Géneros

29 junio, 2020

Stonewall: ¿y en Argentina, qué? (I)

A 51 años de Stonewall, se festeja otro Día del Orgullo LGBTINB+ mundialmente. Pero la represión policial y la lucha social no sucedían sólo en Estados Unidos: en Argentina se vivían años muy duros y la resistencia se volvió urgente. En esta primera edición, hacemos un recorrido del movimiento de los 70’ hasta la vuelta a la democracia.

El último domingo se cumplieron 51 años de las revueltas de Stonewall. Desde aquel día se conmemora el Día Mundial del Orgullo. En ese marco, la necesidad de transmitir las memorias de cada país en particular es fundamental. En la Argentina de esos años, la comunidad LGBTINB+ se organizaba poco a poco, pero la dictadura puso fin a todo proceso colectivo. Con la democracia, la esperanza de un mundo mejor contrastó con la persecución que todavía se perpetuaba a diario.

1976: régimen de persecución nacional

Durante la última dictadura cívico-eclesiástica-militar persiguieron, secuestraron, detuvieron, torturaron y desaparecieron a quienes tenían un posicionamiento político-ideológico opuesto a la misma. Entre elles, sindicalistas, estudiantes y militantes políticos. Los rotulaban en sus registros bajo el nombre de “subversivos”, pero también se dejaba registro de la orientación sexual con descripciones del tipo “invertido”.

Después de varias investigaciones, consecuencia de luchas históricas y gracias a referentes como Carlos Jáuregui, se expuso que en los registros de la CONADEP no mencionan que 400 compañeres detenides-desaparecides eran homosexuales. En ese momento el denominador “homosexual” aplicaba para cualquier persona que se saliera del régimen heteronormativo y cis, pero en realidad se trató de marikas, lesbianas, trans, travestis, bisexuales y más.

Aunque la homosexualidad no era el motivo de la desaparición forzada “característica” de la dictadura, existe el derecho de recordarles y devolverle la memoria a todes les compañeres de la comunidad. Porque, a su vez, aquel sí fue motivo de las detenciones, golpizas y violaciones correctivas de épocas anteriores y posteriores a la dictadura. Porque no es noticia, ni sorpresa, la persecución a las disidencias sexo-genéricas.

Así como la persecución no era noticia, la resistencia y organización tampoco. Durante la dictadura de Onganía, en el año 1967, se formó clandestinamente el grupo “Nuevo Mundo”, que respaldaba los derechos de los homosexuales y, a su par, otros de resistencia lesbiana, anarquista, sindical y gay-cristiana. Una organización con ideales antipatriarcales, anticapitalistas y antiimperialistas. Para 1971, integrantes de Nuevo Mundo crearon el Frente de Liberación Homosexual (FLH), movimiento donde la libertad sexual era la bandera para confrontar la persecución y la opresión sistemática que, años después, terminó de establecerse en la sociedad.

El FLH luchaba contra las leyes, códigos contravencionales, decretos y otro tipo de edictos que existieron desde la década del 50’. Así criminalizaban la homosexualidad, considerada como tal a todo acto disidente de la heteronorma y la moral cristiana. La persecución contra la libertad de ser y existir no era únicamente un ataque estatal: la discriminación y el consecuente apoyo a estas terribles medidas era sostenido por gran parte de la población argentina.

Tanto es así que los espacios político-partidarios de ese momento excluían a los homosexuales, lesbianas, trans-travestis que querían luchar contra todas las opresiones que percibían injustas. Y en este punto, ningún espectro político se quedó fuera: tanto espacios de derecha como de izquierda expulsaron y discriminaron a sus compañeres por su forma de vivir y su sexualidad. Incluso uno de los fundadores de Nuestro Mundo fue expulsado de un partido comunista por ser homosexual.

Es por esta falta de lugares de representación, y la ausencia de espacios donde existir libremente, que se crearon las organizaciones como Nuestro Mundo, o Eros (que luego confluyen en el FLH). Allí comenzó la lucha organizada para combatir la opresión sistemática.

En 1975, durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón, el ministro de Bienestar social, José López Rega, incitó en El Caudillo, un medio de difusión comandado por la Triple A, a aniquilar homosexuales y lesbianas. Este brazo armado paramilitar fue uno de los tantos responsables de detener ilegalmente a les disidentes. Un año después comenzó la última dictadura cívico-militar, y el FLH fue disuelto pocos meses después.

1983: “Con la democracia se come, se cura y se educa”

En 1983, junto al gobierno de Raúl Alfonsín, volvió la democracia. Empezó una nueva época llena de cambios sociales y, sobre todo, para la comunidad LGBTINB+. Se abrió una puerta para recuperar los derechos que la dictadura le había quitado al colectivo, y exigir otros que antes no se tenían. En aquel momento se comenzaron a considerar como derechos cuestiones que estaban referidas al ámbito privado o personal, ahora expresadas en el ámbito público.

