Cultura

23 diciembre, 2020

Historia del Arbolito de Navidad

Ahí está, inocente y luminoso, seguramente en una esquina de tu living-comedor… Pero, ¿por qué? ¿Por qué un pino o abeto? ¿Por qué el color verde y rojo de la Navidad? ¿Por qué los regalitos a sus pies? Un origen fálico y varios recuerdos pecaminosos se entrelazan con las guirnaldas y las luces.

Laura Lescano

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El arbolito que todos conocemos, el que se arma en diciembre y se decora generalmente de manera bastante fea, con bolas de colores, guirnaldas artificiales, mucho brillito y en algunos casos  -verdaderamente alarmantes para nuestro verano- con copos de algodón que emulan nieve, tiene una corta tradición de menos de dos siglos. Se popularizó mundialmente de la mano de los británicos, quienes lo adoptaron luego de que lo hiciera la familia real en su castillo de Windsor. Si al príncipe Albert y a la Reina Victoria les gustaba, pues nos tenía que gustar a todos.

Pero la historia del arbolito es mucho más antigua y pagana.

Para descubrirla deberemos viajar a las frías tierras del norte de Europa, algunos miles de años atrás. Estamos en tiempos de guerras, cultos a varios dioses, sacrificios, inviernos oscuros. Una época atravesada por creencias que se remontan al origen de los tiempos, el clima es gélido, hay hambrunas, la vida es dura y peligrosa. Ante el avance del invierno sólo nos resta conservar la esperanza de que nuevamente, algún día, volverá la primavera.

Estos pueblos antiguos, habitantes de bosques fríos, veían en los árboles el símbolo de lo mágico y de la fuerza de la naturaleza. Los veneraban, les temían. Los veían soportar vientos y tormentas, vivir durante siglos e incluso los escuchaban susurrar por las noches. Los árboles de hojas perenne eran los preferidos y el llevarse a sus chozas ramitas de pinos, abetos o robles tenía un significado ligado con lo místico y la hechicería. Los árboles eran utilizados en rituales, se los adornaba, se bailaba a su alrededor. También se conocían las propiedades curativas de muchos de ellos. Adornar las casas con ramas y flores cortadas del bosque era uno de los privilegios que teníamos los humanos.

Si bien desde los tiempos de la antigua Grecia y Roma era común llevar a los hogares plantas para decorar las viviendas -especialmente hiedra-, los pueblos escandinavos, centroeuropeos, druidas, vikingos y celtas preferían el laurel y las coníferas.

El árbol era central para los rituales religiosos de los nórdicos. De hecho, el símbolo místico de la vida era un fresno: el Divino Árbol Yggdrasil. Éste era el árbol del universo, la manifestación del todo. En su copa se hallaba Asgard (la morada de los dioses) y todos los mundos, mientras que en sus raíces se encontraba Helheim (el mundo de los muertos).

En diciembre, alrededor de la última semana del mes, luego del solsticio de invierno, tenía lugar un importante festejo: se conmemoraba el nacimiento de Freyr, el Dios de la fertilidad, del sol naciente, las lluvias y la virilidad. A Freyr se asociaban diversos símbolos fálicos y qué mejor que un enorme y robusto árbol erguido para rendirle honores.

El tiempo pasó, los romanos conquistaron, invadieron y volvieron a conquistar. Pero los ritos se mantuvieron porque la religión romana era para los romanos y no les interesaba que los bárbaros adoraran a Júpiter en aquellas tierras inhóspitas. Pero a Roma también le llegó su turno y cuando cayó ya era cristiana. Los muchachos que iniciaron el cristianismo no fueron otros que los mismos romanos, con sus tácticas de guerra y su anhelo imperial. La religión pasó a llamarse Católica Apostólica Romana, justamente.

Y una vez más se fueron para el norte, pero ahora no solo querían tierras sino también almas y obediencia. Nuevas batallas, mucha sangre derramada en los bosques y finalmente, a golpe de espada y sometiendo pueblos enteros, la luz de la cristiandad se impuso. Los nuevos cristianos de aquella zona de Europa resignificaron muchos aspectos del cristianismo.

