Batalla de Ideas

23 septiembre, 2020

Notas psi: El nombre de la cosa

Aunque a veces se nos complique, como seres atravesados por el lenguaje, sabemos cómo hacer cosas con palabras. Lo que se nos hace muy difícil es hacer cosas cuando no existen palabras para nombrarlas. El solo hecho de que no existan palabras nos dice algo sobre esas cosas. Lo primero que nos dice es que para construirlas vamos a necesitar otras herramientas.

Mercedes Perullini*

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Con Emilia tenemos una relación difícil. Para empezar, y no se trata solamente de una cosa más, sino que es justamente el principio del problema: no hay palabra en el lenguaje para definir nuestro vínculo. Y estarán de acuerdo conmigo en que es muy difícil sino imposible construirse cuando no hay palabras para nombrarnos. Ya en el evangelio tenemos referencias a la potencia creadora del mundo que tiene la palabra: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”, Evangelio según Juan 1:1. Y cito esta fuente no por su carácter religioso sino por su carácter antiguo, que el diablo sabe más por viejo que por diablo. La palabra no solo describe la realidad, sino que la crea y es ahí en esa función performativa del lenguaje donde me siento estafada. No hay palabras que definan qué es Emilia para mí, ni tampoco las hay para que ella pueda decir qué soy yo en su vida.

Si tuviera que definir de alguna manera qué es Emi para mí, a partir de las opciones que tengo disponibles en la lengua, diría “mi hija”. Pero eso no es así ni legal ni biológicamente hablando. Entonces me veo obligada a decir “es la hija de mi pareja” y esto, si bien es verdad, al mismo tiempo es una gran mentira. Es verdad porque efectivamente es hija (con todas las letras) de Pablo y porque Pablo es mi pareja. Es una gran mentira porque cuando yo la defino de esa manera simultáneamente niego cualquier otro vínculo más importante con ella. Sería como presentar a mis hijas (biológicas) diciendo “Luciana, una chica que vive en Ciudadela” o “Anabel, dirigente de un grupo Scout”. Entonces, cuando digo “Emilia es hija de mi pareja” queda implícito que mi relación con ella es a través de su padre y por lo tanto niego que exista un vínculo directo entre Emi y yo.

Para peor de males, este problema en el lenguaje se sigue expandiendo en el seno de mi nueva familia. Por ejemplo, si quiero referirme a Florencia, tampoco encuentro palabras. Se me presentan dos opciones y no termino de decidir cuál es peor: puedo decir que “es la ex pareja de Pablo” o bien que “es la madre de Emilia, hija de mi pareja”. El lenguaje me niega doblemente la existencia de Florencia en mi vida como un vínculo genuino. En el primer caso, quedo relacionada a ella a través de Pablo quien, según las palabras disponibles, ya no estaría vinculado a Florencia. En el segundo caso, mi vínculo es doblemente lejano: a través de Emilia y a través de Pablo. El lenguaje viene a gritarme en la cara que no puedo amar a Florencia como tampoco puedo amar a Emilia. Y las amo. Tenemos un vínculo muy fuerte y de mucho amor, somos una familia. Por otro lado, además de Emi y Flor, también hay otres integrantes de mi familia que tampoco tienen ‘nombre’: sea porque no siento justo definir a Miguel -¿mi ex?- por lo que ya no es o porque gente muy cercana me va quedando cada vez más lejos en el lenguaje (por ejemplo, la madre y les hermanes de Flor ya me quedan a tres ‘nodos’ de distancia).

