Ambiente y Hábitat

27 julio, 2020

Basta de falsas soluciones

El acuerdo económico con China sobre la producción industrial de cerdos necesita incorporar la mirada crítica del ambientalismo y a la agricultura familiar, de lo contrario el costo ambiental puede producir males peores que los que se intenta reparar.

Bruno Rodríguez y Gastón Tenembaum*

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El jueves pasado fue el cumpleaños de Felipe Solá. Seguramente, el canciller tenía el deseo de compartir el festejo junto a sus seres queridos y su extraña pero curiosa mascota: la chancha “Pelota”, como él la bautizó. Su cumpleaños no fue tan feliz.  Muy probablemente, Sola pasó el día mirando su celular y las noticias más que con la pobre “Pelota”, que se habrá quedado jugando sola. En redes sociales sus últimas publicaciones estallaron de comentarios y, sobre todo, insultos.

Sus fotos circularon por todos los portales junto a las demandas de individuos y organizaciones que impulsaron la campaña #BastadeFalsasSoluciones, en la que se le exigía al canciller la cancelación inmediata del potencial acuerdo que el gobierno argentino puso en marcha a principios de año con la República Popular China para la producción de cerdos. Unos cuantos videos sobre el tema llegaron al millón y medio de visualizaciones y el hashtag fue “trending topic” de twitter con mas de 25 mil retweets.

Siempre es difícil  proyectar a la realidad de la calle los números del mundo de los “me gusta”, los “reposteos” y los “retweets”. Pero podemos  imaginarnos que, de no ser por el estado de pandemia y cuarentena, mucha gente habría optado por movilizarse de forma presencial frente a la medida. Entre los miles de “tweets”, comentarios y “vivos” de instagram, los datos más concretos se fueron perdiendo y la información más seria fue diluida en una maraña de contradicciones, peleas y debates acentuados por una impronta irónica.

Aclaremos, entonces, un par de cuestiones:

¿Qué fue lo que ocurrió?

En enero de este año, China buscaba desesperadamente mantener el consumo de carne porcina de sus habitantes. Por eso, inició negociaciones con Argentina a través de un memorándum de entendimiento vehiculizado entre el ministro de Comercio de la República Popular China, ZhongShan y nuestro canciller, Felipe Solá. 

La idea central de ese memorándum consistía en que nuestro país importara granjas industriales. Estas tienen el objetivo de generar una producción muy alta en situaciones de confinamiento animal. Nos tenemos que imaginar cantidades enormes de cerdos, gallinas, o el animal que se quiera producir, apretados y amontonados para que ocupen el menor espacio posible. A estos animales se les provee un alimento balanceado a base de granos (soja, maíz, trigo) que, como es bien sabido, nuestro país produce en grandes cantidades.

El gigante del mercado internacional, si bien tiene enormes extensiones de suelo para producir sus propios cerdos, decidió invertir en otros países para que lo hicieran. ¿Por qué?

En China, desde hace dos años,  la peste porcina africana (PPA) enferma a las poblaciones de cerdos y, lógicamente, nadie quiere arriesgarse a comer carne enferma. Esto generó una caída enorme en la producción de dicho país obligándolo a buscar alimento por fuera de sus fronteras.

Más allá de la postura ética que cada uno sostenga en relación a los mecanismos de producción de cerdos, un dato que asusta es que muchas enfermedades que perjudicaron a la humanidad en los últimos años como el VIH, el ébola o el coronavirus, tienen su origen en los animales. Estas enfermedades “saltan” a las personas desarrollando, a veces, pandemias, como la que está sufriendo hoy todo el planeta. Debido a la manipulación que venimos haciendo de los animales en los últimos años, estos episodios se han transformado en cada vez más frecuentes.

La comunidad científica viene alertando el riesgo potencial que implica tener miles de cerdos apretados, estresados, e ingiriendo fármacos constantemente (práctica habitual en los criaderos). En estos se produce un alto contagio de bacterias o virus con mucha resistencia a los antibióticos y antivirales. Estos microorganismos podrían eventualmente (a causa de mutaciones) ocasionar un “salto zoonótico” e infectar a las personas.

