Ambiente y Hábitat

14 septiembre, 2020

Salud urbana y Covid-19

La pandemia desnudó una serie de desigualdades estructurales en la Ciudad de Buenos Aires, la más rica del país. En esta nota nos proponemos abordar un diagnóstico de cómo habitamos las ciudades y particularmente la CABA y qué efecto tiene esa forma de vivir en nuestra salud.

Julieta Sragowicz* y Sebastián Gatti**

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Este modelo de Ciudad es lo que enferma

La pandemia que estamos transitando desenmascaró una serie de desigualdades estructurales a las que nos hemos estado refiriendo en las diversas notas publicadas al respecto en este medio. Los tiempos de crisis son tiempos de oportunidades, pero a la vez de profunda incertidumbre, que nos obligan a repensar algunas cuestiones.

En esta nota nos preguntamos cómo habitamos las ciudades, particularmente la Ciudad de Buenos Aires, para seguir delineando respuestas que nos permitan construir un proyecto urbano alternativo desde la salud colectiva. En ese sentido, creemos que es importante abordar este problema de manera integral, pensando cuáles son las condiciones de las viviendas que habitamos, cómo nos trasladamos dentro de la ciudad, cómo nos vinculamos con los espacios públicos, qué lógicas predominan en su ocupación y usos, etc. 

A primera vista podríamos sostener que habitamos esta ciudad apretades. “Viajamos como sardinas”; “Vivimos apilades”, si habremos dicho o escuchado estas frases. El hacinamiento, la falta de infraestructura y acceso a servicios básicos enferma. Siempre lo supimos, lo supieron los higienistas en el siglo XIX con la epidemia de fiebre amarilla y el diseño de los parques de la Ciudad. Pero como para no olvidarnos, el SARS-CoV-2 lo desenmascaró de manera muy cruda con situaciones como las de la villa 31 con 53% de su población contagiada mientras que en Madrid, que fue epicentro de la pandemia en el mes de marzo, los estudios hablan de un 11% -aún no tenemos datos de CABA-. 

Al inicio de la epidemia en nuestra ciudad, les vecines de la villa 31 venían reclamando por la dificultad en el suministro del agua (vale recordar que entre las vecinas se destacó Ramona, quien murió por Covid). Este problema que se visibiliza de manera tan cruda y mediática viene siendo una constante cuando pensamos las enfermedades relacionadas con el hacinamiento. El ejemplo paradigmático es la tuberculosis, según un informe realizado por la Dirección General de Estadísticas y Censos de CABA el 20% de los casos denunciados en el 2013 corresponden al área programática del Hospital Piñero en el Bajo Flores en la comuna 7.

El fenómeno de densificación de las ciudades, es de larga data y está íntimamente relacionado con el sistema depredatorio en el que vivimos. El capitalismo global ha ido expulsando a las poblaciones rurales y trasladándolas a las ciudades. La histórica dicotomía entre desarrollo y atraso, entre cultura y barbarie no tiene que ver con ese proceso. Lo que pasó es que el campo comenzó a tener otro rol, ya no vinculado a la producción de alimentos para el consumo de les habitantes de la región, sino al cultivo de materias primas para la exportación. Es decir, se expulsa a las poblaciones rurales hacia las ciudades para poder garantizar el flujo de capitales, ni más ni menos. 

En Argentina ese proceso comenzó en la década del 40 a la par del proceso de industrialización que requirió mayor mano de obra en los centros urbanos. Desde la década del 60 en todo el mundo entra en crisis el Estado de Bienestar y comienza a surgir como contraparte el neoliberalismo, que se instaura en Argentina con la última dictadura cívico militar y se profundiza en la década del 90. De la mano del neoliberalismo, las privatizaciones y la convertibilidad, el desempleo aumenta de manera dramática generando mano de obra desocupada y subocupada de a millones en los centros urbanos. Este fenómeno de urbanización de la mano del aumento del desempleo produjo la expansión de la tugurización en áreas urbanas y periurbanas, profundizando un modelo urbanístico basado en la segregación radical del espacio. 

Como contraparte, los excedentes en dólares que se generan de la exportación de commodities (como por ejemplo la soja) es utilizado para realizar inversiones inmobiliarias, es decir, para aportar a la especulación inmobiliaria a partir del uso del ladrillo como reserva de valor. Se genera a su vez un usufructo de inmuebles y predios fabriles sin uso que significaron la oportunidad de refuncionalizar y mercantilizar sectores urbanos que no lo eran previamente. 

Esto implicó la gentrificación de determinados barrios (especialmente próximos a las grandes centralidades de la ciudad) con el consecuente desplazamiento de las poblaciones que allí habitaban. Este fenómeno se ha dado en las grandes capitales del mundo (Nueva York, Berlín) y tienen su expresión local, por ejemplo, en la zona de Barracas y La Boca en la comuna 4 de CABA o toda la “puesta en valor” de las dársenas de Puerto Madero en la década del 90.  En parte a esto nos referimos cuando decimos que las viviendas se volvieron un valor de cambio y no de uso. ¿A dónde nos llevó esto? Tenemos entonces al 93% de nuestra población viviendo en áreas urbanas, una agricultura sin agricultores y ciudades con miles de viviendas vacías. 

