Batalla de Ideas

1 julio, 2020

Notas Psi: ¿cuáles son nuestros modelos?

Preguntas siempre vigentes en cualquier disciplina: ¿cuáles son los modelos que tenemos disponibles y en qué medida nos permitimos jugar con ellos para crear otros mundos posibles? ¿Podemos distinguir entre los modelos y lo inatrapable del mundo?

Mercedes Perullini

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Nada mejor que trabajar con gente joven para replantearnos en qué medida nos permitimos jugar con nuestra imaginación. Hacía tiempo que tenía ganas de hacer docencia fuera de la facultad. No porque no me guste hacerlo en las carreras de grado o posgrado, sino más bien por las ganas de “salir un poco de la burbuja”, dicho en criollo.

Cada vez que arranco una actividad nueva siento ese vértigo que supongo sentimos todos, pero en particular esta actividad me generaba una gran expectativa. Dictar clases en cursos avanzados me resulta mucho más sencillo que estar al frente de un curso básico porque no es fácil combinar la rigurosidad y la simpleza, y porque siento que para formar en ciencias a adolescentes es tan importante lo uno como lo otro.

Era un curso del último año de una escuela técnica en química, y se suponía que ya tendrían una buena base de contenidos disciplinares (a juzgar por los programas). De todas maneras, me pareció interesante arrancar por no presuponer nada. Tampoco quise preparar una especie de “prueba diagnóstico” con preguntas pre-formuladas (¿cómo saber qué quiero preguntar a gente que no conozco?). Así que me propuse intentar averiguar junto con ellos qué idea tenían sobre cómo está formada la materia. Me hablaron de átomos que se unen para formar moléculas (¿adjudicarán alguna intencionalidad a los átomos?), de electrones donados o compartidos, de fuerzas que unen y separan, como el caso del agua y el aceite “que se repelen”, dijeron.

Les propuse, para romper el hielo, que dibujaran una molécula de agua. Cometí el error de decir “saquen una hoja y dibujen una molécula”. No terminé la frase, que ya estaban preguntando “¡¿es un examen?!”, “no, ¡un experimento!”, les respondí divertida. Nos reímos y me relajé un poco. La mayoría tardó bastante en empezar a esbozar algún trazo sobre el papel; miraban lo que hacían otres, no terminaban de confiar en que estuvieran haciendo las cosas bien.

Uno había escrito de entrada “H2O” en el centro de la hoja, pero lo borró y puso “H-O-H”, primero en un mismo renglón y después lo volvió a modificar para que quedaran los enlaces O-H en ángulo casi recto. En otros casos dibujaron esferas unidas por segmentos. Les daba un poco de vergüenza mostrar lo que habían dibujado, pero tenían una gran curiosidad por saber cómo era verdaderamente la molécula de agua.

Supongo que los defraudé un poco al principio con un sincero “no sé”. Tuve que decir varias veces “realmente no lo sé”. Les expliqué que en base a muchas observaciones experimentales se van construyendo distintos modelos que nos sirven para explicar y predecir mucho sobre la materia, sus propiedades y cómo se transforma. Pero que esos modelos no son la realidad, sino simplemente formas de abordarla, de pensarla. No terminaban de entender mi punto. Empezó el bullicio, iba perdiendo la atención que un instante antes creí haber ganado para siempre.

Redoblé la apuesta. “Vamos a hacer otro experimento -les dije- den vuelta la hoja y dibujen un árbol”. Ya no tenían el entusiasmo del principio pero todos aceptaron la propuesta y en unos minutos teníamos unos treinta y cinco arbolitos. “¡Son todos distintos!, igual que las moléculas de agua que dibujaron”,dije. Y nos pusimos a charlar un rato sobre el origen de la diferencia.

Sobre todo encaré la conversación hacia el uso de los dibujos en psicología proyectiva y toda la carga de subjetividad que hay en nuestras producciones. Recuperé la atención de mi audiencia, participaban activamente, sugerían cosas, agregaban ideas y entonces una chica dijo “pero más allá de todo, los árboles no son todos iguales”. Todos se callaron y en ese instante de silencio pregunté: “¿Y las moléculas sí?”. Brevísima pausa. “¿Las moléculas de agua que están en un vaso de jugo y las que forman parte de nuestra sangre, son idénticas?”.

Siguió una discusión increíblemente interesante que no tengo forma de transcribir aquí, porque lamentablemente no grabé ni logré retener en mi memoria al detalle. Se convencieron de que las moléculas de agua químicamente hablando son todas iguales, sin importar dónde estén. Cada molécula está formada por dos átomos de hidrógeno unidos a un oxígeno central y todos los hidrógenos son iguales entre sí (y lo mismo ocurre con los oxígenos), el ángulo de enlace tendría que ser siempre el mismo porque es la forma en la que se conectan… Discutían entre ellos, pero una vez que llegaron a esta conclusión, me miraron esperando que esta vez no los defraudase. Simplemente les pregunté: “¿No será el modelo que están usando el que los induce a pensar que son todas iguales?”

