Derechos Humanos

1 agosto, 2020

Tres años de Santiago, tres meses de Facundo

Se cumplen tres años del día en que Santiago Maldonado desapareció en el marco de un operativo de Gendarmería en territorio mapuche. A su vez, ya pasaron más de tres meses desde que Facundo Castro desapareció tras ser detenido por la policía bonaerense. Desde Macri hasta Alberto, ¿Qué cambió? ¿Qué tiene que cambiar?

Agostina Suraniti y Santiago Pérez*

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“Si una persona sale corriendo en vez de entregarse, se tira, se va o intenta cruzar un río escapando de la Gendarmería, no es responsabilidad de quien está tratando de hacer cumplir la ley”, señaló Patricia Bullrich en 2019. Se cumplían dos años del día en que Santiago Maldonado desapareció mientras huía de un operativo represivo de Gendarmería en una comunidad mapuche. 

El resto de la historia es conocido: el cuerpo apareció, aun cuando hubieron numerosos rastrillajes, 77 días después. “Los cuerpos hablan, no flotan río arriba”, dice Sara Hebe.

Volvamos al presente: el 30 de abril pasado, Facundo Astudillo Castro fue detenido en un control policial en la ruta que une al pueblo bonaerense de Pedro Luro con la ciudad de Bahía Blanca. Poco después, se comunicó desde la localidad de Mayor Buratovich con su madre: “Vos no tenés idea donde estoy yo”, le espetó. Estas fueron una de las últimas palabras que pronunció. Se encuentra desaparecido desde entonces.

Las fechas, los números y las circunstancias hacen imposible que no se establezcan algunos paralelismos. Aun con la distancia que marca, en este caso, un jefe de Estado que afirma: “No es posible que en plena democracia y en un Estado de derecho la violencia institucional se instale entre nosotros”. Alberto Fernández hizo este señalamiento a dos meses de la desaparición de Facundo.

Una violencia que no se erradica

Los actos simbólicos significan mucho como también los concretos. Y de estos últimos hubo algunos ejemplos en el actual gobierno con la designación de Sabina Frederic al frente del Ministerio de Seguridad. Este nombramiento es una señal de un rumbo diferente para abordar la forma en la que intervienen las diferentes fuerzas que caen bajo su órbita. Sin embargo, desde que empezó el aislamiento social, preventivo y obligatorio, llevamos 15 muertes a manos de la policía.

¿Qué registro tienen, entonces, las fuerzas de seguridad acerca de los cambios políticos?. En principio, sabemos que alguno: los cuatro años de la gestión de Cambiemos, los de la doctrina Chocobar, los de la represión en cada una de las marchas que hubo en todo el país, dejaron un saldo récord en este sentido según los datos de la Coordinadora contra la Represión Policial e Institucional (Correpi). 

Las muertes dadas por el aparato represivo del Estado (entiéndase, gatillo fácil, muertes en cárceles, entre otras) fueron 443 en 2016; 451 en 2017; 489 en 2018; y 401 hasta el 15 de noviembre de 2019. Son 1833 casos en total. Es decir, la violencia puede tender a aumentar, pero nunca a desaparecer. Gobierne quien gobierne.

Es necesario un cambio cultural

Las hipótesis sobre la desaparición de Facundo son muchas. Pero todas las pistas llevan a considerar no menos que justo el pedido para que se investigue como una desaparición forzada. Tratamos de ejercitar el antipunitivismo y de no llevar adelante conclusiones apresuradas. Pero las amenazas a la familia, las mentiras, todos los pasos en falso que dio la policía bonaerense, refuerzan la idea de que la desaparición de Facundo tuvo que ver con el accionar de la fuerza.

Estas cosas nos las indican la experiencia: no podemos permitir que nadie nos brinde los mismos argumentos que nos daban con Santiago. Hace tres años escuchábamos que no había que hacer presunciones, que no había pruebas concretas contra las fuerzas (y sin embargo, allí estaban), que la Justicia actuaba, etc. Toda una serie de explicaciones que, en rigor, nos llevan a preguntarnos cuánto más se puede soportar esta impunidad.

Se nos acaban las ideas. Ya no hay nuevas consigas para denunciar el horror que implica tener que convivir con estas prácticas que no son propias de una democracia. La contradicción es tan grande como dolorosa. Porque, al tiempo que cultivamos este sistema, no aceptamos seguir viviendo bajo esa ley violenta e impune que lleva adelante la policía en los barrios –sobre todo en los más pobres-.

No se puede seguir permitiendo que personajes como Sergio Berni se interpongan en el camino hacia una sociedad sin muertes por gatillo fácil, sin detenciones arbitrarias, sin maltratos y torturas. 

No es suficiente con el control ciudadano de las fuerzas de Seguridad; con la formación en Derechos Humanos; con elaborar nuevos protocolos de detención y de intervención en marchas. Este cambio es cultural, y para ello, no podemos tener el termómetro en los cacerolazos. Hay que hacerlo sin dudar, apuntando a todas las esferas: la educativa, la económica, porque es en estos temas donde muchos pibes y pibas eligen sumarse a la policía. Por eso, es necesaria otra salida para estos jóvenes.

A tres años de la desaparición de Santiago y a tres meses de la de Facundo, hay que dejar de pensar que más policía es más seguridad. La única seguridad es la inclusión social.

*Integrantes de Atrapamuros, organización popular en cárceles

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