Cultura

5 enero, 2021

Umberto Eco, el intelectual que lo quiso abarcar todo

Un 5 de enero de 1932 nació el hombre que tuvo muchas profesiones, aunque definirlo resulta muy sencillo: con todas las letras, un intelectual.

Matías Pertini

@Matias_MRP

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Mucho se discutió sobre que significa ser un intelectual, y en varias ocasiones se ha llegado a la conclusión de que su deber en la sociedad consiste en pensarla. Si nos basamos en esta premisa, podemos afirmar que Eco fue más allá. No sólo se limitó a analizar cuanto acontecimiento ocurriese, sino que fue más osado e invitó a todos a pensar junto a él. Por este motivo trascendió y fue más popular que sus contemporáneos.

Para entender la obra de Eco, lo cual es todo un desafío, primero vale aclarar que su vocación era de semiólogo. Y esto es importante para entender, de alguna manera, su fruición por develar y descifrar mensajes ocultos detrás de todo fenómeno.

Sus primeros trabajos ensayísticos aparecieron a mediados de los años ’50, pero fue recién con Obra Abierta (1962) que su nombre empezó a hacerse popular. En este trabajo se abocó a pensar la literatura contemporánea, y con ella, la función del lector (el llamaba “literatura abierta” a aquella que nace recién con la intervención del lector).

Durante su vida, los temas que lo ocuparon fueron muy variados. Se dedicó a estudiar las distintas formas de comunicación entre las personas, la cultura de masas (Apocalípticos e Integrados), fue crítico literario, un exitoso novelista (El Nombre de la Rosa llegó a ser best seller, seguido por Baudolino), fue docente en la Universidad de Bolonia, dictando la cátedra de semiótica y escribió una importante cantidad de ensayos. Incluso a comienzos de los años ’60 hasta se dedicó a la música, cuando compuso unas piezas que acompañaron su ensayo Las Poéticas de Joyce.

Estuvo en Buenos Aires en el año 1962 y dictó algunos cursos en el Instituto Di Tella donde explicó su libro. Su estadía en nuestro país le resultó fructífera por que pudo conocer la obra de Jorge Luis Borges, algo que no sólo lo sorprendió por su particular estilo, sino que llegó a influirlo a tal punto, que en su novela más conocida, la mencionada El Nombre de la Rosa, lo tuvo presente a modo de homenaje.

De espíritu enciclopedista, Eco no vio límites en su pensamiento, buscó comprenderlo todo y, con una vocación solidaria, luego explicarlo.

En su último trabajo Número Cero, de un vanguardismo digno de su linaje, describió un diario que desinformaba y chantajeaba, poniendo en duda el valor primordial de la “verdad”. Hasta sus últimos días, con menos optimismo respecto a sus años de juventud, estuvo pendiente del futuro de la comunicación, y del preponderante rol que hoy ocupan las redes sociales, tema del que ha sido crítico desde un primer momento. Nunca estuvo de acuerdo con que cada cual pueda opinar sobre cualquier tema.

El 19 de febrero de 2016, producto de un cáncer al cual combatía hace años, Umberto Eco falleció. Su partida, como debió ocurrir con pensadores como Jean Paul Sartre, o Roland Barthes (por citar algunos), son esos dolores que persisten en el tiempo, por tratarse de seres irrepetibles. Por su puesto habrá otros, cada cual con su estilo y sus inquietudes particulares, por eso el lugar de Eco en nuestra historia está bien asegurado, y su legado, por suerte, a disposición.

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