Cultura

6 septiembre, 2020

Gilda, la santa popular que transformó la cumbia

A 24 años de su muerte, recordamos a Gilda: una mujer que con su música alzó la voz para manifestar desigualdades. Traspasando géneros y clases sociales, expresaba libertad en cuerpo y alma.

Miriam Alejandra Bianchi era maestra jardinera y madre de dos hijos. Atravesada por las formas de vida de su época, dedicaba gran tiempo y esfuerzo a las tareas del hogar, el cual compartía con su novio de toda la vida. Una mañana leyó un aviso clasificado en el diario en el que pedían vocalistas para un grupo musical, pero su deseo de subirse a un escenario se veía muy lejano: la oposición de su marido y su familia eran muy fuertes.

Era una época devastadora a nivel social y político, la gente estaba desanimada: el neoliberalismo avanzaba y la pobreza crecía. No resultaba fácil ser mujer en los 90’, una década colmada de estereotipos, y mucho menos acercarse a la cumbia, que era un género musical hasta ese entonces vinculado a figuras masculinas. 

Sin embargo, Miriam logró vencer las barreras de su entorno, de los productores e incluso del público: “Yo no tengo drama con mi cuerpo, aunque fue una traba muy fuerte para ser aceptada en la movida tropical. Se usaban mucho las rubias espectaculares tipo vedette y yo con mi cuerpito y mi cara no daba ni ahí con lo que se esperaba. Por eso al comienzo se me cerraron muchísimas puertas. Esta garganta y este corazón hicieron que la gente me quiera como soy”. Sus botas de cuero, sus polleras y su corona de flores traspasaron todos los prejuicios dando un revés a la cumbia, y nadie pudo bajarla de los escenarios una vez que subió a ellos convertida en Gilda.

No te quedes afuera

Gilda se convirtió en un boom indiscutible que, con sus letras, su voz y su corazón, traspasaba todo género y clase social a la hora de mover las caderas. Los estereotipos voluptuosos, el machismo reinante en las bailantas y la tristeza de época quedaban atrás cuando ella subía a los escenarios. Logró romper la escena de la cumbia tropical, y meterse en la idiosincrasia cultural del pueblo, poniéndole voz a lo que mucha gente no se animaba a decir. Conquistó a los varones, a los cumbieros, pero en especial a las mujeres que veían ella una posibilidad de autonomía.

Con sus letras hablaba de temas que no eran muy comunes en los boliches de ese tiempo: del amor y el desamor, pero también de mujeres que se plantan y dicen basta, que se escapan por la ventana para gozar una noche de cumbia. Con un “te cerraré la puerta en la cara”, “todo eso fuiste, pero perdiste” y “pasito a pasito yo voy a dejarte” fue inventando pequeños lemas que contagian las ganas de decidir y liberarse de aquella idea de amor que sólo lastimaba. Para ella la mujer no era esa figura perfecta que mostraba la televisión, siempre sonriente y disponible ante las necesidades de les demás. Gilda era deseo puro, goce y alegría. Con su mirada luminosa y comprensiva, cantaba lo que muches no podían decir.

Sin embargo, sus letras no representan sólo a las mujeres, con algunos de sus famosos hits logró llegar a esas personas que en general no se veían reflejadas en ninguna canción: aquellas que no aman heterosexualmente y que gran parte de la sociedad, hasta el día de  hoy, reprime con violencia. Aquellas que, 24 años después, cantan bien fuerte en las Marchas del Orgullo “no me arrepiento de este amor” al ritmo de los parlantes. En una entrevista una vez dijo: “Dios tendría que haber hecho a las personas sin sexo, para que cada una elija la que más se identifica. Lo lindo sería que cada uno pueda ser como es.” y eso definitivamente se ve en cada palabra que dedicó a su público, donde ser une misme es lo principal.

Quisiera no decir adiós pero debo marcharme

Cada fin de semana los shows se multiplicaban y un ritmo vertiginoso instalaba a Gilda como ícono en la música tropical. Llegando a su pleno auge, comienza a sentir el cansancio de aquellas intensas giras, y sus más allegades lo confirman. Según el libro Santa Gilda (Editorial Planeta, 2016) el periodista Alejandro Margulis, quien accedió a los diarios íntimos de la cantante y a algunas de sus letras inéditas, en mayo de 1996 la artista le escribe a quien fue su última pareja, Juan Carlos Toti Giménez: “Tengo miedo de que la muerte nos encuentre. Si eso pasa, no quiero que nos encuentre separados y que después alguno de los dos no pueda arreglar las cosas. Me siento mal”.

Para ese entonces, el frenesí de discos, conciertos, entrevistas y admiradores era imparable. Sus fans la siguen con devoción y hasta aseguran que su energía era milagrosa, capaz de sanar a cualquiera que lo necesitara. Y si de santa se trataba, compone “no es mi despedida”, una canción que atisba la profecía que no tarda mucho en cumplirse. 

No pienses que voy a dejarte, no es mi despedida, una pausa en nuestra vida, un silencio entre tú y yo

El 7 de septiembre de 1996, viajaba con su banda y parte de su familia en un micro rumbo a Entre Ríos. En el kilómetro 129 de la Ruta 12, un camión choca de frente contra el colectivo, provocando un accidente fatal en el que muere su madre, su hija mayor, tres de sus músicos, el chofer, y con solo 34 años, Gilda se convierte en leyenda. Sus fanáticos levantaron un altar al costado de la ruta y desde entonces, centenares se acercan a su santuario con flores, velas y estampitas a refugiarse de angustias, pedirle favores y cobijar deseos. 

El colectivo de la tragedia, en el santuario de Gilda (Télam)

La santa popular que transformó la cumbia y trajo al pueblo alegría y esperanza, sigue viva y seguirá sonando en cada rincón. “Cumbia es alegre amor para los pueblos. Cumbia es la libertad en cuerpo y alma. Cumbia es vida. Nadie podrá apagar la voz de mi gente”.

Agustina Lanzillotta, Malu Rodríguez Sordi y Agos Concilio.
Integrantes de BARDO – Colectivo Contracultural

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