Educación y Ciencia

18 febrero, 2021

Primer día de clases: pedagogía de la crueldad

El miércoles 17 de febrero comenzaron las clases presenciales en la Ciudad de Buenos Aires. El caos, el desorden, el borrador-protocolo y la incertidumbre de las comunidades educativas dijeron “presente”, y sumaron un episodio más al itinerario de la crueldad amarilla.

Lucía Cancela y Luciano Alderete

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En las últimas semanas, la oposición a las medidas irresponsables de Soledad Acuña y Horacio Rodríguez Larreta sumó un capítulo más en la historia de la resistencia educativa.  Multisectoriales, sindicatos, centros de estudiantes y cooperadoras impulsaron acciones gremiales, recursos legales, reclamos audiovisuales y un sin fin de iniciativas para visibilizar la precariedad del retorno a la presencialidad y la falta de inversión en infraestructura durante el 2020.

Del mismo modo, se diseñaron estrategias para denunciar que el único objetivo que persiguen Acuña y Larreta responde a un show marketinero-juntavotos, que nada tiene que ver con una vuelta segura y cuidada. Asimismo, es importante señalar otro frente de batalla desde donde generar oposición: el campo pedagógico. Allí, nuestras fuerzas deben enfrentarse al marco de crueldad e insensibilidad con que el gobierno aborda la angustia y la desesperación de las comunidades educativas.

Los olores, los gustos y las canciones que recuerdan el mosaico de ternura, amistad y amor del primer día de clase, resultan cada vez más lejanos. Hoy, el retorno presencial es solo un triste antónimo de aquellas escenas del pasado. La primera patria, la de guardapolvos blancos y escuelas, se encuentra amenazada por la mecánica compulsiva de una ministra que razona en la lógica de los dueños de las cosas: “Esta cosa va allá, esta se guarda allá, esto se mete acá”. Del mismo modo, juegan con la inseguridad, la frustración y la tristeza, de las familias que envían a sus hijes para no perder la vacante.

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Mi nombre es Luciano y tengo 37 años. De los 4 hasta los 13 pasé mis días en la escuela 14 del distrito 9, ubicada en la calle Arévalo (a pocas cuadras del mercado de las pulgas). Mis hermanes también hicieron jardín y primaria en el mismo lugar. Ana y Beatriz fueron mis primeras seños. En primer grado me recibió una maestra que, antes de dar clases en “la 14”, había sido maestra rural; se llamaba Carmelita y aún hoy se me dibuja una sonrisa cuando escucho algunas de las canciones hippies que cantaba para recibirnos. Supo abrazarme, escucharme, sonarme la nariz y enseñarme formas de querer a mis compañeres. Recuerdo también que, en los días previos a arrancar el ciclo lectivo, mi panza se inundaba de felicidad y emoción. Eran infinitas las veces que revisaba mi mochila para certificar que mi cuaderno y mi cartuchera se encontraban preparadas para iniciar el ciclo lectivo.

El primer día que use el guardapolvo blanco, mis viejes vinieron a verme para acompañar la nueva etapa. Mi mamá me puso en el bolsillo un paquete de galletitas Manon y me confió a Carmelita. No tengo registro de observar en mis maestras temores y ansiedades por falta de protocolos y cuidados; no recuerdo pesadumbre alguna en mis docentes por el bastardeo sistemático de los medios y el gobierno. Las luchas existían, y no hay dudas de que esas seños que me recibieron en la 14, supieron articular ternura y resistencia para atravesar los tiempos negros de la dictadura, las luchas en el maestrazo y otros conflictos gremiales; de esa combinación y del abrazo de mi maestra brotaron los primeros ladrillos de mi subjetividad.

