El Mundo

10 agosto, 2020

La geopolítica de la vacuna

Como todo en esta pandemia, la carrera por lograr inmunizar a la población mundial contra el coronavirus, pone de relieve una serie de tendencias que se han profundizado y que ordenarán el futuro global.

Santiago Mayor

@SantiMayor

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Rusia anunció este 11 de agosto el registro de la primera vacuna contra el coronavirus. Por su parte la Universidad de Oxford, en asociación con la empresa farmacéutica sueco-británica AstraZeneca, sostiene que la suya estará lista en septiembre. En la misma línea se inscriben los laboratorios chinos Sinovac Biotech y Sinopharm, el estadounidense Moderna junto al Instituto Nacional de Enfermedades Infecciosas (NIAID) y la alianza alemano-estadounidense entre BioNTech, Fosun Pharma y Pfizer.

Estados y empresas privadas de ese monstruo que es la industria farmacéutica corren una carrera contra el tiempo donde pesa tanto la necesidad de poner fin a la pandemia como el negocio y las correlaciones de fuerzas de un mundo en transición.

Apurando fases

Sin embargo, en lo estrictamente científico, hay algo que no cierra. Es que especialistas de distintas partes del mundo aseguran que es imposible tener una vacuna debidamente chequeada en un período menor a los 12 o 18 meses. Si la enfermedad lleva menos de un año descubierta ¿cómo puede llegar la vacuna tan rápido?

Toda vacuna debe pasar una fase denominada “preclínica” de experimentación in vitro o en animales. Recién una vez que supera esa etapa comienzan las pruebas en seres humanos.

En términos ideales se trata de cuatro fases, sin embargo hace un tiempo -gracias al lobby de los laboratorios- se empiezan a producir y comercializar a gran escala una vez concluida la fase 3.

En la fase 1 se prueba en pequeños grupos de personas sanas intentando identificar potenciales efectos secundarios y determinando la dosis adecuada. En la fase 2 se amplía el grupo de prueba y se sigue testeando cómo responde el sistema inmune y si hay reacciones no deseadas en el corto plazo.

La famosa fase 3 -en la que según la OMS se encuentran ya seis vacunas (sin contar la rusa)- implica hacer la prueba sobre miles de voluntarios y voluntarias. No a todes se les aplica la vacuna, para poder hacer un seguimiento de cómo reaccionan quienes la recibieron respecto a quienes no.

En el marco de la pandemia de coronavirus la mayoría de estos procesos se han acortado e incluso se han superpuesto fases para acelerar el desarrollo. Al respecto el jefe de emergencias de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Michael Ryan, sostuvo la semana pasada que hay “más de 140 candidatos de vacunas, 26 ensayos clínicos y seis ensayos de fase 3”. El funcionario destacó que han ido “muy rápido”.

Si bien no es descabellado pensar que en breve se logre obtener una o varias vacunas, lo que va a suceder es que el período de testeo, análisis y seguimiento se siga realizando a la par que se aplica masivamente.

En ese sentido, si bien no es descabellado pensar que en breve se logre obtener una o varias vacunas, lo que va a suceder es que el período de testeo, análisis y seguimiento se siga realizando a la par que se aplica masivamente. 

En el peor de los casos se descubrirá con el correr de los meses que la efectividad no era la deseada.

Un mercado de 7500 millones de personas

Quien logre desarrollar la vacuna primero tendrá una ventaja económica incomparable con sus competidores por obvias razones: se trata de un producto que toda la humanidad necesita. En ese sentido no solo debe ser efectiva, sino que debe poder producirse a gran escala de manera acelerada.

Pero también supone otra ventaja en el marco de una economía mundial en crisis. Como señala un artículo de The Wall Street Journal del pasado 27 de mayo, “la vacuna del coronavirus representaría un premio monumental para el país capaz de manufacturarla a gran escala, un triunfo civilizatorio comparable al alunizaje”. 

Es que obtenerla “permitiría al vencedor revivir su economía muchos meses por delante de los demás y entonces seleccionar qué aliados obtendrían luego sus envíos, centrando la recuperación global en su producción médica”. 

La guerra fría del siglo XXI

El ascenso de China es un proceso que se viene dando hace décadas. A la par, los EE.UU. están sufriendo un retroceso aunque sin dejar de ser -por ahora- la primera potencia mundial. Estas tendencias parecen haberse profundizado y acelerado durante la pandemia en el marco de un conflicto que abarca múltiples dimensiones.

La diferencia en la respuesta de ambos Estados ha sido notoria. Donald Trump señaló pocos días atrás que su país se aseguró (acaparó) el 90% del suministro mundial del antiviral remdesivir, utilizado para el tratamiento del Covid-19. Asimismo declaró que es probable que EE.UU. logre tener una vacuna “antes de las elecciones” presidenciales de noviembre. 

El foco del mandatario está en la política doméstica y en lograr una reelección que hoy está bastante en duda.

Como contracara, el gigante asiático que fue el primero en sufrir el virus, ha enviado profesionales de la salud a decenas de países para compartir su experiencia en el combate contra la enfermedad.

Asimismo en mayo el presidente chino, Xi Jinping, informó que su país otorgará créditos por dos mil millones de dólares durante los próximos dos años para ayudar a países afectados por la pandemia. En la misma sintonía el ministro de Relaciones Exteriores, Wang Yi, declaró en julio que Beijing concederá un crédito de mil millones para que los países de América Latina y el Caribe adquieran la vacuna.

A esto se suma una particularidad del capitalismo chino: la fuerte articulación entre el capital y el mando político del Estado -el Partido Comunista- le permite un nivel de planificación estratégica mucho más clara y eficaz. Concibe un proyecto de expansión global más ordenado que se apoya en una sociedad disciplinada y férreamente controlada.

En cambio en los EE.UU. la voracidad de las empresas no siempre coincide con los intereses del país y su objetivo de seguir hegemonizando el tablero mundial. Además la política doméstica y la conflictividad interna que atraviesa en distintos niveles (desde las manifestaciones callejeras hasta la errática administración Trump) juega un papel que también dificulta el desarrollo de su política exterior.

Por eso, aún si es una compañía estadounidense la primera en obtener una vacuna, difícilmente Washington pueda capitalizarlo de la misma forma que su principal adversario global. 

El resultado de esta carrera no modificará las tendencias vigentes. Dependiendo de lo que suceda podrá demorarlas un poco o, por el contrario, llevarlas hasta el final en un mundo que, más temprano que tarde, correrá su centro definitivamente hacia oriente.

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