Deportes

5 julio, 2020

Entre chuecos, el mejor

70 años de Fórmula 1. Filosofía argenta, deporte motor, sentido trascendente de la vida y el mundo representados en vida, obra y pensamientos de Juan Manuel Fangio.

Gastón Aldana

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Aquel pibe que apodaron “chueco” por su enganche con la pierna izquierda en el potrero del barrio, más tarde se luciría al mundo, pero por otro tipo de gambetas. Siendo hijo de extranjeros y con varios hermanos, su vida en el interior de la provincia de Buenos Aires era tranquila pero laboriosa. Había que laburar para llevar el pan a la mesa, sin ser impedimento sus 12 años de edad.

A trabajar se aprende trabajando, y vaya que lo hizo. Ese trabajo se convirtió en el amor que tuvo hacia los fierros, no importa si fue en Ford o Studebaker. Quizás fue por eso que cuando aprendió a manejar dijo: “Me subí al auto, arranqué, empecé a andar y cuando vi que podía doblar y frenar tuve la impresión de que el auto tenía vida”, amor expresado en una sensación.

Tras un paso triunfal por todo el país, empezó a resonar su nombre en el mundo. Destinado a la gloria, emprende viaje. La década del ‘50 trae al mundo la creación de una nueva categoría. El chueco no duda y se manda. Una aventura que sólo duró 8 temporadas, pero que lo inmortalizaría para siempre.

Ganando 5 campeonatos y siendo 2 veces subcampeón, llevó al deporte argentino a los más altos estándares mundiales. Han pasado ya 70 años desde la creación de la categoría y el chueco sigue vigente en ella. Se mantiene como el piloto de mejor promedio de victorias (46%), con el mejor promedio de poles (56%), mejor promedio de podios (67%), más porcentaje de vueltas rápidas (45%), el único que ganó campeonatos con 4 escuderías diferentes (Alfa Romeo, Maserati, Ferrari y Mercedes) y el piloto campeón más longevo de la historia (46 años en 1957).

El pibe de Balcarce, que aprendió a los 12 años armando y desarmando motores de un Ford, se transformó en el corredor con más campeonatos mundiales de la máxima categoría desde su retiro en 1958. Recién superado por un alemán 43 años después y muchos grandes pilotos entre medio. 

En el año 1958 viaja a La Habana para competir en el Gran Premio de Cuba. Fidel Castro envía a Arnol Rodríguez a secuestrar al chueco. Luego de dar vueltas por toda la ciudad llegan a un departamento donde le manifestaron que el motivo del secuestro era difundir al mundo los ideales y la lucha del movimiento, dejando de esta manera mal parado al gobierno de Batista. Para evitar que Batista intente matarlo, y culpar al movimiento, el chueco les propone llamar al por entonces embajador argentino Raúl Guevara Lynch, primo del Che.

Una vez liberado, le dice a la prensa que lo trataron excelentemente, como si estuviese en una reunión de amigos y que si lo hecho por los rebeldes fue por una buena causa, entonces él como argentino lo acepta como tal. Pasados los años vuelve a La Habana en 1981 en carácter de invitado de honor recibido por el ministro de relaciones exteriores Arnol Rodríguez, el mismo de 1958.

Entendiendo y haciendo un paralelo en aquel entonces, el chueco comprendió que el sentido trascendente de la vida podía ser representado tanto en cruzar la bandera de cuadros en Monza, adelantando en la última curva al mismísimo Ascari y Farina al mismo tiempo, o llevar los ideales de la liberación del pueblo cubano a tal punto para poder hacerlo visible al mundo entero. Abrazados en la ambición de llenar el espíritu, el alma, vio como la suya se unió con la del pueblo cubano. Imposible de separarse nuevamente. 

Es por todo esto que el arte se expresa en ese fierro, se materializa en una carrera, en la preparación del motor, chasis, aerodinámica, potencia y frenado. Pero es más que eso, es algo espiritual y colectivo que se refleja en toda la sociedad. Después de haber visto a los Gálvez, Fangio, Froilán González, Reutemann, Di Palma, Traverso, Mouras, López ¿Qué argentino dirá que no es fierrero? Comprendiendo esa profundidad filosófica en la unión del alma-motor, despliega sus alas de libertad y toma contacto con la eternidad compartida, esa que heredó de sus mayores y legará a su descendencia.

Continuo histórico en el que aparecen anécdotas del pasado, a veces exageradas o deformadas de los acontecimientos, donde bellamente se profundiza el alma. Esa eternidad que comenzó en el pasado, que transcurre ahora mismo, en el presente, y que continuará mañana, en el futuro, es un bien colectivo al que hay que preservar y servir viviendo bien. Cumpliendo ese deber se vive sin angustia y se muere en paz. El buen morir es consecuencia del buen vivir. La muerte es la rúbrica, cierra la firma, redondea el sentido de cada vida. 

El legado que deja el chueco es inmenso. El ocaso de su vida física no fue el final de lo eterno que dejó en el corazón y la memoria de un pueblo que siempre lo recordará. Porque sólo los que abrazan causas nobles, grandes y verdaderas perduran. Vive aquel que no se queda. Los otros duran, nomás. Cuantos chuecos deben haber en el pueblo esperando su momento, engrasándose las manos, soñando con agarrar el volante y sentir los G en cada curva. Imaginando realizar aunque sea algo pequeño pero gigantesco para su vida y la de los demás. Porque llega un momento en que existe la necesidad de hacer el bien, vivir en concordia, de intentar algo trascendente. Y tímidamente, los argentinos hacen arte, historia, política, deporte o lo que sea. Intentando dar un sentido trascendente a lo que realizan. Construyendo su herencia, su legado.  

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