¿ Y por CABA cómo andamos?

Este proceso de precarización de la vida tiene un impacto particular en la ciudad más rica del país, y a su vez una expresión diferencial entre la zona sur y la zona norte de la misma. Cerca de 250.000 de los 3.000.000 de porteñes viven hoy en las distintas villas de la Ciudad (es decir, padecen la falta o deficiencia de suministro de servicios básicos como agua, luz, gas, internet, recolección de residuos). Cabe destacar que ese proceso de densificación demográfica no fue de crecimiento regular desde la década del 40 sino que tuvo su correspondencia con los acontecimientos políticos y socioeconómicos de nuestro país. La población habitando en villas pasó de 280.000 en 1977 a tan sólo 12.000 en 1983, producto del  plan sistemático de erradicación forzada ejecutado en la última dictadura.

Tras la recuperación de la democracia hasta los inicios del nuevo siglo, se muestra un crecimiento paulatino de la población. Sin embargo, y en consonancia con el proceso de pauperización que mencionamos anteriormente, entre el  2001 y el 2010 la población en villas aumentó un 50% mientras la población de la ciudad se mantuvo estable.

“Mientras el promedio de personas por hogar en CABA es de 2.1, este valor se incrementa de manera notable en la zona sur donde en promedio el 14% de los hogares son habitados por más de 5 personas. En la comuna 4 el 25.7% de los hogares presentan hacinamiento y en la 8 el 21.6%”

Ahora bien, pongamos el foco en la diferencia de habitabilidad entre la zona norte y la zona sur. Mientras el promedio de personas por hogar en CABA es de 2.1, este valor se incrementa de manera notable en la zona sur donde en promedio el 14% de los hogares son habitados por más de 5 personas. En la comuna 4 el 25.7% de los hogares presentan hacinamiento y en la 8 el 21.6%. 

El acceso a la vivienda es uno de los principales problemas de la ciudadanía. De un informe del Observatorio de Vivienda de la Ciudad de Bs As del año 2018 se desprende que el 35.1% de los hogares son inquilinos. En los últimos 14 años la proporción de hogares inquilinos creció 11 puntos porcentuales (pasó de 23.9% en 2003 a 35.1% en 2017) y los hogares propietarios han decrecido en casi iguales proporciones (64.4% en 2001 y 52.2% en 2017).

Como contrapartida, la ciudad cuenta con más de 60.000 viviendas vacías. Es interesante (bien podríamos decir indignante y alarmante) este dato porque según el censo del 2010 hay 70.317 hogares porteños que viven en  condiciones de vulnerabilidad habitacional (algo así como 650.000 habitantes entre pobladores de villas y asentamientos, ocupantes de casas y edificios, inquilinos de hoteles, pensiones e inquilinatos, residentes de viviendas construidas por el Estado e incluso inquilinos formales que viven en situación de vulnerabilidad). 

“El boom de la construcción no está orientado a resolver (o mínimamente abordar) el grave déficit habitacional existente, sino que responde a una lógica de mercado que simultáneamente, ha tenido como correlato un significativo aumento del costo de la propiedad, con una tendencia creciente que se mantiene hasta la actualidad, volviendo “el sueño de la vivienda propia” aún más difícil para sectores medios y bajos”

Pero ¿cómo puede ser que sea esta la realidad en nuestra ciudad cuando en los últimos 15 años se construyeron casi 28 millones de m2? Pues bien, el 75% de las la construcción de nuevas viviendas o ampliación en metros cuadrados se concentraron en las comunas más caras y densamente pobladas (1, 2, 11, 12, 13 y 14). Es decir, el “boom” de la construcción no está orientado a resolver (o mínimamente abordar) el grave déficit habitacional existente, sino que responde a una lógica de mercado que simultáneamente, ha tenido como correlato un significativo aumento del costo de la propiedad, con una tendencia creciente que se mantiene hasta la actualidad, volviendo “el  sueño de la vivienda propia” aún más difícil para sectores medios y bajos. 

Un rayito de sol, un viento fresco

La vivienda ocupa un lugar central a la hora de pensar nuestra salud, pero como decíamos al inicio, no es la única variable que merece la pena ser analizada, más aún en el contexto de la pandemia y el vínculo directo que existe entre los contagios, el hacinamiento y la dificultad de transitar el espacio público. Pongamos el foco en los espacios verdes, que cumplen un rol clave en tanto absorben el ruido y disminuyen la contaminación sonora.

“La distribución de espacios verdes también se explica en base a la desigualdades que atraviesan la ciudad. Los barrios con mayor valor por m2 son los que tienen más espacios verdes”

 Según una recomendación de la Organización Mundial de la Salud debería haber entre 10 y 15m2 de espacio verde por habitante. Este valor en CABA es de 5,56, descendiendo a 3 m2 si consideramos sólo espacio público. Y como todo, la distribución de espacios verdes también se explica en base a la desigualdades que atraviesan la ciudad. Los barrios con mayor valor por m2 son los que tienen más espacios verdes. 