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Mi nombre es Lucía. Tengo 23 años y hace 18 años pisé por primera vez “El Lenguas”, institución en la que hice mi primaria, mi secundaria y que, al día de hoy, me sigue abrazando como estudiante del nivel superior. Mi ansiedad, antes de aquel día de marzo de 2004, era grande. Venía de un jardín de gestión privada, chiquito, donde todo parecía ser colorido y fácil. Desde el primer día que puse un pie en ese edificio gigante ubicado en el barrio de Retiro, todo fue distinto.

De la mano de mi familia, esperé en el patio a que leyeran mi nombre en medio de una lista de más de 50 niñes que ingresábamos a primer grado. “Lucía Cancela, al B”. Ahí me esperaba Mariana, mi maestra. Conocí a “Madame Ketty” y a muchas otras a maestras que, años después, tendría también mi hermano, quien egresó el año pasado de 5to año allí. Me acuerdo del peluche de la grenouille (“rana” en castellano), con la que trabajábamos en las clases de francés, y que semana a semana nos turnabamos para llevarla a casa. Me acuerdo también de Ana Clara, mi maestra de segundo grado, con quien juntábamos hojas, arena, y otros elementos característicos para el cuentacuentos de cada estación. Los recreos eran de feria del plato: cada día un grupo distinto llevaba algo para cocinar rápido y lo compartía con el resto. Con mis amigas, fueron características las trufas de chocolinas y los alfajorcitos de maicena: nuestras familias nos llevaban a comprar las cosas y “en el patio chico” nos esperaban las maestras, para compartirlo con todes.

Decía, todo fue distinto. Habitamos cada rincón de la escuela, desde el primer día, con la emoción de siempre encontrarnos con algo nuevo, en manos de nuestras maestras. Con la adrenalina de aprender jugando, con la rana, con las hojas de otoño, y con los libros que nos llevábamos de “la cueva de las letras”.  Año tras año, a medida que nos adentramos en la gestión del PRO, la escuela fue decayendo: los rincones ya no tenían la misma luz, en muchos había agua producto de goteras. En donde se hacía el cuentacuentos, hay un aula de durlock, y quienes antes contaban cuentos, hacían la feria, o nos daban el peluche, hoy están preocupades por ver donde entran “les del A” y “les del b” para que su trayectoria sea lo más cuidada y amena posible en un contexto de desidia estatal.

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El 17 de febrero de 2021 será recordado como el mejor ejemplo para explicar cómo se ejerce la pedagogía de la crueldad. A la complejidad, desazón, extrañamiento y soledad de la pandemia, le sumaron la compulsión por una vuelta sin protocolos serios. A la violencia del ejecutivo porteño, le añadieron la insensibilidad. A la crisis edilicia y a la falta de planificación en la implementación del retorno a las aulas, le agregaron el destrato total con las comunidades.  El cuidado de la salud de docentes, estudiantes y familias, no llega a ser ni el sujeto tácito de una triste oración.

Es decir, la exhibición de las formas en que la crueldad se desarrolla y la repetición de la misma, por los medios de comunicación, reducen todos los niveles de empatía con el sufrimiento de les otrxs. Asimismo, la desprolijidad para implementar “la vuelta”, comprende una clase magistral donde Acuña enseña que el desprecio por la vida y por los cuerpos es correcto. La comunidad educativa es una cosa que no siente, y que sólo puede ser administrada por quienes creen en la economía que rige con los dueños de las cosas y los cuerpos. Nada es casual. Toda agresión amarilla forma parte de una metodología para comprender la realidad.

“El cuidado de la salud de docentes, estudiantes y familias, no llega a ser ni el sujeto tácito de una triste oración”.

En un año electoral, el “retorno” a las aulas fue solo un episodio más. Quedan las denuncias por incumplimiento de los protocolos, las paritarias y la fricción diaria con Solcito y el periodismo de guerra. Nos queda recuperar fuerzas, administrar energía y alimentar la ternura. La conclusión de esta nota es un ejercicio de empatía pedagógica: cierre los ojos y recuerde el nombre de tres maestrxs y de algún alfajor, tararee una canción y viaje a la primera patria. Abra los ojos y siga luchando.

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