preservar las fuentes de trabajo, así como evitar la extranjerización”. Pero su peso en el Congreso se limita a un solo diputado, el santafesino Enrique Estévez. El resto, si se quiere, son apenas proclamas. Los que se horrorizan con la nacionalización de la empresa, declaró el titular del partido, Antonio Bonfatti, “son los mismos que no se horrorizaron en el año ’82 cuando se estatizó la deuda privada”.

Y es cierto. Y es claro. Pero ya no estamos en 2007. Y con todo el arco político corrido varios metros hacia la derecha, las chances del oficialismo de avanzar en reformas estructurales quedarán supeditadas, seguramente, a la conformación del Congreso post-2021.

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