Muchísimos santos y santas no son más que dioses germanos a los que se les cambió el nombre. ¿Pero qué pasó con el fálico arbolito del Dios Freyr? Ese siguió firme, valga la imagen. Una vez más a los cristianos las fechas les cerraron. Fines de diciembre festejos de Freyr; fines de diciembre nace Jesús. ¡Aleluya! Ahora el árbol se adora y adorna pero en nombre de aquel palestino nacido en Belén.

Durante un tiempo todo pareció ir bien, hasta que la Iglesia notó que los germanos y escandinavos eran un poco rebeldes y en vez de Navidades andaban festejando cosas raras. Ya estamos en el siglo VII y VIII, entrando en la Edad Media propiamente dicha.

Bonifacio, un obispo inglés, que fue luego San Bonifacio, tuvo que ir personalmente a Germania a poner orden. Los alemanes habían regresado a sus dioses y a sus árboles. Hasta que llegó él con un hacha sagrada para cortar el árbol de Freyr. Parece que el tipo era audaz y la leyenda dice que la gente quedó pasmada ante semejante coraje de tirar abajo semejante símbolo en medio de las celebraciones que mezclaban al Dios pagano con Jesús. También parece que Bonifacio pensó que se lo comerían crudo y entonces señalando otro arbolito de la zona, un abeto, les dijo que les ensañaría a adorar a Dios.

Y así fue que las cosas tomaron un nuevo rumbo. El árbol erguido no sería ya símbolo de la virilidad sino que ahora habría que concentrarse en su forma cónica, como de triángulo, que viene a representa a la Santísima Trinidad. El verde de las hojas perennes ya no simboliza la inagotable fuerza viril sino el eterno amor a Dios; la punta hacia arriba tampoco es símbolo de masculinidad sino apenas una forma de señalar al cielo, la morada de Dios.

Un capo Bonifacio, haciendo jueguitos de simbolismos en medio de un pueblo de bárbaros germanos que lo querían descuartizar. Y, ya canchereando, le colgó al abeto unas manzanas rojas (de ahí las tradicionales bolas rojas del árbol) y les dijo que este sería el símbolo y recordatorio del pecado original, como para que lo tuvieran presente. Después parece que se engolosinaron y también comenzaron a ponerle velitas al árbol para con ellas simbolizar la Luz Divina (de ahí las lucecitas de ahora) y adornarlo con metales en forma de estrella la punta a modo de Estrella de Belén, aquella que anunció a los Reyes Magos el nacimiento del Enviado, o sea, Jesús.

Y así es como, luego de siglos de tradiciones mezcladas, batallas, invasiones y resistencias, muertes y sincretismos, llegamos a nuestro conocido arbolito de Navidad. Pero, a fin de cuentas, los germanos triunfaron al imponer su árbol sagrado en los festejos del solsticio y un símbolo fálico ingresó en cada hogar cristiano desde entonces. Muchos de los nuevos simbolismos asociados siguen teniendo raíces en aquellos ritos celebrados en los fríos bosques nórdicos.

¿Por qué los regalitos al pie del árbol? Bueno, resulta que la tradición de Papá Noel o Santa Claus también es nórdica. El pie y las raíces de los árboles sagrados conectaban el mundo de los vivos con el infierno y lo ultraterreno. Lo material, lo temporal, lo superfluo, lo banal debía estar a los pies del árbol sagrado, en el piso, en el lodo, a su sombra. Y precisamente ahí es donde Papá Noel deposita sus regalitos. Para quitarle este dramatismo se le entregaban presentes a los niñitos y, como para no decirles que su obsequio estaba en las puertas del infierno, acabó asociándose el pie del árbol con el inicio de la vida, esa que se yergue y señala al cielo.

En fin, una bella historia para narrar entre turrones duros e incomibles y copitas de sidras, hoy que lo banal y material sigue estando a los pies del árbol del universo. Y, por más luces eléctricas y bolas brillantes que tenga nuestro tierno pinito, hemos de saber que en algún punto sigue siendo aquél símbolo de virilidad que los guerreros vikingos adoraban al rendirle alabanzas a su imponente Dios Freyr.

Ahora sí, ¡a abrir los regalos!

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