Entonces quisieron que les contara sobre los modelos que usamos para representar átomos y moléculas. Les hice un breve recorrido histórico. Empecé por los atomistas griegos que pensaban la materia formada por cuatro o cinco tipos de átomos distintos y se entusiasmaron hablando de agua, fuego, tierra y viento como componentes fundamentales de todo.

Seguí por el modelo de Dalton, que básicamente era el mismo, pero considerando que existen muchos tipos de átomos (con diferencia en su masa característica). El gran aporte de Dalton fue no quedarse solamente en una especulación teórica, sino contrastar el modelo con experimentos, observaciones. En el modelo de Dalton los gases son siempre monoatómicos. Esto los shoqueó un poco. “¿Por qué pensaba eso si el oxígeno es O2?… y el hidrógeno, y el nitrógeno, ¡muchos son diatómicos!”,dijo alguien. “Eso es por lo que sabemos ahora”,le respondieron. Les seguí contando que Dalton los pensaba monoatómicos porque se imaginaba como una aberración que un oxígeno pudiera ser atraído por otro oxígeno. “¡Claro, no había matrimonio igualitario en esa época!”, dijo uno de los chicos.

Charlamos un rato sobre cómo planteamos modelos en base a lo que nuestra cabeza nos permite pensar y en cómo esos modelos que vamos construyendo nos modifican la manera de abordar la realidad. Continuamente me sentía tironeada entre intervenir o dejar que las ideas fluyeran. A veces parecía que no era necesaria mi presencia en la clase. Decidí hablar solamente cuando me interpelaran en forma directa. “¿Y cuál es el modelo de ahora?”

Cada vez que me formulaban una pregunta se hacía un silencio total, era como si de repente recordasen que yo estaba ahí. “¿Ustedes qué modelos usaron cuando dibujaron la molécula de agua?” Se miraban sin animarse a hablar, pero algune se animó a decir: “El de Lewis”. Le respondí “Bueno, fíjense que hay modelos para distintas cosas, el modelo de Lewis busca entender el enlace entre los átomos y para eso usa el modelo de átomo que postuló Bohr, así que muchas veces los modelos son complementarios”.

Les hice algunos esquemas en el pizarrón que hasta ese momento había estado en blanco. Aparecieron partículas subatómicas y el modelo de Schrödinger que incorpora la cuántica. Desde un rincón del aula se escuchó: “¡Entonces el que se usa ahora es el de Schrödinger!”, y me recordó que no había contestado la pregunta.

Les dije: “Puestos a jugar, ¿qué es mejor: un dado o una Barbie bailarina?”. Y agregué sin darles tiempo a enojarse por mi falta de respuestas: “¿No les parece una pregunta absurda? Va a depender de mis ganas y necesidades”. Señalé el pizarrón donde estaban los esquemas de modelo atómico desde los griegos en adelante y les dije: “Podemos jugar con todos esos modelos”.

Los modelos no son mejores ni peores por sí mismos, pueden ser más simples o más complejos, más o menos abarcativos, mejores o peores para modelar determinados fenómenos particulares. Pero mis colegas y yo seguimos usando todos estos modelos, o al menos los tenemos disponibles. Por ejemplo, para hacer un cálculo estequiométrico (qué masa de una sustancia va a reaccionar con tantos gramos de otra), con un modelo como el de Dalton alcanza. Además armamos nuevos modelos continuamente. A veces nos peleamos porque siempre hay cuestiones de poder, pero en mayor o menor medida en mi área se colabora entre toda la comunidad científica para armar modelos que permitan justificar las observaciones y predecir comportamientos de nuestros sistemas de estudio.

Les expliqué en qué consistía un modelo que desarrollé hace unos años para pensar la evolución de la estructura de un material (química supramolecular), justamente para ilustrar esta idea de que todes podemos armar modelos y de lo importante que es poder “jugar” con las ideas preexistentes y las propias para crear otros mundos posibles.

Me quedé pensando en lo conveniente y enriquecedor que resulta esto de permitirnos jugar con las ideas, de reformular teorías de otres, de inventar nuevos modelos. Esta forma de trabajo colectivo y horizontal parece tener obvias ventajas, pero no siempre se da así. Me refiero a que las reglas de juego pueden ser muy distintas en las diferentes disciplinas. Por ejemplo, ahora que empiezo a estudiar psicología me da la sensación de que los modelos son como los juguetes que fueron del abuelo y con los que jugó papá de chiquito. Son los que usamos para jugar pero con cuidado, sin romperlos, sin que se pierdan piezas y sin arruinar la cajita.

* Investigadora y docente en el área química, estudiante de psicología.

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