Batalla de Ideas

3 julio, 2020

La más maravillosa música: los avatares del tercer peronismo, desde una perspectiva de izquierda popular

El 1 de julio de 1974 fallecía Juan Domingo Perón, figura controversial que supo despertar pasiones tan intensas como encontradas, articulando bajo su carisma un movimiento de masas que marcó a fuego la historia política argentina. Aprovechando un nuevo aniversario de este trágico acontecimiento, dejamos unas reflexiones sobre el tercer peronismo, desde una perspectiva de izquierda popular.

Fernando Toyos

@fertoyos

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El único nacionalismo auténtico es el nacionalismo de la clase obrera y demás sectores populares, y por eso la liberación de la Patria y la revolución social son una misma cosa”
John William Cooke

Si nos proclamamos socialistas
no podemos tener un líder como Perón

Agustín Tosco

El 1 de julio de 1974 fallecía Juan Domingo Perón, figura controversial que supo despertar pasiones tan intensas como encontradas, articulando bajo su carisma un movimiento de masas que marcó a fuego la historia política argentina. Más allá de acuerdos y diferencias, su estatura histórica y política no es puesta en discusión ni siquiera por sus más fervientes detractores, cuyo núcleo se encuentra en aquellos sectores que sintieron temblar los cimientos de sus privilegios, allá por octubre del ‘45.

El peronismo como movimiento no se distinguiría de Perón como su conductor sino hasta los años del exilio, en los que la Resistencia Peronista encararía la lucha de clases con una radicalidad que poco tiene que ver con las ideas plasmadas en la doctrina peronista formal. La capacidad organizativa convergía con métodos de lucha cada vez más audaces, incluyendo el sabotaje y la ocupación. Solo en 1964, por caso, un plan de lucha logró articular la toma de unas 11.000 fábricas en el lapso de tres meses.

El influjo de la Revolución Cubana y el Cordobazo impulsarían este “desborde”de un peronismo cuyo ideario policlasista aparecía cada vez más divorciado de la radicalización de sus bases. Estructurado en torno a las organizaciones sindicales, este movimiento fue capaz de captar las ansias revolucionarias de buena parte de la juventud de los sesentas y setentas, llegando a albergar a Montoneros, la organización político-militar más importante de América Latina.

En el exilio, Perón alentó a estas organizaciones armadas –a las que caracterizaba de “formaciones especiales” de su movimiento– como carta de presión sobre la cúpula de las FF.AA. La entrevista realizada en 1971 por Fernando “Pino” Solanas y Osvaldo Getino, titulada “Actualización doctrinaria para la toma del poder” muestra a un Perón arengando a la rama juvenil de su movimiento, en aras del “trasvasamiento generacional”. Cabe señalar que, para esta fecha, ya se habían producido los asesinatos políticos de figuras como el sindicalista burocrático Augusto Vandor y del militar Pedro Eugenio Aramburu, quien comandara el derrocamiento de Perón en 1955, con lo cual la arenga de Perón puede ser leída como un aval implícito a estos hechos.

Las contradicciones que habitaron al peronismo llegaron al clímax durante el tercer gobierno de Perón. El peronismo, en esos años, se convirtió en el escenario privilegiado a través del que se procesó la lucha de clases, en las cruentas formas que asumió durante los años previos al 24 de marzo de 1976. La imposibilidad de conciliar capital y trabajo se expresaría como la imposibilidad de conciliar a las alas izquierda y derecha del movimiento conducido por Perón, con la masacre de Ezeiza como punto de inflexión de estos acontecimientos.

Allí, las interminables columnas de la Tendencia revolucionaria –como se denominaba al sector hegemonizado por Montoneros– fueron recibidas con disparos de ametralladoras, descargados desde el palco. Varios autores señalan al sindicalista José Ignacio Rucci y al coronel retirado Jorge Osinde, exponentes del peronismo ortodoxo, como los responsables de esta masacre, que se cobró 13 muertos y centenares de heridos. Días después, en la primera aparición pública tras su regreso a la Argentina, Perón dio un claro mensaje a la “juventud maravillosa”: “No hay nuevos rótulos que califiquen a nuestra doctrina y a nuestra ideología. Somos lo que las veinte verdades peronistas dicen. No es gritando ‘la vida por Perón’ que se hace patria, sino manteniendo el credo por cual luchamos. Los viejos peronistas lo sabemos. Tampoco lo ignoran nuestros muchachos que levantan banderas revolucionarias”.

Jorge Osinde, uno de los responsables de la masacre de Ezeiza

A la vuelta de los años, uno no puede dejar de preguntarse si esas palabras no resultaron tan claras en aquel entonces como –con el diario del lunes– se presentan hoy. ¿Acaso se obstinó la conducción de la Tendencia en sostener la improbable “teoría del cerco”, según la cual las decisiones de Perón se explicaban por su entorno cercano? Más allá de la indudable influencia de su siniestro secretario personal, José López Rega, el distanciamiento de Perón generó interpretaciones más realistas. El siguiente “documento de coyuntura” de una de estas organizaciones da cuenta de ello, cunado señala que: “Perón nos ofrece como prenda de negociación. Sus negociaciones para lograr la unidad nacional y sus negociaciones con el imperialismo, tiene como elemento de entrega, de ‘buena voluntad’, a nosotros”.

Contra las interpretaciones de una izquierda que desprecia el proceso del peronismo revolucionario, empeñada en entenderlo como una suerte de “anomalía histórica”, lo cierto es que el intento de evitar la ruptura con Perón no estaba exento de cálculo político: sabían que su expulsión del seno del movimiento peronista les costaría –como efectivamente sucedió– una importante sangría en sus filas. Más aún, si bien la Tendencia contaba con un poder de movilización envidiable, el movimiento obrero, encuadrado en la CGT, seguiría siendo fiel a Perón, como señala uno de los más lúcidos intérpretes del fenómeno peronista, el historiador Daniel James.

Aunque pueda resultar reconfortante, la búsqueda de una “variable fatal” que explique por sí sola el terrorífico desenlace de una coyuntura que albergó tantas promesas, es un ejercicio que solo puede conducir a interpretaciones erradas. Ningún acontecimiento histórico se explica por el aleteo de una mariposa, o por la sola influencia de una personalidad, aún una tan trascendente como la de Perón. Hay quienes le imputan una intencionalidad maquiavélica al líder popular –que asumió su tercera presidencia con casi ochenta años- mientras voces como la de Esteban Righi –quien fuera Ministro del Interior de Cámpora y afín a la Tendencia– creen que Perón estaba convencido de su capacidad de devolver al genio desatado a la lámpara justicialista que supo contenerlo.

Personalmente, no encuentro demasiado valor en especular acerca de las intenciones de un individuo, lo cierto es que ni siquiera el liderazgo histórico de Perón fue capaz de contener a un movimiento de masas cuyas contradicciones comenzaron a dirimirse a los tiros. Desde una izquierda popular, que se plantee el socialismo como horizonte y busque dialogar con los movimientos populares, es importante estudiar este período para constatar que la mentada “alianza de clases” –aunque pueda funcionar durante coyunturas excepcionales– es, a la larga, inviable. La misma historia del movimiento peronista da cuenta de ello.

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