Fútbol

8 diciembre, 2020

Sabella y un legado que va más allá del subcampeonato

El 8 de diciembre, tan solo 13 días después de la muerte de Maradona, falleció uno de los hombres que más alegrías le dio al fúbol argentino.

Sebastián Tafuro

@tafurel

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Su llegada tenía el propósito de volver a generar esa lógica perdida en los años anteriores: durante el largo ciclo del grondonismo, los técnicos en la Selección duraron un mínimo de cuatro años y un máximo de ocho. Es decir, un proceso completo de cara a la máxima competencia mundialista.

Pero en 2004, cuando Bielsa se quedó sin energía, la lógica se cortó. José Néstor Pekerman vino desde los Juveniles y llevó adelante los dos años que faltaban hasta la cita de Alemania 2006, donde el local nos eliminó en cuartos de final. Pese a esa performance relativamente aceptable, José decidió irse y la apuesta fue una segunda oportunidad para el renovado Alfio Basile (cinco títulos sobre cinco disputados en Boca).

Para los que opinan que “segundas partes nunca fueron buenas”, esta vez la pegaron. Porque mas allá de los momentos de gran fútbol -y la Copa América 2007 que juntó a Riquelme y Messi en el mismo 11 es el mejor testimonio de ello a pesar de otro triste final-, el equipo en las Eliminatorias hacia Sudáfrica no daba pie con bola y una noche negra en Chile dictaminó el adiós del Coco, tan fulero como justificado.

Fue el momento de D10S. Algún día iba a llegar. Las Eliminatorias se siguieron sufriendo al límite aunque entre Palermo en el Monumental y Bolatti en Montevideo evitaron el Repechaje y se logró la clasificación de una. En el Mundial ya con Messi como figura excluyente Argentina avanzó otra vez hasta donde lo decidió Alemania, en esta ocasión con una goleada estrepitosa.

Pero Grondona condicionó fuerte al Astro para poder renovar y la experiencia Diego tampoco se extendió demasiado. Mucho menos iba a durar el insólito invento de Sergio “Checho” Batista que arrancó con un 4 a 1 a la España campeona en el Monumental y terminó menos de un año después eliminado en Cuartos de Final de la Copa América organizada en Argentina frente a Uruguay, que luego celebraría el título.

Tras ese largo desaguisado de más de siete años, le tocó el turno a Alejandro Sabella. La hora de iniciar un ciclo que volviera a poner a la Selección en el lugar que le correspondía. No sería fácil y tampoco es que el ex DT de Estudiantes reunía un consenso absoluto. Era mejor que lo previo, pero eso decía bastante poco.

Las Eliminatorias arrancaron con muchas dificultades: una goleada a Chile de local aunque ya con algunos problemas defensivos que serían patrimonio durante largo tiempo, una caída histórica en Venezuela y un empate en el Monumental ante Bolivia anunciaban nuevas tempestades en el horizonte albiceleste.

Pero una tarde de Barranquilla, apareció un espíritu de equipo que se mantendría a lo largo de las Eliminatorias y estallaría en una comunión única en tierras brasileñas. En la segunda parte del partido un tal Aguero y un tal Messi aparecieron esplendorosos para dar vuelta un encuentro que se perdía 1 a 0 y algo más. Esa tarde marcó un quiebre. Nació el equipo que llegó a Brasil ilusionado con hacer historia.

A partir de entonces, y en una competencia en la que el futuro anfitrión mundialista no participaba, el tránsito de Argentina no tuvo grandes inconvenientes. Construyó victorias cómodas de local (Ecuador, Paraguay, Uruguay, Venezuela), empató de visitante en la altura con grandes dosis de pragmatismo y fue derecho a una clasificación merecida basada en un poderío goleador implacable (24 de los 35 goles fueron convertidos entre Messi, Higuaín y Agüero) y una defensa que, pese a los numerosos cuestionamientos a la mayoría de sus integrantes, fue la segunda menos vencida de la confederación. Tras aquella derrota contra Venezuela, recién volvió a vivenciar una caída en el último partido contra Uruguay, ya clasificada a Brasil.

A la Copa del Mundo Argentina llegó con altas expectativas. Por un lado, un grupo bastante sencillo y un cuadro que, si se daba cierta lógica, evitaba al cuco alemán en cuartos, permitiendo ilusionarse con llegar mucho más lejos que lo acontecido desde 1994. Por otro, ese potencial ofensivo intitulado “Los Cuatro Fantásticos” -faltó el gran Di María en el párrafo anterior- era la gran carta del sueño. Finalmente, ese espíritu de grupo que tanto se le destacó a Sabella por haber forjado, esa tarea psicológica de contener a un astro como Messi en un conjunto humano de afinidades, era otro dato alentador, más allá de que “en la cancha se ven los pingos”.

Sin embargo Brasil fue otra cosa, algo muy distinto a lo imaginado por lo menos en lo relacionado con el juego. De la idea de que estábamos obligados a ganar 4 a 3 para avanzar, al fortalecimiento de la faz defensiva con algunas decisiones clave en momentos que así lo ameritaban. De los Cuatro Fantásticos a un Messi esplendoroso en primera ronda, un Di María vital en octavos, un Higuaín de colección en cuartos y un Aguero ausente sin aviso. Nunca todos juntos, ni siquiera tres al mismo tiempo. Apariciones diversas, pero sin sociedad común (salvo, por caso, la asistencia de Messi al Fideo en el duelo contra Suiza).

Los cuestionados, los que ni siquiera tenían que estar entre los 23, al frente: las ganas y la determinación de Rojo, las manos mágicas de Romero, el salto a la titularidad de Demichelis para armar esa dupla casi impasable con Garay, Biglia más que Gago y Enzo Pérez para hacer olvidar por un ratito a ese fabuloso jugador que es Ángel Di María. Toda historia conocida y que no vale la pena redundar ya que ya la hemos repasado en su momento, simplemente nos permite establecer un marco para entender a un Sabella más Sabella que nunca, un Sabella al que no le tembló el pulso para cambiar justo a tiempo, para adaptarse en pos de un objetivo.

El 13 de Julio del 2014, Argentina perdió la final del mundo contra Alemania por 1 a 0 con aquel gol de Gotze y esos goles que no fueron de Higuaín, Palacio (¡era por abajo!) y Messi. Fue doloroso, pero también marcó la llegada a un lugar al que la Selección no arribaba desde 1990. Sin pecar de resultadista extremo, solamente por eso alcanzaría para recordar gratamente a Alejandro Sabella, que post Mundial dejó el cargo tras tomarse un tiempo para ver si seguía o no.

Sin embargo, el legado del entrenador va más allá de ese subcampeonato. Sus convicciones, la idea de que el grupo está por encima de los hombres (más allá de que alguno de ellos pueda ser más determinante que otro), su capacidad de adaptarse a distintas circunstancias, de reconocer sus errores, de no hacer alharaca por sus importantes aciertos y de transmitir una serenidad a prueba de la clásica impaciencia del hincha van a ser considerados siempre grandes valores de un DT que vino y se fue silbando bajito, aunque notablemente más querido por un pueblo que festejó el éxito y, en buena parte, entendió el mensaje.

Las palabras de sus dirigidos a posteriori de esa final y tras su adiós son el mejor testimonio de todo lo brindado por Pachorra a lo largo de casi tres años. Desde aquí, las mismas siete letras que se pronunciaron en varios momentos mundialistas: gracias. Simplemente gracias.

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