Ante la explosión de la peste porcina, la debacle productiva, y el miedo a ser la cuna de nuevas enfermedades que azotan a la humanidad, China apostó a la expansión de la industria en busca de otros lugares donde criar cerdos sin que pudieran contraer el virus ni generar nuevas pandemias en su territorio. En esa búsqueda, nuestro país, que ya es productor de cerdos y tiene un buen potencial de crecimiento en el mercado, ingresó en el radar para fortuna del empresariado y al costo de tomar un riesgo serio para la salud de la población.

En síntesis, la iniciativa de radicar granjas industriales productoras de cerdos en el país es un tema de extrema delicadeza. Lo mínimo que se le puede reclamar a las autoridades es que entiendan que hay preguntas muy serias para hacerse antes de caminar en esa dirección. ¿Cuales son las garantías que tiene la población para no ser víctima del ataque de un nuevo virus? ¿Cómo va a afectar la instalación de esas granjas al vertiginoso proceso de desmonte que se está produciendo desde hace años en la Argentina? ¿De qué manera se controla que estos nuevos emprendimientos no emitan más gases de efecto invernadero? ¿Queremos realmente seguir incorporando métodos de producción que violen de manera tan cruel los derechos de los animales? 

Se trata de debates que se han dado en todo el mundo. No deberían tomarse medidas de este tipo sin un análisis detallado de las consecuencias, especialmente cuando luego son irreversibles. A veces, las decisiones guiadas por la necesidad de divisas para el país puede producir males peores que los que intenta reparar.

Basta de Falsas Soluciones

Argentina es un país sumergido en un estado de crisis permanente, y ante el panorama en el que nos coloca la pandemia, los niveles de pobreza, marginación y desigualdad social van a incrementarse.

La construcción de un proyecto de país obligatoriamente requiere pensar en un modelo productivo, y si analizamos las lógicas del modelo vigente nos damos cuenta que responden a la reproducción de un principio absolutamente irracional; extraer y consumir sin límites en el marco de un planeta con recursos finitos. 

Ahora bien, ante las múltiples contradicciones que presentan las bases de nuestra economía, es imprescindible plantear ciertos interrogantes ¿Cuál es la finalidad del sistema productivo? ¿Es acaso el bienestar social de la población y la realización colectiva del pueblo o simplemente la maximización de la ganancia? 

Una sociedad edificada sobre la base de los intereses de los grupos económicos concentrados, naturalmente termina sumida en la miseria. Esto es lo que actualmente sucede en la República Argentina: el sostén del modelo productivo se traduce en la acumulacion de la riqueza en muy pocas manos y en la distribución de la pobreza en las grandes mayorías. Vivimos en un país sujeto a un paradigma económico caracterizado por un dinamismo incontrolable, definido por la sobreproducción de bienes de consumo y el subconsumo por parte de grandes mayorías populares excluidas del sistema.

Pero más allá del debate teórico, debemos ubicar la lupa en las condiciones materiales que afronta nuestro pueblo: cerca de la mitad de la gente viviendo en la pobreza, la desocupación en alza y una deuda completamente impagable de no haber reestructuración de por medio. Este análisis del contexto nos permite situar al potencial acuerdo con China para visualizar la profundización de una variable que se suma a la fila de problemas que presenta nuestro sistema económico: La depredación ambiental.

En este punto surgen una serie de debates, muchos de ellos vinculados a un divorcio conceptual innecesario, que opone a la economía con el ambiente. En base al resultado de las tratativas diplomáticas, nos enteramos de la posibilidad de un aumento en la producción porcina argentina estipulado en un 1400-1500%, lo cual representa 9 millones de toneladas de carne  (un salto de 6 a casi 100 millones de cerdos). 

