El Mundo

7 enero, 2021

Ensayo general para la ultraderecha post-Trump

La irrupción en el Capitolio de grupos supremacistas blancos significó una señal de alerta para la, teóricamente, sólida institucionalidad estadounidense. ¿Qué puede hacer Joe Biden ante esa amenaza? ¿Y el Partido Republicano?

Nicolás Zyssholtz

@likasisol

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Las imágenes del edificio del Capitolio en Washington, D.C., siendo ocupado por manifestantes de ultraderecha mientras la sesión conjunta de las dos cámaras intentaba confirmar la elección de Joe Biden recorrió el mundo, y con justa razón. 

Lo que ocurrió el 6 de enero no fue un golpe de Estado, pero no por falta de voluntad sino de fuerza: apenas se trató de unos pocos cientos de personas, peligrosas sin dudas, pero sin capacidad de romper con la institucionalidad estadounidense. Sí fue, indudablemente, un hecho sin precedentes que sirve como señal de advertencia para el futuro de la política local y, hasta cierta medida, global.

Y si de futuro se trata, el corto plazo tiene una certeza y una duda: la certeza, ya inamovible, es que el 20 de enero Joe Biden se mudará a la Casa Blanca; la duda es si su actual inquilino, Donald Trump, llegará a ocuparla hasta esa fecha. Ya sea a través de la activación de la enmienda 25 de la Constitución, que permite anular los poderes del presidente a pedido de su vice y una mayoría del gabinete, o a través de un impeachment express, es una posibilidad cierta que sea Mike Pence quien esté a cargo de Estados Unidos a la espera del demócrata de Delaware.

Los hechos del 6 de enero modificaron claramente la agenda de los últimos días de la presidencia de Trump y los primeros de la de Biden; es indudable que, al menos desde su perspectiva, es la institucionalidad lo que está en juego. Cuando el 46º presidente llegue a la Oficina Oval, deberá ocuparse antes que nada de esta cuestión, y lo tendrá que hacer con el foco puesto en la principal amenaza que enfrenta hoy el país: el terrorismo supremacista blanco.

La violencia política es una realidad en Estados Unidos desde el mismísimo 4 de julio de 1776. Desde la Guerra Civil hasta sus múltiples magnicidios pasando por las leyes de Jim Crow, nadie puede afirmar seriamente que el frente interno haya sido en algún momento pacífico. Tampoco es una novedad el terrorismo supremacista blanco: la primera encarnación del Ku Klux Klan data de 1865 y, con altibajos, continúa activo hasta hoy.

Lo novedoso del período 2016-2020 es que, por primera vez en al menos 100 años, hubo en la Casa Blanca un presidente que empoderó a ese sector y que, más o menos abiertamente, se embanderó en sus consignas. La ultraderecha estadounidense existió sin Trump y seguirá existiendo, pero nunca vio tan representado su discurso a nivel institucional como en los últimos cuatro años.

Esa ultraderecha vota al Partido Republicano pero, al igual que el 45º presidente, no necesariamente se involucra en las estructuras del Grand Old Party. En la medida en que Trump tuvo el poder, estos grupos no representaron una amenaza para las instituciones porque se sentían representados; terminada esa etapa, se lanzaron, con sus fuerzas aún limitadas, al asalto.

Es por eso que la agenda de Biden, en tanto presidente y en tanto representante del establishment demócrata, será una que recuerde a la del gobierno de Néstor Kirchner: con gestos hacia el progresismo pero con el foco puesto en la reconstrucción de la autoridad de la presidencia. Los republicanos, en tanto oposición institucionalizada, tendrán su propio desafío: volver a darle forma a un partido que en los últimos cuatro años quedó subsumido a las voluntades de Trump y del supremacismo blanco. ¿Es eso posible? ¿Tiene el GOP hoy los cuadros políticos para llevar adelante semejante tarea? ¿Construirán los dos partidos un cordón sanitario a partir de consensos de mínima para llevar a cabo esa reconstrucción?

Mientras tanto, al menos en este comienzo de mandato, la principal oposición a Biden no estará en el Capitolio, donde controlará ambas cámaras, sino en la calle: un hecho inédito que no ocurría desde, como mínimo, el gobierno de Lyndon B. Johnson en los años ‘60.

No solamente la ultraderecha estará movilizada. También lo estarán las fuerzas progresistas y de izquierda que, embanderadas en la lucha antirracista, combatieron en las calles a los grupos partidarios de Trump y, luego, fueron elementos clave para la victoria electoral demócrata.

Lo ocurrido el 6 de enero puede haber sido el ensayo general del supremacismo blanco como fuerza política más allá de Donald Trump, o puede haber sido el último estertor de un espacio que sabe que vivió cuatro años de gracia. Lo que es seguro es que en Estados Unidos existen miles de racistas, misóginos, homofóbicos con acceso a armas de fuego y sin temor de usarlas.

¿Cómo se adaptarán esos miles a una nueva realidad donde no están habilitados para pasear su ideología de odio por las calles? Esa llama no se va a apagar, ¿podrá Biden y el establishment político que él representa apagarla? ¿Está dispuesto a esa tarea? Esas preguntas serán las que se empiecen a responder a partir del 20 de enero.

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