Mientras esa es la realidad sobre el espacio público, en la Ciudad de Buenos Aires hay aproximadamente 150.000m2 (un equivalente a 50 manzanas) que son de inmuebles del Estado, los cuales se han puesto en venta. Según la normativa del GCBA de esas 50 manzanas, 36 serían espacio público, lo que no implica el aumento del espacio verde necesariamente ya que incluye mobiliario urbano.

Por otra parte, tampoco implica una mejoría en las condiciones de acceso a la vivienda ya que son pocos operadores en el mercado los que pueden acceder a la compra de esos inmuebles en los remates (Edificio del Plata a IRSA y Tiro Federal a Werthein) y para propiedades destinadas a sectores de altos ingresos.   

No voy en tren (ni en subte, ni en colectivo)

Por último, merece una mención un tema por demás complejo como el transporte urbano. Como decíamos, en la ciudad habitan aproximadamente 3 millones de porteñes, pero diariamente ingresan otras 3 millones de personas.

De esa fotografía, a priori se desprende que es imposible encarar el problema de la movilidad sólo desde la conducción política de la ciudad sino que va a necesitar un enfoque metropolitano. Si a esto le sumamos que los colectivos y trenes se encuentran bajo la órbita del Estado Nacional, son 3 los gobiernos que deberían ponerse de acuerdo en la gestión de la cuestión. Pero si bien esto es cierto, también es cierto que el ingreso de 3 millones de laburantes a producir y consumir en la Ciudad implica una gran transferencia de recursos. 

Yendo a los datos más concretos, el uso de automóvil ha pasado de cubrir el 15% de los viajes diarios en 1970, a casi el 36% en 1997. Y siguió en ascenso hasta superar el 40 % para 2007. En contraste, el uso de modos masivos cayó del 67% al 39 % en igual período. Esta tendencia deviene en una utilización crecientemente inequitativa del espacio público vial, a la par que agrava los índices de congestión y contaminación metropolitanas, particularmente en los accesos y áreas centrales de la región. Para ejemplificar, en la Ciudad de Buenos Aires la emisión de gases de efecto invernadero alcanzan un valor real de 4,29tn CO2eq/Hab, y el valor de referencia ideal es de  2,17 CO2eq/Hab y el 94% de les porteñes están expuestes a niveles de ruido crítico. 

Es innegable que el PRO ha tenido una política activa relacionada al transporte urbano con el desarrollo del metrobus, la línea H de subte (muy por debajo de la promesa inicial de 10kms por año) y de ciclovías. Pero es importante destacar que así y todo se gastan horas de vida diarias en traslados y, para colmo, en condiciones de hacinamiento. La imagen de subtes, trenes y colectivos colapsados hoy parecen ciencia ficción y nos permitimos hipotetizar que posiblemente pase mucho tiempo (¿años?) antes de que esas imágenes sean aceptables. El circuito de ciclovías, las bicicletas públicas e incluso los monopatines parecen ser una alternativa a considerar, sin subestimar que las distancias en la ciudad hacen que no sean una opción para todes. Las señales dadas en estos años de todas formas confirman la dualidad de nuestra ciudad. 

A inicios de este año se cerraron 20 estaciones de ecobici, todas en la zona sur de la ciudad y según un informe realizado por Elio Campitelli, desde agosto del 2019 a enero del 2020 se dejaron de ofrecer aproximadamente 1000 bicicletas. El otro fenómeno que se puso de “moda” en el 2019 es el sistema de monopatines públicos. Acá el lucro privado es bastante claro ya que se trata de un medio de transporte ofrecido por empresas privadas a un costo muy elevado y con una planificación centralizada en los barrios más ricos del norte de la ciudad.

La pandemia y más allá

La salud colectiva intenta dar una mirada sanitaria en la que lo biomédico se encuentra subsumido en lo social. La forma de habitar nuestras ciudades se transforma de esta manera en una variable de gran relevancia para pensar nuestra salud. La pandemia desnudó una serie de desigualdades estructurales que en la ciudad de Buenos Aires tienen, además de larga data, una dualidad geográfica marcada en norte-sur y a partir de esa forma tan distinta de habitar la ciudad se conforman perfiles epidemiológicos bien distintos.

“Proponemos pensar un poder colectivo para remodelar y recuperar la esfera de lo público a partir de comprender la diversidad; con participación popular creativa y creadora para poder habitar la ciudad de manera realmente saludable”

La especulación inmobiliaria expulsa población, y la que no es expulsada es aglutinada y vive hacinada. Como contrapartida el Estado, lejos de frenar la lógica del mercado, promueve la concentración de las riquezas urbanas y despliega una política activa de privatización de lo público. Se intenta vender una marca “BA” que en realidad tiende a homogeneizar la ciudad, borrando la identidad y la historia de nuestros barrios, transformándonos en clientes,  espectadores y consumidores de la Ciudad. Proponemos pensar un poder colectivo para remodelar y recuperar la esfera de lo público a partir de comprender la diversidad; con participación popular creativa y creadora para poder habitar la ciudad de manera realmente saludable.

*Militante de Vamos y del MTE

**Médico integrante del Movimiento de Salud Irma Carrica

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