Ambiente y Hábitat

6 septiembre, 2020

Los residuos son de todos, las ganancias son de ellos

Que los residuos son un problema no es ninguna novedad. Que el sistema actual de gestión de los mismos en nuestro país es obsoleto, tampoco. Hay numerosas acciones que diferentes organizaciones llevan adelante y que proponen una nueva forma de relacionarnos con ellos. Sin embargo, las empresas, sus cámaras y muchos sectores en nuestro país no están de acuerdo.

Santiago Sorroche*

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El problema de los residuos

En nuestro país, actualmente, los residuos tienen 3 destinos posibles. En las grandes ciudades son enviados a rellenos sanitarios donde los estados municipales pagan tanto por su traslado como por su “tratamiento” -un enterramiento supuestamente controlado-. En ciudades o pueblos más pequeños generalmente son enviados a basurales a cielo abierto, antiguas tosqueras o canteras sin ningún tipo de contención ambiental. La tercera opción, no acompañada por los Estados locales, en la mayoría de los casos, es desarrollada por cartoneros y cartoneras independientes u organizados en cooperativas que, día a día, impiden que residuos reciclables no sean enviados a disposición final y, por lo tanto, puedan volver a la industria. 

En este esquema, vemos cuatro actores: las empresas que se encargan de la gestión, los estados locales, les cartoneres y todes les seres humanos, generadores de residuos. Sin embargo, en este esquema está invisibilizada una de las patas centrales en lo relativo a la generación de residuos, las empresas productoras de envases, que generan tanto nuestros futuros residuos como los derivados de sus procesos productivos. 

La responsabilidad extendida del productor

En muchos países del mundo, quien produce un producto y lo comercializa en un envase, debe hacerse cargo de la recuperación de ese envase, tanto para eliminar la contaminación como, también, recuperar materias primas que en muchos casos no son renovables, por ejemplo los plásticos son derivados del petróleo. 

De esta forma, se ha establecido un concepto denominado “Responsabilidad Extendida del Productor”. Es decir, si yo produzco -supongamos- gaseosas, debo hacerme cargo de las botellas que quedan una vez finalizado el consumo del producto, haciendo que las mismas sean dispuestas en los rellenos y basurales y, por lo tanto, que no se puedan recuperar. A través de este sistema, entonces, se financia la recuperación y reciclado de los materiales reciclables -ya veremos algunas de las propuestas para nuestro país-. Al mismo tiempo, los residuos electrónicos y eléctricos -entre otros- también cargan con una tasa para su posterior tratamiento una vez descartados. Esto es lo que regula lo que denomina mundialmente “Ley de Envases”

Al mismo tiempo, una correcta ley de envases permitiría limitar la utilización de algunos materiales cuya recuperación es dificultosa, como pueden ser los envoltorios de galletitas o golosinas, cuya recuperación es difícil y, por lo tanto, se suelen disponer. Así se busca la utilización de materiales que puedan ser reciclados. Casos como las llamadas “botellas de amor” son propuestas de empresas que, lamentablemente, no están dispuestas a pagar por esos materiales y se aprovechan de la gente para no pagar por los mismos.  

Y en la Argentina ¿Qué pasa?

En nuestro país ha habido varios intentos de ley de envases. Los ha habido a favor de las empresas y sus cámaras que -por suerte- no pudieron prosperar por la movilización de sectores ambientalistas o cartoneros. También las ha habido de las organizaciones cartoneras que buscan el control estatal de estos fondos para poder financiar sistemas de recolección diferenciada con inclusión social. 

Es un camino difícil en un país donde los medios bombardean diciendo que cualquier regulación estatal repercute en el cierre de empresas o, también, en disuadir la inversión empresarial. No hay que olvidar que, en estos casos, son medidas que repercuten sobre algunas de las empresas más grandes que, incluso en este contexto, no han dejado de ganar millones. 

Por otra parte, los argumentos llegan a niveles ridículos -como que las pilas no contaminan o que la incineración para generar energía sería un mejor propuesta-. Estos planteos recuperan modelos europeos donde, tanto las condiciones socioeconómicas como de generación de energía, no tienen absolutamente ninguna relación con nuestra realidad. 

Como nos demuestra cualquier análisis o revisión de las problemáticas ambientales es necesario el control estatal acompañado de la ciudadanía en general. Las empresas siempre tratan de escapar a la externalidades que generan sus procesos productivos, todo en pos de aumentar sus ganancias. 

Una ley de envases permitiría, en nuestro país, mejorar las condiciones de trabajo de los más de 200.000 cartoneros y cartoneras que recuperan miles de toneladas diarias. Posibilitará una disminución en el gasto de divisas en materias primas que, fácilmente, pueden volver a la industria -como lo muestra esa fetichista publicidad del gobierno de la Ciudad-. Esto, claro está, sin contar el claro impacto sobre un sistema de gestión de residuos que, además de contaminar, se encuentra al borde del colapso.

*Antropólogo UBA/CONICET

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