Batalla de Ideas

24 julio, 2020

¿A quién está destinado el show de Berni?

El cruce entre el Ministro de Seguridad bonaerense, Sergio Berni y su homóloga a nivel nacional, Sabina Frederic, se convirtió en el revuelo de la semana, más allá de la pandemia. ¿Qué es lo que tiene Berni para ofrecer a las y los bonaerenses? ¿En qué se basa la banca que -según varias fuentes- le otorga Cristina Fernández?

Fernando Toyos

@fertoyos

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Si el gobierno procuró, de un tiempo a esta parte, poner en agenda discusiones que vayan más allá –o más acá- del coronavirus, el novelesco cruce entre el Ministro de Seguridad bonaerense, Sergio Berni y su homóloga a nivel nacional, Sabina Frederic, forma una serie con las demás apariciones triunfales de este personaje. Una serie con varios capítulos, que comenzaron con las imágenes de un Berni arengando a un puñado de agentes de la bonaerense en la explanada del Ministerio que conduce. Su poética alusión a la “llama sagrada de la vocación de servicio” no obstó para que esta fuerza de seguridad continúe en su ejercicio sistemático del abuso de autoridad y la violencia como herramienta de control social.

Así lo afirma la Comisión Provincial por la Memoria, cuando señala que Facundo Astudillo Castro sufría hace años del hostigamiento policial, incluyendo golpizas y provocaciones. La invocación a la “cadena de mando natural” tampoco parece haber hecho mella en la peligrosa y siempre latente tendencia al autogobierno de la Policía de Buenos Aires y sus agentes, como se manifestó en las denuncias de Cristina Castro –la mamá de Facundo– respecto de la interferencia de algunos bonaerenses en la investigación, cuando ya había sido dispuesto el apartamiento de esta fuerza.

Lo cierto es que la Policía bonaerense es un problema mayúsculo para la vida de la provincia más grande de la Argentina desde hace mucho tiempo. Un problema que millones de bonaerenses -de diverso estatus social, opinión política y demás– experimentan a través de su expresión más visible: el delito. Como lo sabe cualquier persona que haya vivido en el conurbano durante los tormentosos años ’90, el aumento del desempleo y la pobreza ocasionados por el modelo neoliberal instalado durante la última dictadura militar minaron el tejido social y produjeron un marcado aumento del delito.

Esta problemática contó con el concurso de esta fuerza de seguridad, gustosa de organizar estas actividades, garantizando zonas liberadas y reclutando pibes de los barrios para emplearlos como mano de obra, como el caso de Luciano Arruga ilustra de forma pavorosa. En este, y otros asuntos, la “maldita Policía” gozó de una impunidad impactante: el juicio por la masacre de Wilde, tras dormir el sueño de los justos durante 26 años, fue postergado por la pandemia. La secretaría de Derechos Humanos de la Nación, a cargo de Eduardo Pietragalla, acompañó el pedido de la familia de las víctimas para que el juicio inicie de manera remota. De los 11 policías implicados, solo uno llegará al juicio en prisión.

Entonces, ¿qué es lo que tiene Berni para ofrecer a las y los bonaerenses? ¿Sobre la base de qué cálculo recibe la banca que le otorga –según varias fuentes, siempre en off– Cristina Fernández de Kirchner? Arriesgamos una hipótesis: ante la problemática del delito y la complicidad de la bonaerense, el ministro se presenta como una figura de autoridad, un “hombre fuerte” capaz de poner las cosas en su lugar y solucionar problemas. Este elemento se ha visto en varios de los recientes liderazgos autoritarios, que sedujeron a grandes franjas de la población repitiendo, una y mil veces, que los problemas que afectan sus vidas son –en realidad– una mera cuestión de voluntad.

En la afirmación de un Macri todavía candidato acerca de lo fácil que resultaba bajar la inflación y la invitación bolsonarista –replicada por Patricia Bullrich– a que las personas resuelvan sus problemas a los tiros, habita un rechazo a asumir la altísima complejidad que los problemas de este tipo suelen tener. Como todo, se trata de un elemento que debe ser comprendido dentro de su contexto histórico: como señala Ezequiel Adamovsky, las fuerzas conservadoras suelen ser muy hábiles en la tarea de explotar problemáticas sensibles, en las que las fuerzas progresistas generaron cierto desencanto. Sería necio, huelga aclarar, no comprender el hastío de treinta años de robos violentos o pedirle profundidad analítica a quienes rebuscan como pueden el pan de cada día.

El show de Berni podrá levantar un retén en Puente La Noria –oponiendo “la acción” a la burocracia de las reuniones “de café y medialunas”– o hacer una performance digna de Robocop en Villa Celina ante la complacencia de un Luis D’Elia (que twitteó que eso “es lo que el pobrerío quiere”), pero parece difícil que sus despliegues de masculinidad hegemónica enfierrada solucionen el histórico problema de la inseguridad. ¿Chocará Berni contra la misma pared que Bolsonaro, a quien la trágica situación sanitaria del país que (des)gobierna le mojan la pólvora de su fascistoide pirotecnia mediática? ¿O tendrá algún resultado que alimente su ambición de construirse como sucesor de Kicillof?

Por otro lado, ¿cómo leer el enfrentamiento con la ministra de Seguridad de la Nación? Mujer, civil, antropóloga e investigadora del CONICET, Sabina Frederic funciona, en muchos aspectos, como la contracara de Berni. Es una figura de claro cuño progresista, conduciendo una cartera que –precisamente– despierta el rechazo de los sectores del centro hacia la izquierda. Esta semana, la tensión entre ella y el ministro Berni estallaron, generando el revuelo de la semana ¿Se trata, como afirman algunos, de una suerte de pantomima destinada a captar unos apoyos tan heterogéneos como heterogéneas son las mismas figuras de Frederic y Berni? La historia argentina, en especial la historia del peronismo, advierten duramente contra las pretensiones de inmunizarse ante la derecha a partir del cultivo de cepas propias. El riesgo de la autonomización de la misma, o de la escalada en las disputas internas siempre está latente.

Pantomima o no, en el medio están los problemas de les bonaerenses en particular, y de les argentines en general. Y, en lo que hace tanto a la cuestión del delito, como a la matriz cada vez más excluyente y desigual de nuestra sociedad, las propuestas planteadas desde el respeto a los derechos y garantías de todas las partes tampoco han podido cosechar demasiados éxitos. El propio Berni, al asumir la cartera nacional de Seguridad durante el segundo mandato de Cristina Fernández, da cuenta de esto. La cuestión de la llamada “seguridad ciudadana” es un tema tabú en el campo del pensamiento progresista y de izquierda, así como en las agendas de investigación social de las varias disciplinas que hacemos parte allí. En este sentido, si bien es muy difícil –si no imposible– imaginar una solución duradera a esta problemática que no implique un cuestionamiento frontal a las raíces de la desigualdad y una apuesta por reconstruir el tejido social, el diseño de propuestas de cara a –usando la fórmula de Alberto Binder– la “gestión de la conflictividad”, es una deuda del pensamiento crítico.

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