Volviendo a mi relación con Emilia, cuando busco palabras para que me ayuden a definir nuestro vínculo, me hundo cada vez más. Encuentro ‘madrastra’ y la siento horrorosa. Con solo pronunciarla, el imaginario colectivo nos devuelve una tirana que ocupa el rol de la madre sin ningún deseo materno, nos evoca una larga serie de maltratos perpetrados por la madrastra de Cenicienta y extensivos a todas y cada una de las madrastras. Y algo de esto no es solo cuento, sino que efectivamente el rol de la madrastra surge fundamentalmente de la fuerte opresión de las mujeres en una sociedad patriarcal con roles de género muy específicos. El hecho de que las mujeres estén restringidas a las tareas domésticas y de cuidado y que queden por fuera del circuito externo de producción y de circulación del dinero, tiene una doble consecuencia: al enviudar una mujer necesita volver a contraer matrimonio (por una cuestión de subsistencia) y un hombre viudo con hijes necesita imperiosamente una nueva esposa para que realice las tareas de cuidado en el hogar. Así aparece en escena la típica ‘madrastra’ del mundo capitalista, no la del cuento, sino la de carne y hueso, aquella que no ve otra opción que juntarse con el primer hombre que se cruza en su camino para subsistir económicamente (y para que sigan comiendo sus propies hijes, por ejemplo). Es muy fácil imaginar que posiblemente esta mujer no tenga deseos de construir un vínculo sexo-afectivo con su nuevo marido y que simplemente ocupe un rol de cuidado de sus hijes pero sin ningún deseo materno. Siendo así, en el mejor de los casos podría ser un cuidado sin amor. El diccionario nos aporta dos definiciones de ‘madrastra’: 1) Mujer del padre de una persona nacida de una unión anterior de este y 2) Madre que trata mal a sus hijos. Y nos aclara incluso que, en esta segunda acepción, también puede usarse en sentido figurado, por ejemplo en la frase “La naturaleza es madrastra de los hombres”. Esto termina de darme la razón para no usar de ninguna manera esta palabra en la construcción de mi vínculo con Emilia.

Aunque a veces se nos complique, como seres atravesados por el lenguaje, sabemos cómo hacer cosas con palabras. Lo que se nos hace muy difícil es hacer cosas cuando no existen palabras para nombrarlas. El solo hecho de que no existan palabras nos dice algo sobre esas cosas. Lo primero que nos dice es que para construirlas vamos a necesitar otras herramientas, al menos en lo inmediato. Es decir, una vez que identificamos que el lenguaje no nos está acompañando en la profunda transformación que se está dando en lo social y que no atañe solamente a cuestiones de identidad de género sino que es mucho más abarcativa, se torna imperioso modificarlo. Este proceso claramente está sucediendo, pero tiene tiempos que no son compatibles con la necesidad particular, que es actual y urgente. Hoy necesito una palabra que no tengo y va a llevar tiempo tenerla disponible. Que la lengua nos acompañe conlleva un proceso de deconstrucción y construcción necesariamente largo. No se trata de imponer formas o palabras. Sí se trata de ponernos en acción y de exigir que se nos escuche en nuestros reclamos para que el lenguaje refleje, entre tantas otras cosas, que nuestras relaciones de parentesco se van dando cada vez más por afinidad, como las entiende Donna Haraway. Pero también es importante tener en cuenta que esto puede llevar más tiempo del que podemos esperar en lo inmediato y que necesitamos hacer otras cosas con lo que nos acontece.
Por suerte, Emi sabe jugar. Y yo estoy aprendiendo también. Jugamos a muchas cosas, pero por sobre todo, jugamos a la mamá. Ya desde hace tiempo empezamos a hacer juegos de roles en los que ella es mi hija y van pasando distintas cosas en el juego, que de a poco se solapan y confunden con lo que acontece por fuera (como sentarnos a la mesa para almorzar juntas, y ya no saber si eso también era parte del juego o no). Así, a veces sigo siendo mamá de Emilia sin solución de continuidad con el juego. Esa es justamente nuestra ‘solución’: que la diferenciación entre el juego y la realidad no sea tajante, que pueda haber un continuo entre ser y no ser su mamá, que no nos trague el implacable dualismo del lenguaje.

Me gustaría aclarar que el juego no es por y para Emilia. El juego es de las dos; nos construye a ambas. Les adultes tenemos mucho menos posibilitada esa dimensión del juego en nuestra vida. En este sentido se me ocurre que tal vez podríamos incorporar más activamente a Winnicott, que nos propone no solamente un marco teórico sino fundamentalmente muchas herramientas clínicas para recuperar la importancia del juego como ese espacio intermedio, esa zona neutral en la interface que nos permita cierta plasticidad, cierto ‘juego’ en la construcción de nuestras subjetividades. Jugar es hacer, y las palabras pueden (o no) ser parte del juego. Tener en cuenta esto pasa a ser fundamental cuando no hay palabras. Necesitamos construir un psicoanálisis en el que no se parta de la premisa de que todo es “porque hay lenguaje”. Muchas cosas son sin palabras, o incluso son porque no hay palabras.

*Investigadora (CONICET) y docente (UBA); [email protected]

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