Es evidente que las chances de incrementar los niveles de exportación del sector primario se relacionan con la oportunidad de obtener un importante ingreso de divisas, pero disociar a los impactos ambientales de las consecuencias económicas que genera el acuerdo, es un error que no podemos permitir que se perpetúe en las hojas de ruta que planifiquen nuestros funcionarios públicos. Lisa y llanamente, de oficializarse la medida se produciría una inyección de beneficios dirigidos a la oligarquía del agronegocio. 

A su vez, para materializar efectivamente el salto exponencial en el grado de producción porcina, es muy probable que se deban agudizar las políticas de desmonte para expandir la frontera agrícola con el objetivo de cultivar el alimento de los cerdos. Esto implicaría radicalizar la destrucción de nuestros ecosistemas y terminar con la vida de un gran número de hectáreas de ambientes naturales vitales para el combate contra la crisis climática y ecológica. Los impactos de la deforestación también recaen con fuerza sobre las comunidades de los pueblos originarios, en muchas ocasiones desplazadas forzosamente de sus propios territorios, obligadas a soportar condiciones de vida paupérrimas.

¿Acaso estos resultados pueden catalogarse como “efectos colaterales”? Los costos que vamos a tener que asumir cuando se produzca el desencadenamiento de los devastadores fenómenos ambientales que acarrean las actividades agropecuarias, pueden ser inmensamente más grandes que el rédito volátil que ofrece la industrialización animal.

Cuando ocurre una inundación a raíz de las prácticas destructivas del modelo agropecuario, es el Estado quien debe socorrer a las comunidades afectadas y hacerse cargo económicamente de los pasivos ambientales provocados y de los daños descargados sobre las infraestructuras. En la balanza del debe y el haber, muchas veces termina pesando más la pérdida originada por la catástrofe ambiental que la inversión depositada en el desarrollo de la agroindustria.

Una vez más, caen las dicotomías configuradas para impedir que los cuestionamientos al agronegocio, calen hondo en los debates sobre el proyecto de país al que aspira la juventud y vastos sectores de la sociedad. La perspectiva ambiental es inseparable de la economía, sobretodo en este caso en particular, porque como bien afirma Mercedes Pombo, referente nacional de Jóvenes por el Clima.“Nos van a hacer acreedores de una deuda en términos sociales y ambientales, que nunca nos van a poder pagar“.

Un mundo donde quepan muchos mundos

Cuando llega la hora de diagramar el esquema de desarrollo del país, naturalizamos la exclusividad del debate. En las mesas de decisión se convocan a las cámaras empresariales y a los grandes terratenientes rurales. Es obvio, si queremos pensar en medidas que tiendan a la reactivación económica de la Argentina, no podemos apartar de la discusión a los representantes de los poderes fácticos. 

En definitiva, para bien o para mal, todas y cada una de las propuestas que finalmente se ejecuten van a recaer sobre sus sectores. Pero esto de ninguna manera tiene que implicar la delimitación de la frontera del diálogo en base al criterio de estos actores. Los procesos de definición política y económica deben reivindicar la participación de los movimientos sociales y de los colectivos que motorizan demandas emergentes. No podemos hablar de producción agrícola y ganadera, sin integrar en la conversación a los pequeños productores y a los trabajadores rurales, no se puede planificar una política agraria sin tener en cuenta las exigencias de las organizaciones rurales que desde hace muchos años apuestan a la experiencia de una transición agroecológica de sus métodos productivos. 

El acuerdo con China no puede avanzar si se decide excluir por completo a la visión crítica del ambientalismo que no para de crecer en la conciencia de la población. Ante una cosmovisión productivista que sostiene que los movimientos ambientales bregan por el subdesarrollo, es indispensable confluir en un gran debate con quienes promulgan ese estigma, ya sea por una defensa consciente de sus intereses económicos o por mera ignorancia. Al fin y al cabo, los movimientos populares se abren paso en un mundo que muestra signos de crisis sistémica, y a partir de esta realidad, hoy más que nunca hay que fomentar canales de participación ciudadana para que de una vez por todas, se dejen de aplicar falsas soluciones.

*Jóvenes por el Clima

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