Batalla de Ideas

14 octubre, 2020

NotasPsi: Inimaginable

Los tránsitos desesperantes del acompañar a una persona por los laberintos kafkianos del progresivo quite de recursos para les que menos tienen en la ciudad de Buenos Aires.

Juan Blum*

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Un inmigrante venezolano vino hace dos años, trabajó en negro, tuvo un acv y quedó con una discapacidad motriz. Su rehabilitación en el Roca quedó cortada por el covid, no le dejan en claro cuándo podrá retomarla. No puede aplicar a la pensión por discapacidad porque no tiene cinco años de residencia en el país. Su familia está repartida por Sudamérica, uno más pobre que el otro. Un cuñado que vive en un país aledaño a la Argentina en una habitación con otras cuatro personas le dice que va a tratar de juntar algo de dinero para mandarle, Gerónimo sabe que es muy poco probable que pueda. Está comiendo de los bolsones solidarios de comida que le entregan y vistiéndose con las donaciones de ropa. Lo banca desde hace meses un amigo en su departamento. Pero este amigo va a emigrar a Uruguay, por lo que se quedará en lo inmediato sin lugar para vivir.

De la instancia que da subsidios habitacionales en la Ciudad de Buenos Aires lo hicieron esperar todo el día en una oficina para después decirle que hay gente que los necesita más que él. Eso quiere decir que hay gente que ya está en la calle y él todavía no (después a él le pareció que se había presentado demasiado prolijo). De una ONG que ayudan a personas con consumo problemático de sustancias dándoles albergue y enseñándoles un oficio, tampoco lo toman porque no tiene consumo problemático de sustancias. Gerónimo se pregunta si no sería mejor irse a la calle y consumir durante un tiempo, si así sí obtendría ayuda.
Dos organismos que se ocupan de los migrantes a los que hemos pedido asistencia no han dado respuesta aún.

Llegó el momento de dejar el departamento, una agrupación de venezolanos que hacen compras comunitarias de comida para ayudar a sus compatriotas decide hacer una excepción y junta plata para el primer mes de habitación en la pensión más barata que Gerónimo pudo encontrar. Ahora tiene un mes para insistir con el subsidio habitacional –de conseguirlo tendría cubiertos dos tercios del alquiler mensual- necesitará juntar lo que falta para completar cada pago. Un compañero de pensión le ofrece dinero a cambio de ser atado y someterse a prácticas sexuales. Hoy Gerónimo me dice: “Nunca pensé que me iba a prostituir”, además, “a mí esas cosas de que te aten no me gustan”.

Yo, como psicólogo que lo acompaña desde hace dos meses, fui contactando a cuanta trabajadora social conocía y hasta a las que no conocía. Todas están explotadas de la cantidad de personas a las que están acompañando y dan la respuesta que pueden; una compañera de institución logra que lo entrevisten los del subsidio habitacional con el resultado arriba relatado. También están explotadas de tanto no tener recursos para ofrecer.
Hoy me escucho diciéndole a Gerónimo que deje bien claros los términos del “arreglo” con su vecino para prostituirse, tanto en términos de seguridad como de plata. Lo siento tan desesperado que entiendo que no hay lugar para que no lo haga, pero que quizá sí pueda cuidarse de que no lo lastimen y de que no le paguen una miseria. Nunca pensé que le iba a decir algo así a un paciente.

*Trabajador de la salud pública / psicoanalista. [email protected]

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