Batalla de Ideas

21 febrero, 2021

Sputnik, la vacuna de la luna-lú

En tiempos donde “la ciencia” es un eje de debate en la opinión pública, resulta relevante tomar nota de la vacancia de un discurso sobre la salud y los cuidados que no sea importado de modelos extranjeros de economías centrales del capitalismo.

Laura Fischerman

@lpescadora

COMPARTIR AHORA

Durante el siglo XX, lo que llamamos occidente (y algo más) experimentó la cresta de una ola que venía subiendo desde por lo menos un siglo antes. La idea de que la ciencia era aquello que podía explicar todo lo que ocurría se rodeó de un consenso acrecentado por su institución como un dogma en sistemas educativos a los que se accedió masivamente en numerosos puntos del globo. La ciencia (las ciencias) no fue la primera ni la única forma de dar cuenta de lo observado en la naturaleza, prediciendo lo venidero y aportando soluciones para problemas cotidianos. Lo que la ha hecho excepcional es la incorporación como parte del propio sistema de funcionamiento, la refutación de sus postulados y la posibilidad de “autoevaluar” la fortaleza de sus hipótesis.

Sería poco serio decir que esa hegemonía se ha roto, pero también sería necio desconocer las cada vez más audibles voces de quienes desconocen la veracidad de aquello que la ciencia afirma. Ni siquiera hay que buscar entre los cuestionamientos más radicales para oír planteos como “¿por qué ahora dicen que hay que usar barbijos si antes decían que no servía?”, “¿cómo van a usar una vacuna en fase 3? Nos están usando para hacer experimentos”. 

El poder de esas ideas se teje justamente en que son repetidas tanto por los más recalcitrantes antivacunas que enarbolan consignas contra el nuevo orden mundial, como por algunos sectores de la sociedad que en otro momento podrían haber sostenido que algo era de determinada forma porque la ciencia así lo dictaminaba. Es decir, un público que no necesariamente está interiorizado sobre los temas, pero está dispuesto a creer en axiomas lo suficientemente contundentes como para que no sea necesaria una réplica confrontando razones.

La respuesta a las preguntas anteriores es siempre más o menos la misma: “Porque la ciencia funciona así”, y su uso más frecuente no encuadra necesariamente en “rompa el vidrio en caso de emergencia”. Se establecen lineamientos, recomendaciones, modelos y predicciones en base a la evidencia disponible. A veces es poca, y entonces esas recomendaciones se sostienen en menos casos o durante un tiempo hasta que un evento o una serie de ellos da por tierra con lo que se suponía hasta ese momento. Y

Actualmente, la acumulación de evidencia nunca tuvo un ritmo más vertiginoso debido a que los trabajos científicos sobre la pandemia de Covid-19 se producen de a centenas en cuestión de semanas, cuando lo usual para una ciencia empírica es demorar varios meses y hasta años para llegar a acumular un conjunto de resultados que permitan contar una historia y construir un relato de verdad.

Los ensayos clínicos llevan años, eso es verdad y eso dicen los manuales, que también dicen que, estando disponible una determinada terapia (o intervención preventiva), es más ético usarla que no usarla, cumpliendo con requisito mínimos de seguridad. En el caso de las vacunas disponibles actualmente para prevenir el desarrollo de coronavirus operan varias de las aristas que pueden hacer confluir el disgusto de personas con los enfoques más diversos.

Están quienes objetan la intervención sobre la salud sin conocimiento de los efectos ulteriores y quienes desconfían particularmente de las vacunas. Para quienes sostenemos una argumentación científica, hay pocas chances de que una discusión con estas posiciones llegue a buen puerto, o siquiera a alguno. Abordar el cuestionamiento sobre lo “peligroso” o no de vacunarse resulta bastante inconducente, dado que la utilidad de las vacunas para prevenir la adquisición de enfermedades está demostrada tanto con evidencia científica como con experiencias de la vida cotidiana: la viruela ya no devasta poblaciones enteras, y aparecen brotes de sarampión cuando algún gobierno deja vencer dosis en un depósito, pero no cuando las dosis son aplicadas. 

Sin embargo, hay algunos puntos sobre los que puede ser más productivo un intercambio: la perspectiva geopolítica en el desarrollo de las vacunas y la bondad o falta de ella que puedan tener por su origen y el rol de los laboratorios y los estados nacionales como agentes de marketing de sus productos.  