En una entrevista al medio uruguayo La Diaria, la escritora María Moreno narró: “El poema (“Cadáveres”, de Néstor Perlongher) hacía explícito lo que había pasado y era una especie de réquiem, de cierre de todo eso. Para algunos el fin de la dictadura fue cuando se llamó a elecciones democráticas, para otros cuando Alfonsín recibió la banda presidencial. Pero para nosotros fue cuando Néstor Perlongher leyó en el hall del teatro General San Martín su poema ‘Cadáveres’. Ahí sentimos que había caído la censura”.

Sin embargo, a pesar de la vuelta de la democracia, la situación de persecución en la que se encontraba el colectivo LGBTINB+ para el año 1984 no encontraría diferencias con el período dictatorial.

César Cigliutti (actual presidente de la Comunidad Homosexual Argentina) comentó en el documental El puto inolvidable: “Se creía que la democracia de por sí iba a garantizar los derechos. No fue así. Los pocos boliches que intentaban abrir tenían una vida muy corta, eran objeto de allanamientos permanentes y, a veces, se llevaban en camiones a todos los que estaban adentro”.

Un artículo de la revista SODOMA de 1984, editado por el Grupo de Acción Gay (GAG), que se titulaba “¿Y esto era la democracia?” decía: “Insistimos: escribir ciertas cosas sigue siendo delito. El agruparnos, por más reaseguros legales que tomemos, sigue siendo mal visto. Los locales gays son aún sitios que combinan la diversión con el riesgo, además de ser presa de la coima.” Y en su edición de 1985, denuncia: “entre enero y febrero de este año, se han hecho alrededor de 100 detenciones en locales gays, sin que se comprobara ningún tipo de conducta delictiva. El reanimamiento de la represión policial ha convertido el breve período democrático en una simple tregua”.

Como respuesta a las violencias de este período, surgió la necesidad de organizarse. En 1984 se creó la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), en una asamblea en Contramano, un boliche. Carlos Jáuregui fue elegido como el primer presidente. Su principal objetivo fue visibilizar a la homosexualidad en la sociedad, y sus principales consignas pregonaban: “El libre ejercicio de la sexualidad es un derecho humano. Con discriminación y represión no hay democracia”. 

Lentamente, el GAG fue perdiendo fuerza y la CHA comenzó a adquirir masividad, debido al importante lugar que ocupaba a la hora de denunciar los abusos policiales y a la carismática figura de Jáuregui. Luego de su presidencia, asumió como Secretario de Derechos Humanos de la CHA. Comenzó a articular con los organismos referidos a las garantías constitucionales, reivindicando la lucha de les homosexuales como una cuestión de derechos humanos.

En ese momento, el colectivo LGBTTIQ+ se encontraba mucho más fraccionado que en el presente. Por un lado, estaba la militancia gay. Por el otro, comenzaban a surgir manifestaciones de la comunidad lesbiana.

Adriana Carrasco, periodista, graficó en una nota para la Revista Anfibia: “Era 1986 y como se diría hoy, veníamos activando el Grupo Feminista de Denuncia. Los sábados nos parábamos con carteles y discutíamos con los hombres que salían de los cines en la calle Lavalle. En la manifestación feminista del 8 de Marzo de 1987 en Plaza Congreso, nos convocamos unas siete compañeras lesbianas feministas con cintitas lilas en la frente, y la leyenda ‘Apasionadamente lesbianas’. Fue la primera vez que un grupo de lesbianas salió visiblemente a la calle en Buenos Aires”. Cabe aclarar que el colectivo travesti-trans era uno de los más atacados y reprimidos por la violencia policial, estando condenado a la prostitución como único modo de supervivencia. 

A fines de los 80’ llegó la epidemia del SIDA. Esto desencadenó una creciente visibilización del colectivo gay, ya que ante la desinformación y el estigma de la sociedad, se construyó alrededor de elles la creencia de que eran les úniques que podían contraer la enfermedad. Le decían “el cáncer gay” o “la peste rosa”. Tras la alta tasa de contagios y las muertes de figuras como Miguel Abuelo (cantante de Los Abuelos de la Nada) o Federico Moura (cantante de Virus), el activismo gay en la Argentina se vio movilizado, por lo que comenzó a hacer campañas de prevención y concientización sobre la enfermedad. 

En uno de los actos de la campaña STOP SIDA, Alejandro Zalazar, presidente de la CHA en aquel entonces, afirmó: “La gente prefiere el silencio y el silencio es muerte. La palabra es vida. Lo que hay que hacer es hablar. Hablar del SIDA.” En 1989 se creó la Fundación Huésped, que coordinaría Roberto Jáuregui hasta 1994, el año de su muerte.

En 1989, junto con la asunción de Carlos Menem como presidente, comenzó un largo período neoliberal en nuestro país.

Es evidente que para la comunidad LGBTINB+ la dictadura fueron años de clandestinidad personal y política, y que al llegar la democracia las promesas de comida, salud y educación se esfumaron en el aire. En los 90’ la resistencia continuó, y un actor fundamental pisó firme la escena. Hoy se recuerda el día en que algunes dijeron “no se aguanta más” y lanzaron la primer piedra. Desde aquel momento, el orgullo siempre estará presente.

Por Lua Pons, Milagros Zabaleta, Gabriel Laffitte, Lautaro Noriega y Agustina Lanzillotta. Integrantes de BARDO – Colectivo Contracultural

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