Batalla de Ideas

7 agosto, 2020

Renegociación de la deuda, y después: ¿una nueva ilusión neodesarrollista?

Esta semana la Argentina llegó a un acuerdo con los tres principales grupos tenedores de bonos de Deuda Externa emitida bajo legislación extranjera. En este nuevo camino para desandar el endeudamiento macrista, ¿cuáles son las políticas a proyectar, sobre la base un poco menos incierta que el acuerdo provee?

Fernando Toyos

@fertoyos

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El pasado martes 4 de agosto, Argentina despertó con la noticia del acuerdo con los tenedores de bonos bajo ley extranjera, lo que comprende una parte importante de la negociación de la deuda contraída, en su gran mayoría, por el gobierno de PRO/Cambiemos. Lógicamente, la noticia fue recibida con beneplácito por el Gobierno, que la presentó como la piedra fundamental de la reconstrucción económica post-pandemia que, ahora sí, puede empezar a planificarse. Sin embargo, es importante señalar que el acuerdo comprende aproximadamente la tercera parte de la deuda en total, como planteó Julio Gambina, economista y director de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas (FISyP). El docente universitario y director del Centro de Estudios de la Federación Judicial Argentina (CEFJA), así, destacaba las negociaciones pendientes, especialmente las que tendrán del otro lado de la mesa al Fondo Monetario Internacional.

Paralelamente, la medida cosechó varios elogios al interior del campo opositor, entre los que se destaca el tweet de un exultante Luis “Toto” Caputo, Ministro de Finanzas de Macri y responsable de endeudar a la Argentina hasta el año 2117. De este modo, quienes apostaron al fracaso de las negociaciones disimulan (mal) su desencanto flameando la bandera del guzmanismo. Como señaló el diputado del Frente Patria Grande, Itai Hagman, en su intervención, otro de los responsables del desastre económico de la gestión Cambiemos, Alfonso Prat-Gay, tuvo el descaro de considerar “blando” el acuerdo, luego de haber pagado en efectivo la deuda con los holdouts, concediéndoles más dinero del que buitres aspiraban a recibir. Como las declaraciones de este tipo evidencian, el acuerdo logrado por el gobierno del Frente de Todes deja muy mal parado al gobierno anterior, permitiendo a la gestión encabezada por Alberto Fernández presentarse como una fuerza capaz de resolver los problemas heredados por el gobierno anterior. Un triunfo nada desdeñable, que llega en el momento más difícil de la pandemia.

Como sintetizó Julia Strada, directora del grupo Banco Provincia, la gestión del heterodoxo Guzmán contraviene todos los manuales del liberalismo económico, según los cuales el desendeudamiento de la economía argentina sería una pretensión “ideológica”. Nada más lejos de la realidad, si consideramos la gravitación de la deuda sobre la maltrecha economía nacional: tomando el año 2019, el pago de intereses representó un 20% de la recaudación impositiva, lo que agrava el histórico problema de la restricción externa. La misma, como analiza el clásico trabajo de Marcelo Diamand, se expresa como una falta crónica de dólares, nacida de la demanda de esta divisa generada por la industrialización sustitutiva. El ‘reperfilamiento’ de los vencimientos, postergados hasta el año 2047 y el período de gracia de tres años redundará en una menor presión sobre el billete verde, oxigenando una economía devastada por la pandemia. 

Sin embargo, como también señaló Hagman, el pago de la deuda no es un asunto que merezca celebrarse, sobre todo si consideramos que 8,6 de cada 10 dólares fueron contraídos con el propósito de alimentar la escandalosa fuga de capitales, que alcanzó valores récord durante el macrismo. Si bien contraída por un gobierno democráticamente electo, a diferencia de la deuda que dejó la última dictadura militar, el endeudamiento macrista generó una dinámica que socializó el costo de la fuga, imponiéndole al pueblo trabajador el financiamiento de la evasión impositiva de la fracción concentrada del capital. Como señalan desde la Autoconvocatoria por la Suspensión del Pago e Investigación de la Deuda, espacio que nuclea a figuras como Nora Cortiñas y Adolfo Pérez Esquivel, se trata de una deuda que, pese a ser legal, resulta profundamente ilegítima. Con argumentos similares, el Frente Patria Grande reclama en su programa la anulación del acuerdo con el FMI, levantando una posición que -lamentablemente- resulta minoritaria al interior del heterogéneo frente oficialista. Con todo, los esfuerzos por alcanzar un acuerdo que no ponga en riesgo la sustentabilidad de la economía ni demande un ajuste sobre las condiciones de vida de las grandes mayorías no son poca cosa en este contexto.

Entonces, ¿cuáles son las políticas a proyectar, sobre la base un poco menos incierta que el acuerdo provee? ¿Cómo desandar el camino del empobrecimiento, concentración de riqueza y destrucción del empleo? El relanzamiento, anunciado el mismo martes, del programa Pro.cre.ar de créditos a tasa subsidiada es una medida orientada a dinamizar una economía profundamente herida por la doble pandemia de Cambiemos y el coronavirus. La intervención estatal, lamentablemente abandonada, en el sector de la agroindustria a través del control de Vicentin, hubiese provisto un plafón interesante para la economía de la post-cuarentena.

Por otra parte, el gobernador neuquino Omar Gutiérrez saludó el acuerdo, interesado en el “impacto positivo” que podría tener para la extracción de petróleo no convencional en Vaca Muerta. A la probable reactivación de esta iniciativa, mucho más dañina para el medioambiente que la explotación convencional de hidrocarburos, se le suma la discusión por el establecimiento de granjas industriales para asumir la producción de ganado porcino que China quiere tercerizar. En este punto, justo es decirlo, al gigante asiático le asiste la razón: como resume la periodista Soledad Barruti, las granjas industriales son un verdadero infierno en el que el sufrimiento animal se encuentra con el riesgo de generar nuevas pandemias. La rama rural del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), atenta a esta cuestión, emitió un comunicado en el que plantea la posibilidad de aprovechar la propuesta china para fortalecer la agricultura familiar, generando un entramado productivo que provea empleo y vele por las condiciones ambientales.

Este caso puede tomarse como ejemplo del debate por venir: ¿nos someteremos a una nueva ilusión neodesarrollista, que combine depredación ambiental y desigualdad social o asumiremos de una vez la apuesta por otra forma de producir y trabajar? Una lógica que apueste al fortalecimiento de la economía popular, integrando a la mano de obra que la acumulación capitalista descarta y alumbrando relaciones de producción sin exclusión ni explotación. El fracaso del neodesarrollismo, y la decepción que generó en buena parte de la sociedad, fue condición necesaria para la pesadilla del macrismo. Esperemos ser capaces de no tropezar una vez más con la misma piedra.

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