En referencia al último punto, uno de los debates más instalados en la opinión pública (no sin un denodado esfuerzo por parte del periodismo militante del establishment) tiene que ver con el dictamen de la calidad de las vacunas producidas según su país de origen. En este marco, algunas vacunas fueron nombradas por los prestigiosos laboratorios que las desarrollaron en países civilizados, olvidando el outsourcing (subcontratación) que implementan para disminuir costos, casi siempre a costa de salarios menores en sitios como la India, meca de la industria farmacéutica.

No obstante, para los desarrollos de laboratorios nada improvisados y con importante trayectoria en la producción de vacunas se reservan gentilicios como “la rusa” y, a partir de su entrada en fase 3, pronto seguramente se escuche nombrar a “la cubana”, con una inmediata asociación con el comunismo, aunque en el primero de los casos se encuentra muy alejado de la verdad.

Analizando particularmente el caso de la vacuna Sputnik V, del laboratorio Gamaleya y su representación internacional por medio del Fondo de Inversión Directa de Rusia (RDIF), y en una clara alusión a la carrera espacial, que posicionó a la URSS en el mundo bipolar de la posguerra, permite a la actual Rusia consolidarse como un competidor a la altura de la disputa del capitalismo global. 

El trasfondo es que la pandemia dinamizó enormemente la producción de conocimiento y su transferencia en forma veloz al ámbito de la industria, incluso a nivel local con importantes desarrollos biotecnológicos. Pero también favoreció la aparición de un discurso tecnocrático, donde los gobiernos populares y las organizaciones políticas y sociales que configuraron la reacción ante los brotes de anticuarentena detractores de las vacunas y bebedores empedernidos de dióxido de cloro, en pos de políticas de cuidados, abonaron a la medicalización, el uso de las fuerzas de seguridad y la abstención del uso de las calles, con todo lo que significa en términos organizativos para los sectores populares. 

En ese sentido resulta relevante tomar nota de la vacancia de un discurso sobre la salud y los cuidados que no sea importado de modelos extranjeros de economías centrales del capitalismo. Es decir, no solamente es necesario destinar presupuesto a comprar test diagnósticos y vacunas y orientarlos a la población, sino que es necesario un pensamiento que no responda a la cadena de producción de bienes y conocimientos que, frente a la necesidad, responde con las leyes del mercado. En esa clave en la que las empresas producen y venden vacunas y los Estados las compran, es comprensible la posición de Rusia de limitar las exportaciones para satisfacer su propia demanda. 

Lamentablemente, de este lado del mostrador el resultado es un conglomerado de buenas voluntades en la disputa con grandes magnates de la farmacia, cuyos modestos triunfos pueden ser fácilmente malversados con sólo caer en las manos de quienes parecen regocijarse al ver como familias desesperadas en la Ciudad de Buenos Aires actualizan sus navegadores de internet frenéticamente para comprobar que el sistema de turnos tardó cinco minutos en colapsar. Mientras, en las escuelas los pupitres es encuentran a medio metro los unos de los otros y les docentes una vez más tienen que garantizar por sus propios medios los cuidados que, con suerte, les permitirán librarse de los riesgos a los que parecen estar condenados por el gobierno de Horacio Rodríguez Larreta.

Para quienes vemos la necesidad de construir otro modelo de salud es momento de vacunarse, pero no como un punto de llegada, sino para estar en condiciones de agitar el avispero y convocar ampliamente a producir las bases teóricas y las prácticas concretas que permitan entender la salud como un proceso comunitario, donde lo social, lo ambiental y la forma de comprender todo ello sean parte de un paradigma en el cual las empresas no decidan nuestra suerte.

Si llegaste hasta acá es porque te interesa la información rigurosa, porque valorás tener otra mirada más allá del bombardeo cotidiano de la gran mayoría de los medios. NOTAS Periodismo Popular cuenta con vos para renovarlo cada día. Defendé la otra mirada.

Aportá a Batalla de Ideas

¿Querés uno de nuestros libros?

Podés conseguirlo a precio promocional haciendo click en la imagen. ¡Escribinos y te contactamos para hacértelo llegar!

Conseguilos